Tauromaquia: Seis veces solo: encerronas (I)
Lunes, 29 Jun 2015
Puebla, Pue.
Horacio Reiba | Opinión
La columna de este lunes en La Jornada de Oriente
En el toreo, el cartel más infrecuente es el de un solo espada anunciado con seis toros o novillos. Requiere no solamente condición física, capacidad técnica y valor a toda prueba, sino una predisposición mental que no está al alcance de cualquiera. Además de una tauromaquia caracterizada por su variedad y frescura. Cuando alguien, sin contar con tal cúmulo de atributos, se aventuró a apostar así de fuerte, los resultados fueron negativos. La reciente experiencia de El Cid en Madrid lo demuestra. O la México cubierta a medias para presenciar la encerrona de Zotoluco, en noviembre último.
En México, a semejante gesta torera la llamamos encerrona. Y únicamente dos ilustres regiomontanos, Lorenzo Garza en El Toreo de la Condesa y Manolo Martínez en La México, se atrevieron en cuatro y cinco ocasiones, respectivamente. Fermín Armilla lo hizo tres veces, más otras tantas en que por cornada del alternante se quedó con corridas enteras. Con dos encerronas por coleta figuran Juan Silveti Mañón (1922 y 23) y Manuel Capetillo padre (1966 y 68). Y con una por barba Heriberto García (1931), Eloy Cavazos (1985) y Zotoluco (2014). Los años de su realización indican si ocurrieron en los cosos de la Condesa o de la colonia Nochebuena, pues el discontinuo historial de El Toreo de Cuatro Caminos no registra ninguna encerrona.
Cien años atrás
A principios del siglo XX, las figuras españolas contratadas como base de la temporada capitalina –Fuentes, Reverte, Mazzantini, Antonio Montes– solían anunciarse solos en sus corridas de beneficio, extraña modalidad que desapareció hacia el primer tercio de la centuria pasada. Consistía en lo siguiente: el estira y afloja económico relacionado con los emolumentos y el número de corridas contratadas –no menos de media docena–, incluía una cláusula por la que la empresa se comprometía a ceder la plaza al as correspondiente para que éste organizara una corrida cuyas utilidades le corresponderían por entero. De más está decir que el beneficiado procuraba reducir al mínimo la nómina del cartel, salvo ocasiones en que más conveniente le resultara anunciarse con otra figura de probado tirón taquillero. No fue el caso de Chicuelo (1926) y Cagancho (1936), los últimos hispanos que lo hicieron aquí. Y sólo por tratarse de dos auténticos ídolos del público mexicano, en un tiempo, alejado ya de la primera década del siglo, en que otros paisanos suyos, aun los de más renombre –Sánchez Mejías, Lalanda, Manolo Bienvenida…–, ni siquiera se lo planteaban, conscientes de no contar con la aceptación ni el poder de convocatoria requeridos para llenar el coso de La Condesa.
Encerronas (y similares) en El Toreo
Inaugurado en septiembre de 1907, el escenario de la época dorada de nuestra tauromaquia también desbordaría de público y pasión sus graderíos al anuncio de carteles de un solo matador, que lo mismo podía ser Juan Silveti, cuando acreditó el mote de Hombre de la regadera (dos veces: 26-03-22 y 25-02-23), que Rodolfo Gaona (20-01-12), Heriberto García (15-03-31) o los mencionados Chicuelo (07-03-26) y Cagancho (22-03-36). Pero como quedó dicho, sería Lorenzo Garza el as de la especialidad, a partir de su consagración la tarde en que el destino y la cornada de "Madroño" a Alberto Balderas le dejaron completa la corrida de San Mateo (03-02-35); si esa fue una apoteosis inesperada, las cuatro subsecuentes se organizaron ya como encerronas en toda regla, desde la absolutamente triunfal del 06-02.38 (siete orejas y tres rabos les cortó a los sanmateínos, entre ellos el célebre jirón "Príncipe Azul") hasta su despedida del 21-03-43, siempre con reses zacatecanas de la divisa rosa y blanco.
