Capea o la mágica ensoñación del toreo         

El maestro celebró su cincuentenario con una tarde histórica

Si a Fray Luis de León se le atribuye aquella famosa frase de "Decíamos ayer…" cuando retornó a su cátedra en la Universidad de Salamanca, luego de permanecer varios años en la cárcel, el maestro Pedro Gutiérrez Moya "El Niño de la Capea" superó con creces esa serenísima evocación del que no guarda rencores y se atrevió a desdeñar, en este caso, el paso del tiempo.

Y hoy volvió a "decir" EL TOREO, con mayúsculas y en primera persona, vestido de luces, por el gusto de celebrar medio siglo como matador de toros, también como esa primera vez en Bilbao, aquel 19 de junio de 1972, fecha que marcó su lanzamiento a la competida y hermosa década dorada de las grandes figuras de aquí y de allá; figuras, pues, universales que ya forman parte de la historia del toreo.

En este caso, el compromiso de hoy fue triple. Por una parte, tener el arrojo, a sus casi 70 años, de vestirse de luces y salirle al toro; en segundo lugar, de lidiar una corrida de su ganadería y, además, de alternar con dos toreros de una generación muy posterior a la suya.

Si alguien especuló con la posibilidad de que esta corrida "familiar" podía ser una fiesta íntima y triunfalista, se equivocó. Quienes acertaron en venir a ver al maestro, reconocieron que lo visto arrebató los sentidos, porque los transportó en el tiempo, gracias a la magia del toreo, que no entiende de años ni edades, pero sí de sentimientos.

Y cuando Pedro se plantó delante de ese primer toro, el que abrió plaza, y le tendió la suerte con su característico donaire, su toreo a la verónica brotó diáfano, bello, y evocó esos años de lucha en que aquel niño salido de las capeas de Castilla La Vieja, arribó al toreo para hacerse de un nombre, ganar fama y dinero, pero, sobre todo, ser alguien en la vida a través de su inmensa vocación.

Minutos después, como si de una sabia cátedra de Fray Luis de León se tratase, El Capea demostró algo que hoy parecería imposible: que sí se puede cortar un rabo a un toro con una faena de 25 muletazos. Porque la verdadera esencia del toreo es la concreción de un discurso, en este caso breve, conciso e intenso, como fueron los redondos con los que se rompió de cintura con un toro al que toreó girando acompasadamente en los talones y ancladas las zapatillas en la arena, con una afición y una entrega desbordantes.

Y de la "apasionada entrega" que acuñó el maestro Pepe Alameda, que narró su alternativa en Televisión Española, a esta tarde de hoy en Guijuelo, cincuenta años después, Pedro demostró que el toreo es eso: esencia, pura y dura, ausente de florituras vagas, cargada de emoción y torería que tocó todo lo que hizo.

El público le jaleó con fuerza cada pase, cada detalle, cada adorno, consciente de que lo visto en sus trazos atesoraba el sabor añejo de su toreo, ese que afinó en México a mediados de los ochenta, cuando conoció el temple del toro mexicano; el toro al que había que acariciar con capotes y muletas; el toro del que se enamoró y aprendió el secreto de la caricia.

De eso estuvo hecha esta primera faena, rubricada con una estocada que ejecutó despacio, deletreando la suerte de matar con la misma rotundidad con la que había toreado.

En la vuelta al ruedo, su rostro expresaba una felicidad inmensa, la que da el torear para sentirse vivo; vivo y contento de poder estar hoy en este recoleto coso de Guijuelo en medio del cariño de tanta gente: profesionales, partidarios, amigos y familiares, así como un público respetuoso con el que se compenetró de principio a fin.

Espoleados por el viejo maestro, su yerno, Miguel Ángel Perera, y su hijo, "Perico", salieron a dar la réplica cada uno con sus argumentos, en sendas faenas meritorias y valientes, con dos toros nobles, a los que había que torear, como todo el encierro de encaste Murube, que también fue noticia y habló de un hombre dedicado con orgullo y esmero a la crianza del toro bravo.

Y si Perera estuvo templado y terso con el segundo, al que hizo una faena estructurada y recia, Pedro hijo salió a hacer lo suyo en medio de ese fervor del público que, a estas alturas de la tarde ya se frotaba las manos para ver de nuevo al maestro con el segundo de su lote.

El cuarto fue otro toro al que había que torear con suavidad, entender sus distancias, la altura de los engaños, y la precisión en la colocación. Y el maestro Pedro volvió a dar otro recital de toreo que tuvo su clímax inicial con una media verónica señera, arrebatada, por ceñida y lánguida, en la que desmayó los brazos con un arte exquisito que generó uno de los olés más sonoros de la corrida.

Después, en un palmo de terreno, como tienen que ser las faenas buenas, y con la medida del tiempo contenido en sus muñecas de terciopelo, el maestro repitió la misma ambición, la misma entrega desplegada minutos antes, en otra obra torera de magnífico acabado, que repitió la conmoción en el tendido.

Cuatro cosas bien hechas, fundamentales, profundas por su sencillez. La verónica, la media, el redondo o el natural, el de pecho o y el de la firma… Así toreo hoy el salmantino, y dictó cátedra con dos faenas en las que resumió todos los valores del toreo, un arte fugaz, efímero; el arte de los privilegiados.
Si no mató a la primera, y se enrabietó por ello, eso fue lo de menos. Porque lo que había hecho ya había tocado fibras sensibles y corazones y se había incrustado en el corazón de quienes lo recibieron. En ello reside la magia del toreo, un arte que, cuando se hace de esta manera, subyuga por sincero y único.

Otra vuelta al ruedo coreada con entusiasmados gritos de "¡torero, torero!", antecedió dos faenas valerosas de sus alternantes, que también habían disfrutado viendo a esta figura del toreo de otro tiempo, y se afanaron en estar a la altura de tan difícil compromiso y hacer bien las cosas, a sabiendas de que "el jefe" ya había acabado con el cuadro.

Al final de esta corrida tan maravillosa, por intensa y diferente, con un protagonista a hombros de los propios toreros, El Capea, ese león viejo de apacible mirada y aguda inteligencia, hoy volvió a educar con el ejemplo, como tantas veces que su raza de figura se vio amenazada; con la idéntica ambición de unos años que ya están perdidos en el tiempo y hoy resucitaron al calor de su entrega.

Guijuelo fue testigo de que el toreo no conoce de edades, y mientras un hombre que es torero tenga el corazón bien puesto, y su mente mantenga la serenidad del que sabe estar delante del toro, lo demás es un "decíamos ayer" con un socarrón talante desdeñoso y un sutil "ahí les dejo eso". Olé, maestro.

Ficha
Guijuelo, España.- Plaza de Guijuelo. Lleno en tarde agradable. Corrida por los 50 años del maestro Capea. Toros de Capea y Carmen Lorenzo (1o., 2o., y 4o.), correctos en presentación, de buen juego en su conjunto, de los que destacó el 1o. por su clase y transmisión. Pedro Gutiérrez Moya "El Niño de la Capea": Dos orejas y rabo y oreja. Miguel Ángel Perera: Dos orejas y dos orejas. Pedro Gutiérrez "Capea": Dos orejas y dos orejas. Incidencias: Al concluir el paseíllo se guardó un minuto de silencio a la memoria del maestro Andrés Vázquez, en tanto que al terminar la corrida los nietos del maestro le cortaron la coleta en el centro del redondel.

Noticias Relacionadas











Compartir noticia



altoromexico

Medio de comunicación de actualidad taurina