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Desde el barrio: El cántaro y la fuente

Martes, 30 Ago 2016    Madrid, España    Paco Aguado | Opinión   
La columna de este martes
El de torero, y más concretamente el de figura del toreo, es un oficio de titanes si se lleva a su máxima exigencia. La obligación de jugarse la vida durante decenas de tardes continuadas, sobre todo cuando se asume con la responsabilidad del liderato, sólo está al alcance de quienes tienen no sólo una sobrehumana resistencia física sino también una fortaleza mental fuera de lo común.

Y más aún cuando en España llega el mes de agosto y el toro y los viajes llevan a los toreros hasta más allá de sus límites. Desde que el toreo es toreo, a partir del día de la Virgen los partes de guerra siempre aumentan en número y calidad, porque, al filo de su resistencia, los toreros más solicitados, en el afán de recoger la siembra, apuran su suerte y sus fuerzas en una especie de irrefrenable y rentable ruleta rusa.

Hasta que un día, por debilidad o por pura estadística, un toro los para en seco en plena vorágine. Un exceso de confianza derivado de tanto rodaje, el comportamiento inesperado de un enemigo con el que no se contaba, un fallo de cálculo, un momento de debilidad mental ante la presión continuada… y llega inevitablemente el percance, o la más temida pérdida de sitio, que detiene la maquinaria: el parón obligado, el descanso forzoso que cura las heridas y ayuda a pensar.

Aunque en España ya quedaron atrás los años de las vacas gordas y las temporadas engordadas, esas de ciento y más corridas por cabeza reflejadas en los escalafones de la desmesura, el mes de agosto sigue pasando inflexible su cara factura a los líderes numéricos, a los que cruzan de punta a punta el mapa de España todas las noches de verano.

Y exactamente eso es lo que les ha pasado, aunque de distinto modo y en distintas circunstancias, a Roca Rey y a López Simón, los dos jóvenes toreros a los que este año el sistema empresarial ha colocado en la cabeza del escalafón, la pareja que más está yendo con el aún escueto bagaje de su cántaro a la fuente de las grandes ferias y de los pueblos en fiestas.

Al peruano el cántaro se le rompió en Málaga, con una brutal voltereta de la que salió con la boca partida y una conmoción cerebral que le ha dejado unos días sin memoria inmediata, ni de lo sucedido en la plaza ni de lo que pasa a su alrededor. Con la hierba en la boca, Roca Rey ha puesto, con mayores o menores aciertos, toda la carne en el asador en absolutamente todas las corridas de su ambiciosa temporada, asumiendo perfectamente que es su tiempo de arrimarse.

Pero agosto es agosto, y la cosecha de contratos y beneficios es dura de recoger porque aumenta las probabilidades de que un toro te levante los pies del suelo. Y al pletórico Roca, obligado a detener así su carrera hacia la cima, en el lecho del convaleciente le deben haber salido cada uno de los dolores obviados de todas las volteretas que, durante los meses anteriores, no parecieron afectar ni su ambición ni su golpeado pero dúctil cuerpo de adolescente.

Ha sido la estadística la que ha puesto a su temporada el reposo necesario, y hasta el sentido común, que los taurinos eluden ahora cuando se trata de organizar avariciosamente las campañas de los toreros rentables, sin importarles que sus errores se cobren en las carnes y en el ánimo de sus poderdantes.

Y, como mejor muestra, ahí está el preocupante caso de López Simón, la imagen desoladora y desconcertante de un torero que, en plena juventud y, se supone, con plena capacidad, rompía en un llanto ansioso y desconsolado en el callejón nada menos que de la plaza de toros de Bilbao. 

Vencido por la presión añadida de las absurdas decisiones de su apoderado, como si no fuera poca la que ya de por sí imponen la importancia de la feria y el toro que sale a ese ruedo parduzco, el de Barajas estrelló su cántaro contra las tablas de Vista Alegre y desparramó toda la ansiedad que una persona de mente frágil, y un torero con una técnica más dictada que asimilada, lleva ya meses sin poder digerir dentro de una noria desenfrenada.

Pero, más allá de la factura agosteña que han de pagar los protagonistas, tan inherente de siempre al torero, lo que más triste en estos casos es el hecho de que el mezquino sistema taurino intente explotar de tan avariciosa y ciega manera, abortando claramente su futuro, a los jóvenes toreros que le están aportando frescura al rancio y gastado escalafón actual.

Y más aún que sean los propios mentores los que se presten al juego de convertir a los chavales en nombres de moda pasajera, en productos de usar y tirar, sin aplicar la fórmula ética que siempre guió el trabajo de los grandes y verdaderos apoderados: conocer los verdaderos límites de sus toreros para, en un proyecto a medio o largo plazo, buscar el máximo rendimiento con el mínimo esfuerzo posible, dentro, claro está, del titánico derroche de fuerzas que exigen las largas temporadas españolas.

Porque no todos los cántaros son tan resistentes y tan capaces como El Juli o como Jesulín. Y las fuentes son cada vez más duras.


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