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Espectro taurino: Arte, dominio y emoción

Sábado, 12 Mar 2016    México, D.F.    Jorge Raúl Nacif | Opinión   
El espacio de cada sábado
A lo largo de nuestra experiencia profesional en el campo de la Fiesta nos hemos podido percatar que, en los tiempos que corren, el aficionado taurino cuenta con motivos principales para acudir a los festejos o seguirlos a través de los medios de comunicación, y entre éstos ocupa el arte un lugar especial.

En el toreo se genera arte en movimiento, instantes efímeros que, sin embargo, pueden durar toda una eternidad en la retina o en el corazón del espectador. Y tarde a tarde, el aficionado anhela que pueda producirse una profunda creación artística que, como ya hemos puntualizado en otras columnas, no necesariamente acontece en el redondel durante todas las tardes.

Este deleite artístico va de la mano con el peligro que, de suyo, implica el plantarse frente a un toro de lidia. De hecho, sin este ingrediente especial, el talante atrayente del torero se vería ciertamente disminuido. Parte importante en la esencia del arte en el toreo es el riesgo que implica ejecutarlo

Para que surja el instante artístico en el toreo es necesaria una base técnica por parte del torero, la cual permite tener un dominio de la situación y del peligro. Esta conjunción es tan compleja que, en ocasiones varias, aunque exista el dominio técnico puede no brotar el momento de arte.

Sin embargo, cuando el aficionado acude a un festejo busca también apreciar este dominio el torero, que no es otra cosa que la capacidad del hombre para vencer técnicamente a un toro que tiene la fuerza para acabar con su vida o lastimarlo seriamente.

Es, en otras palabras, el triunfo de la inteligencia sobre la fuerza bruta, hermosa insignia de la vida que queda patente a lo largo de una tarde de toros y que nos recuerda, segundo a segundo, las categorías metafísicas de nuestro universo.

Los públicos admiran al torero que se impone y logra dominar las situaciones, haciéndolo siempre con cabeza clara y, sobre todo, sin perder la gracia o la naturalidad en sus procedimientos delante de la cara de los toros y ante todas las miradas concentradas en él.

De ninguna manera, como a lo largo de la historia han afirmado algunos detractores, el público espera que el torero salga lesionado o muerto. El riesgo de lo anterior se corre siempre, pero la afición degusta ver a un torero que consiga salir avante, superando las diversas situaciones.

Ahora bien, no son pocas las personas que se han acercado al mundo de la tauromaquia cautivadas por la grandeza y el esplendor del toro bravo, el eje de la Fiesta. Y así, entre todos de los motivos para seguir el toreo, tiene un lugar preponderante el admirar la belleza y comportamiento de este animal único.

La emoción que se forja entre la bravura del toro y la determinación de un torero es ingrediente que los espectadores valoran. Y, si de esta unión, el arte es capaz de brotar… pues todavía las sensaciones generan mayores intensidades.


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