Tauromaquia: Toreros colombianos en México (II)
Lunes, 11 Ago 2014
Puebla, Pue.
Horacio Reiba | Opinión
La columna de este lunes en La Jornada de Oriente
No es fácil abordar la entrega dedicada a las dos figuras máximas del toreo colombiano, en relación con su paso por ruedos mexicanos, donde también dieron fe de su grandeza. Y no lo es porque, precisamente por estos días, el alcalde de Bogotá, un señor Gustavo Petro, acaba de incurrir en esta alcaldada de neto corte fascista: ordenar, dictarialmente, el cierre de la plaza Santamaría –so pretexto de emprender ciertas "obras de adaptación a actividades culturales" que nadie sabe en qué consistirán--; su torpe paso inicial ha sido desaparecer el museo taurino del legendario coso, sin que se conozca tampoco el destino de las prendas y reliquias allí expuestas. Un albazo en toda forma, que no disimula la fetidez antidemocrática de lo cerrilmente caciquil y autoritario. Y que supone un nuevo golpe contra el futuro de la Fiesta en América del Sur.
Es de esperar, si acaso existe aún conciencia del significado profundo de la tauromaquia entre los que dicen amarla, que esta agresión provoque una reacción inmediata y contundente de su parte. Y no sólo en Colombia, sino en la totalidad del amenazado planeta Tauro. Veremos y diremos.
Pepe Cáceres
Antes de su confirmación en la Monumental México, conocimos a José Eslava Cáceres (Honda, 1935) en El Toreo de Cuatro Caminos. Lo que hoy sería inimaginable –las dos plazas de la capital compitiendo entre sí— a finales de los años 50 se daba con toda naturalidad, aun a costa de eventuales descalabros económicos. Para mayor inri, el convenio con los españoles estaba roto, y ambas empresas se vieron compelidas a volver los ojos a otros países taurinos a fin de dar cierta variedad a sus carteles. Y en la primavera de 1960, la principal novedad anunciada en El Toreo fue la primera figura colombiana (la réplica de la México sería Joselillo de Colombia).
Pepe Cáceres se presentó en el coso de Naucalpan, sorprendió con un toreo suntuoso y clásico y desorejó al primer Tequisquiapan que le soltaron, “Rebocero” de nombre (24.04.60). Lo repitieron al domingo siguiente y volvió a armarla, si bien con el pero del torito de regalo (“As de Copas”, de Zacatepec), cuya segunda oreja se pidió con tal fuerza que alguien cortó en dos la única concedida por el juez, para que el colombiano la mostrase mientras lo paseaban en hombros. Por último, el 8 de mayo, tuvo el privilegio de alternar con un Lorenzo Garza a la vuelta de todo; sería esa la última actuación de El Magnífico en la capital y Cáceres le brindó un toro con reverencial respeto, lo más recordable de su actuación una tarde lluviosa en la que Jesús Córdoba cobró, por una gran faena, su último apéndice en la capital del país, ante el único Rancho Seco que algo permitió.
En La México
La confirmación llegó para Cáceres en la 2ª. corrida de la temporada grande siguiente (08.01.61), con “Colibrí” de La Laguna, aunque el bacalao lo cortó esa tarde el padrino, que era Juanito Silveti, porque los dos del lote del colombiano sosearon en exceso. Se desquitó en la 9ª. (26.02.61), desorejando al primero de Xajay que le soltaron, un “Bateador” al que veroniqueó con cadencia y clasicismo impecables y ante el cual anduvo muy firme y torero muleta en mano, aunque se criticara cierta celeridad de sus pases en redondo. Algo imposible de achacar al irreprochable toreo con la zurda que prodigó, dos semanas después, con “Artillero” de Coaxamaluca: por pinchar sólo dio una vuelta al ruedo, con la desgracia adicional de una seria cornada cuando muleteaba empeñoso a un manso con mucho sentido de Piedras Negras –“Zafiro” de nombre-- que, en su celo por triunfar, había obsequiado.
Pepe Cáceres no retornó a La México sino en otro par de ocasiones, el 08.12.63, con Antonio Del Olivar y Palmeño y mansos de Santo Domingo; y el 27.01.74, para estoquear par de inválidos de Santacilia: todo mundo juzgó que había hecho lo más torero y estéticamente valioso de esa tarde, sobre todo con la capa, superando a los dos ases de la temporada –los jóvenes Curro Rivera y Mariano Ramos—. Con todo, pesaría más el aluvión de españoles que tradicionalmente copa los espacios para extranjeros en los carteles de nuestro país que el clasicismo y torería comprobados del maestro colombiano, a quien no volvimos a ver en la Monumental.
Sus campañas por los estados. No obstante, la carta de Pepe Cáceres alcanzó estimable cotización durante poco más de diez años por plazas mexicanas del interior, donde siempre se le vio con agrado y triunfó con frecuencia, con el mérito añadido de no renunciar jamás a la sobriedad de un estilo apegado a los cánones clásicos –no necesariamente en sintonía con los gustos provincianos--, ni recurrir a la ventaja de los toritos a modo y los carteles elegidos a dedo. Tal vez por eso, los cosos donde gozó de más nombradía fueron los que –como Guadalajara, Monterrey e incluso la Tijuana de entonces—más acostumbrados estaban a verle la cara al toro y justipreciar el desempeño de los diestros.
De su triunfal actuación en la feria de Aguascalientes de 1965, tomo estas líneas de Cutberto Pérez “Tapabocas”, uno de los cronistas más importantes de la época: “Si a nuestro entender la palabra “clase”, tan manoseada, es sinónimo de estilo, el colombiano Cáceres tiene clase o estilo exquisito, aunado a un clasicismo torero impecable… La mejor tarde que le hemos visto a este diestro en México la tuvo el domingo en Aguascalientes, con toros de respeto y casta fiera, como el séptimo, y ante aficionados buenos y toreros que, rompiendo moldes, lo felicitaron emocionados después de su actuación… Maestría, elegancia, pureza y alegría. Todo eso conjuntado es Pepe Cáceres… una figura, aquí y donde se ponga.” (Ovaciones, 28 de abril de 1965).
Como tantos grandes toreros de América, Cáceres tendió a desarrollar su carrera preferentemente en cosos de su país, de modo que la resonancia de sus éxitos y de su nombre no trascendió todo lo que su potencial torero merecía, ausencia de reciprocidades aparte. Dejaría entre los mexicanos el recuerdo de una muleta mandona, una espada no siempre certera y, sobre todo, unos primeros tercios en que brillaba la redondez de su elegante y mecida verónica, y la alegría de quites y galleos capote a la espalda como la tapatía de Pepe Ortiz, plenamente incorporada a su repertorio mucho antes de que la practicaran Manolo Martínez –efímeramente—y Julio Robles.
Presente y futuro
Antes de abordar las campañas mexicanas de César Rincón, me parece oportuno referirme a los actuales Luis Bolívar, que dejó una huella de recia torería al confirmar en Insurgentes con ganado muy serio de Barralva (07.03.10), sin que, indebidamente, hallamos vuelto a verlo desde entonces, y Ricardo Rivera, un torero hecho en nuestro país, donde su toreo de quietud y trazos largos prendió enseguida –notables sus campañas novilleriles en Guadalajara, Aguascalientes y la México—aunque al confirmar en el embudo (29.12.13) no lo haya acompañado la fortuna.
Son dos toreros que perfectamente pueden dar la talla en México, a poco que reciban las oportunidades necesarias.
Noticias Relacionadas
Comparte la noticia