Tauromaquia: Perera, el amo de San Isidro
Lunes, 09 Jun 2014
Puebla, Pue.
Horacio Reiba | Opinión
La columna de este lunes en La Jornada de Oriente
Del famoso G-5, la pata coja parecía ser Miguel Ángel Perera, torero con tantas cualidades técnicas como cuestionados problemas de expresión. Y sin demasiada suerte en los trances determinantes en que la carrera de un profesional se viene definitivamente arriba o se estanca.
Uno de esos momentos lo vivió en 2008, en el mismo año y mes en que José Tomás reapareció en Las Ventas para cosechar siete orejas en sólo dos tardes, selladas con una salida por la puerta grande y otra con rumbo al hospital, víctima de tres cornadas que no consiguieron frenar su apoteosis.
Aun bajo tales circunstancias, el otro hombre importante de aquella feria fue precisamente Perera. De entonces data su primera salida en hombros madrileña, y de la subsecuente feria de otoño la triunfal encerrona, trunca a causa del grave percance que le impidió abrir por segunda vez la puerta de Madrid con tres orejas cortadas. Quedaba Miguel Ángel como el torero a seguir en la temporada siguiente.
Y sin embargo, lo que siguió para él fue una sucesión de altibajos. Cargaba con el sambenito de los toreros esencialmente poderosos: si estaba bien, se tomaba como algo natural; pero si alguna vez flaqueaba –sobre todo con el estoque– la crítica y los públicos fruncían el ceño y buscaban por otro lado. Cortaba orejas y cuajaba toros importantes, pero fuera del circuito de las plazas decisivas, donde nunca acabó de romper el hielo. Mientras tanto, otros fueron ocupando los puestos de vanguardia y, sin abandonar la primera fila, Perera se fue rezagando.
Cuando su nombre apareció entre los cinco aliados en contra de la empresa sevillana –siendo él quien mejores motivos tenía para sentirse agraviado por la dictadura de Canorea-Valencia– no faltaron críticas… a los otros cuatro, por asociarse con un diestro que no estaba a su altura.
Boca abajo todo mundo
Esta situación duró hasta su brindis al público del tercero de Victoriano del Río (mayo 23). Plantado firmemente en el tercio, aguantó enseguida una embestida, vencida por el pitón izquierdo, en ayudados por alto de quietud estatuaria y, ya, mando definitivo. Mando que fue acentuándose conforme corría la derecha con la muleta a rastras en tandas de medido temple y enorme ceñimiento. Cuando probó al natural, y fue notorio que "Bravucón" se resistía y calamocheaba, el extremeño mantuvo, acrecentada, una confianza absoluta en el temple de su muleta, siempre baja, siempre imperiosa, en trazos de largo dibujo y temple milimétrico. Y entonces sí, la plaza entera se entregó. Como se entregó el torero en la estocada, para que la rugiente multitud le arrancara al palco las primeras dos orejas.
Garantizada la puerta grande, Perera mantuvo el tipo ante el astifino sexto, "Bravucón II": no sólo volvió a brindarlo desde los medios, sino que, teniendo el toro poco fuelle, lo obligó muchísimo y terminó invadiendo con absoluta autoridad sus terrenos, de modo que media faena la realizó metido entre los pitones y dueño absoluto de la situación. Con la estocada caía la tercera oreja de una tarde decisiva, previa a la triunfal salida en hombros.
Los "adolfos" y el gesto
En un par de isidradas del cambio de siglo, José Miguel Arroyo "Joselito" y José Tomás acometieron la proeza de hacerse anunciar en Madrid con sendos encierros de ganaderías de las llamadas duras, "pablorromeros" y "conchaysierras" Arroyo, y Conde de la Corte y Adolfo Martín Tomás. Ásperos y deslucidos los astados, el gesto de ambas figuras no obtuvo resultados felices.
