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Tauromaquia: Alcalino, luz en las sombras

Lunes, 09 Feb 2015    México, D.F.    Horacio Reiba | Opinión   
La columna de hoy en La Jornada de Oriente
Renel Tron, mexicana, hija de francés e irlandesa, aficionada a los toros desde niña, ha producido un documental de enorme calidad e interés. "Luz en las sombras, destellos del toro bravo en México", revela mucho más de lo que su título promete. Producto de la espontánea rebeldía de su autora contra el furor taurofóbico que se ha apoderado de las redes sociales, los espacios públicos y las páginas de los diarios –tan renuentes a la información y al tema taurinos, por lo demás, Luz en las sombras es, sobre todo, un fresco y crudo pedazo de campo irrumpiendo en el conformismo de nuestras tristes ciudades del siglo XXI.
Un guiño de los ecosistemas del México profundo a la voracidad globalizadora del mall, empeñada en negarlos. De las suaves voces de los caporales y sus caballos al paso por las brechas vecinales de los espacios abiertos donde el toro se cría, a las excluyentes urbanizaciones de élite y los carísimas puentes y segundos pisos que les dan acceso, separándolos abruptamente del ciudadano de a pie. Una obra que, al abundar en los entresijos del toreo, rezuma verdad e invita a la reflexión.
 
El objetivo de Tron es ése, precisamente: llevar al no aficionado, incluso al antitaurino, la honda realidad del toro bravo y del sacrificio festivo y ritual al que su existencia soberana da justificación y sentido.  En su aventura artística la han acompañado un director en perfecta sintonía con este alto propósito –Fabrizio Feluchy, amigo suyo desde tiempos escolares– y un músico profesional de 27 años, Jorge Uruchurtu, cuyos armoniosos sonidos, tan pronto sutiles como estridentes, en armonía siempre con el paisaje y con el ritmo magistral del documental, le prestan a éste una fuerza y una eficacia formidables. 

De panfleto, nada. Luz en las sombras muestra, no alega. Expone, no grita. Desliza, no polemiza. Adentra al espectador en un microcosmos tan peculiar como atrayente sin arrojar estiércol contra nada ni contra nadie. Supone, por lo tanto, la réplica perfecta desde el ser y el sentimiento del aficionado  contra la grosería vociferante del antitaurinismo en boga. Luz y armonía al natural, voces iletradas pero humanamente auténticas: de los pastores al comunicarse familiarmente con el ganado, de vecinos de Villa Colima enfrascados en el ensamblado anual de su preciosísima Petatera, de esos aspirantes a la gloria de los ruedos que antes de que la globalización los tornara en presuntos criminales fueron héroes jóvenes dispuestos a arrebatar el fuego a los dioses del Olimpo.
 
Eso y más es el hermoso documental de Renel Tron, chilanga y mestiza al mismo tiempo, especialista en arquitectura del paisaje, taurófila de buena cepa, artista del inconformismo con recursos y creatividad de sobra para trascender la autocomplacencia evasiva de un medio notoriamente incapaz de defender su fiesta, perdido como está en una endogamia rastacuera, seguramente reflejo de una incultura –también taurina– que les nubla la perspectiva del significado profundo de la tauromaquia como patrimonio histórico y cultural de México.

Lo que tendría que seguir. Renel Tron ha puesto su tiempo, su dinero y su imaginación de artista genuina al servicio de una causa aparentemente perdida. Pero su propuesta es tan poderosa que da nuevo aliento a la esperanza, y de ninguna manera debiera quedarse encriptada en sus cintas originales ni en un puñado de discos compactos. Los pasos siguientes tendrían que permitirle trascender esa semiclandestinidad que últimamente acecha a todo lo taurino, y así cumplir su vocación pedagógica a cabalidad. Y para eso se requiere posesionar activamente en los medios toda la verdad, la sensibilidad y el poder de sugestión que emana "Luz en las sombras", destellos del toro bravo en México. 