Armillita, que como matador sólo una encerrona tuvo en la Condesa (20-02-44), ante durísimo lote que, ex profeso, eligiera para él Antonio Llaguno (el amo de San Mateo no sentía el menor afecto por Fermín), desorejó esa tarde al primero y le cortó el rabo de un séptimo, "Paracaidista" de La Laguna. Pero fue Fermín quien más frecuentemente se quedó con corridas enteras por lesión de algún alternante. Estoquearía así cinco astados –los tres suyos y los del compañero herido– por cornadas de Alberto Balderas (22-01-33: le cortó el rabo al sexto de Piedras Negras, "Algarrobo"), Garza (26-01-36: ídem a "Zagalejo", de La Laguna), y sobre todo Luis Castro (19-02-39): en esa corrida de Covadonga, el Maestro de Saltillo enfrentaría en solitario ocho de Piedras Negras al resultar El Soldado gravemente empitonado por su primero, “Joyero”; les cortó los rabos al tercero y al sexto –"Caparrota" y "Jumao"– y la oreja al último, "Limonero", en el único caso conocido en que un matador ha pasaportado consecutivamente en la capital ocho reses, con el aditamento de la casta y el respeto de aquel astifino encierro de Wiliulfo González.
Imposible omitir, hablando de encerronas inesperadas, la hazaña de Jesús Solórzano (15-12-40), cuando despenó, combinando suficiencia lidiadora con clase señorial, un sexteto de Zotoluca de catadura imponente y con mucho que torear, el segundo de los cuales, "Andaluz", había enviado al hule a Lorenzo Garza con una grave cornada. Solórzano desorejó a "Colcherito" (tercero), dio varias vueltas al ruedo más y fue paseado en hombros, ante el reconocimiento y el fervor de un público vivamente impresionado.
Además, dos novilleros se despidieron como tales matando encierros completos: Fermín Espinosa "Armillita" –quién si no– (26-09-27, con sanmateos) y Juan Estrada (14-11-43, con seis de Xajay).
En La México
Si en El Toreo había sido Garza el diestro que más reiteradamente se hizo anunciar como único matador, en Insurgentes heredaría su liderazgo otro regiomontano, Manolo Martínez, con nada menos que cinco encerronas. En la primera (18-02-73), cortó 4 orejas a los de Valparaíso; luego, al reaparecer tras tres años ausente de la capital (13-03-77), despachó siete de Torrecilla y sumó tres apéndices más; bajó a dos en su corrida número mil (05-08-79) y a una sola –también se redujo la entrada, en contraste con los tres llenazos anteriores– en la cuarta (17-05-81); en cambio, el anuncio de su despedida agotaría el papel (30-05-82), y los martinistas tuvieron ocasión de ver pasear a su ídolo el noveno rabo que cortaba en la capital, el de "Toda una época", de San Martín, vacada que compartió cartel con Mimiahuápam en ocasión tan señalada.
A este quinteto de encerronas podría sumarse la eventualidad de verse Martínez obligado a sustituir a Curro Rivera, herido al iniciar su segunda faena en su mano a mano del 21-06-70, corrida del Mundial de futbol. Esa tarde, el neoleonés se fue en blanco, como otro paisano suyo, Humberto Moro, forzado a dar cuenta de los cuatro últimos de José Julián Llaguno en una inauguración de temporada (16-12-62) por lesiones de Antonio Velázquez y Paco Camino.
Las encerronas en La México las había estrenado Armillita en su despedida (03-04-49, con seis de La Punta y cuatro orejas por cosecha), las continuó Manuel Capetillo padre –el 20-03-66 tuvo que regalar uno de Reyes Huerta para cobrar el único apéndice; luego en su adiós del 26-02-68, no cortó ninguna aún apelando al regalo, de Valparaíso como los otros seis–, tampoco Eloy Cavazos tuvo el sol de cara en otra despedida tan falsa como las tres anteriores (10-03-85). La última encerrona en La México la protagonizó recientemente Zotoluco (30-11-14). Y tampoco tuvieron mayor suerte Jaime Rangel (1960) y Adrián Romero (1970), al despedirse allí de novilleros.
Encerronas en Madrid. Tal será el tema de nuestra próxima columna de lunes.
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