Después, salvo algún intento de El Juli por provincias, a ningún puntero volvió a ocurrírsele pasar por ese fielato. Hasta que Perera se aventuró a anunciarse con los de Adolfo Martín, el pasado martes 3. Una señora corrida de toros: si "Tomatillo", el primero de Miguel Ángel, pesaba 510 y portaba par de pitacos astifinos, el cierraplaza, "Revoltoso", tenía dos garfios aún más imponentes, impulsados por 590 kilos de fuerza, que el de la Puebla del Prior procuró conservar midiendo el castigo en varas. Tal era la seguridad en sus recursos toreros que, por tercera vez en la feria, se fue a los medios y brindó ese sexto toro a la abigarrada concurrencia.
Primero lo desengañó, sin la mínima duda, corriendo la derecha con una largueza y un poderío definitivos, como en la tarde anterior; pero, de nuevo, lo grande llegó sobre la zurda, en dos tandas de deletreados naturales, ceñidísimos además, mostrando a toda la plaza quien mandaba allí, y armando una revolución como hacía tiempo no se vivía en Las Ventas. Que, puesta en pie, asistía a ese milagro cifrado en la infalible fórmula de un toro fiero y un torero en plenitud, entregado a su destino con fe ciega. Incluso la espada, su punto flaco de tantas tardes, funcionó de nuevo con contundencia total. Y es que este año, en Madrid, Miguel Ángel Perera ha salido dispuesto a marcar distancias frente al resto de la torería. Y a no dejar dudas al respecto, ni por actitud ni por capacidad ni por los resultados: en dos tardes cinco orejas y dos puertas grandes.
Lo que en la feria de ferias significa entronizarse como número uno. Ahora, solamente falta que se lo reconozcan.
Similitudes y diferencias
Como es sabido, otros dos espadas han salido este año aupados en hombros por los isidros: Iván Fandiño y Daniel Luque. Fandiño, además, cerró su feria –tres corridas, aunque sólo una encartelado con figuras– cortando un apéndice más, al quinto de Alcurrucén, el miércoles 3 y ante el recién abdicado Juan Carlos I, que presidía su última corrida de Beneficencia. Fue, sin embargo, una oreja que se le discutió acaloradamente, misma división que había saludado la concedida a El Juli del primero de esa tarde, cuya flojedad no concordaba con la poderosa muleta del del madrileño..
Julián, a priori líder moral del G-5 –el artístico lo es Morante– no puede decirse que haya defendido con éxito tal privilegio, y menos en comparación con el huracán Perera. Además, su modo de torear acusa ahora el vicio de arquearse y agacharse en demasía, un hábito negativo que, lejos de reforzar el temple y el mando, esquematiza y afea estéticamente su toreo. Y con la espada está hiriendo muy atrás, lo cual podrá ser muy efectivo pero menoscaba la pureza y autenticidad del lance supremo. Total, una oreja discutida y un liderazgo seriamente cuestionado.
El caso de Luque es distinto. Como Perera, este joven sevillano ha dejado pasar los años apuntando cosas grandes pero sin decidirse a concretarlas. Difiere del extremeño en que su fuerte no está en el poderío sino en la plasticidad. Y por extraño que parezca, su carencia básica ha sido precisamente cierta indefinición estilística, oscilante entre una elegancia artificiosa –tipo Ponce– y una vena más auténtica, en la que su quehacer alcanza mayor profundidad.
El jueves 5 fue ésta tendencia la que se impuso, y la que lo impulsó a aprovechar las excelentes condiciones de su lote de El Puerto de San Lorenzo, dos toros con transmisión, más clase en la embestida del tercero que en la del sexto, pero bravos y alegres tanto "Cartuchero" como "Mariposino". Y dispuesto a fajarse con ellos el artista de Gerena, de vino y oro vestido y derramando solera y además valor del bueno, que es lo que da cuerpo, ligazón y emotividad a las faenas. Cobró así una oreja de cada bicho, la segunda incluso después de pinchar. Y, sin la rotundidad de lo hecho por Perera, logró el triunfo más importante de su vida.