Que lo conozcan, a lo largo de la república, políticos y asambleístas aferrados, en su descrédito, al populismo y los golpes de efecto, sí, pero también y sobre todo ese vasto auditorio lego en tauromaquia y presa fácil del pensamiento único y lo políticamente correcto que han dictado sentencia contra la fiesta de toros –los cuales, en tanto especie, desaparecerían sin dejar rastro si dejásemos morir la fiesta—a través de las redes sociales y los criterios mediáticos dominantes. Y ya que son éstos –Facebook, Twiter, YouTube y demás– los territorios virtuales elegidos por los enemigos de la Fiesta para denigrarla públicamente,  qué mejor que ofrecerles esta respuesta contundente y sutil a través de estos mismos medios.

Si a Rafael "El Gallo" se le atribuye aquello de que "lo bien toreao es lo bien arrematao",  estamos en la obligación, tanto Renel y su equipo como cada uno de nosotros, de pugnar porque semejante obra de arte trascienda los límites marcados por la costumbre y los usos en boga, y cumpla realmente su misión en la precarizada sociedad del siglo XXI, dentro y fuera de México, pues la amenaza es múltiple y acecha a todos los países que han rendido un culto de siglos al dios Tauro.

Saldos a precios de oro

Tanta insistencia empresarial en el 5 de febrero terminó por posicionar esta fecha como el día de la Plaza México. Y llueva o hiele, incluso sin importar que el supremo haya reducido los fastos conmemorativos de la Constitución de 1917 a día laborable, un público de aluvión se apresta a dejar su dinero en la taquilla, con tal de no perderse el supuesto acontecimiento anual.

Ocurre, sin embargo, que la misma empresa responsable de sacralizar la fecha viene arrojando ceniza sobre el persistente entusiasmo de la gente al acentuar sus nefastos procedimientos habituales: hacer aprobar ganado de desecho y alzarse con los beneficios. Pero si inadmisible resulta lo que Barralva lidió el jueves 5 por la noche –una torada destartalada, escurrida y cabezona, tan mansa y descastada como palurda, la desprotección en que la autoridad tiene al aficionado mueve a indignación. Por meter la pata hasta el fondo, el juez de plaza incluso permitió una demora de 15 minutos entre el toque de cuadrillas y el paseíllo, y todo porque Sebastian Castella no podía arribar al coso debido al tráfico cargado de las ocho de la noche.

El galo le hizo al incierto y probón abreplaza –de pinta perruna y moruchescos modos– la faena más inteligente, expuesta y torera de la noche, mal rematada con la espada. Ese toraco le había pegado una cornada grave al banderillero Jorge Guerrero a la salida de un par, y estuvo cazando toreros hasta que la muleta y el aguante del francés lo sometieron. Luego regaló uno de Fernando de la Mora cuya bronca embestida supo modular hasta convertirlo en  colaborador, antes de dar un nuevo mitin con el estoque. Aun así, Castella fue llamado a saludar desde el tercio.

Al exclusivo empeño muleteril de Arturo Saldívar se debió la meritoria faena al quedado sexto, hermoso jabonero de La Joya, "Jugador" de nombre y bastante mejor que los del hierro titular. Le dieron la oreja. Como a El Payo la del octavo ya era más de media noche– que fue, ese sí, un toro tan humillado y repetidor que por momento se dudó que el queretano, muy decidido, consiguiera ponerse a su altura. Tan extraordinario ejemplar le pasó de noche a Jesús Morales. De cualquier manera, la bien ganada oreja que Octavio paseó contrasta con las que este juez de pacotilla acostumbra impunemente regalar. "Desafío", el precioso y reunidísimo albahío, procedía asimismo de La Joya, una de tantas divisas proscritas de la México a la que, sin embargo, la empresa tuvo esta vez que apelar, dada lo impresentable del anunciado hato de Barralva. 


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