Con gotero
La feria de ferias puede ser dura hasta la crueldad con la mayoría de los diestros anunciados, pero es inevitable que se vean en ella muchas cosas valiosas, salvo en tardes claramente marcadas por el infortunio o el hastío. Así, la corrida de Adolfo Martín, que se agotó pronto, tuvo no obstante cierta nobleza y le permitió momentos lucidos a Antonio Ferrera –estupendo al banderillear y poderoso y valiente con la muleta, especialmente en los naturales al cuarto–, y a Diego Urdiales, cuyo asentado clasicismo alcanzó su cenit en la faena al quinto, tan noble como soso; mas como el de Arnedo iba desgranando sus excelentes naturales de uno en uno, la respuesta del tendido fue rácana y al final los aplausos se los llevó "Escribiente".
El domingo 1, Alberto Aguilar había trazado una faena de oreja a favor de la suave repetitividad de otro toro de arrogante trapío –"Rencoroso", de Montealto– al que entendió de maravilla, sobre todo con la muleta en la izquierda, y mató a ley. Esa tarde, al colombiano Sebastián Ritter a punto estuvo de írsele vivo el sexto, lo cual habría sido injusto para lo mucho que expuso ante adversarios deslucidos y aplomados, mientras El Capea, sin nada qué decir, pasaba de puntillas. Más o menos como Juan José Padilla, cuya esforzada pero agreste tauromaquia está a contraestilo en Madrid, y El Cid, cada día más opaco. El contraste entre la plenitud de Luque y la floja tarde de ambos fue notorio.
Talavante y Manzanares
Han sido, del G-5, los que más raspados salen de Madrid. A Alejandro Talavante el público venteño lo consiente y espera, pero el hombre no repunta, en buena parte por ese vicio adquirido de cortar sus pases en redondo con un muñecazo demasiado marcado, que atenta contra la fluidez y la naturalidad. No tuvo toros a modo, pero alguno le hubiera servido para armar un buen taco hace dos años. En cuanto a José Mari Manzanares, con el público en contra, parece atravesar un bache y se le notó distanciado y sin alma. Como derrotado de antemano.
Amargos "victorinos"
Aunque, para derrota, la de Uceda Leal, Ferrera y Alberto Aguilar, la prometedora terna que el viernes, ante la hostil incomprensión del público, despachó sin gloria ni provecho un bronco sexteto de Victorino Martín. Signo de la dureza de la tarde, Aguilar se hirió con su propio estoque; y Manolo Rubio, tercero de la cuadrilla de Ferrera, sufrió un cornadón y una fractura múltiple de rodilla al ir a apuntillar a uno de los correosos cárdenos extremeños.
Y no menciono avisos porque estos menudean en Madrid, incluso en faenas orejeadas, no sólo por la tendencia de los toreros a prolongar sus trasteos, sino porque el palco es implacable y empieza a calcular los 10 minutos preceptivos en cuanto el clarín toca a muerte.
Adame no acaba de despegar
Inauguró el jueves 5 la feria de Pentecostés, en Nimes, con una buena corrida de Alcurrucén, y tal vez por dejar demasiado crudos a sus toros, las voluntariosas faenas del de Aguascalientes carecieron de son, aunque no de momentos meritorios. A Javier Castaño le pasó más o menos lo mismo, y el galo Thomas Dufau le cortó al tercero la única oreja de la tarde en el imponente anfiteatro romano de la ciudad más taurina de Francia.
Al día siguiente, Perera prosiguió allí mismo su marcha triunfal y salió a oreja por turno. Pero la verdad es que los torillos de Victoriano del Río parecían más para Aguascalientes que para Nimes, y ante ese ganado la reciedumbre del triunfador de San Isidro lució bastante menos que con los cornalones y encastados animales de Adolfo Martín. Sus alternantes, El Cid y Luque, se fueron en blanco. En cambio, El Juli y Juan Bautista abrieron la Puerta de los Cónsules al día siguiente.
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