Tauromaquia: De lo bueno, poco
Lunes, 07 Mar 2016
Puebla, Pue.
Horacio Reiba | Opinión
La columna de este lunes en La Jornada de Oriente
Terminó la temporada grande capitalina 2015-16, la del 70 aniversario de la Plaza México, y, como suele ocurrir, ha dejado en la memoria un sabor agridulce, recuerdos gratos e ingratos, inevitables confirmaciones, bastante desazón y algunas sorpresas.
Entre éstas, llamó la atención del aficionado la clase finísima de Diego Urdiales, de arribo muy tardío a Insurgentes, demora achacable a la consabida ceguera de una empresa largamente aquejada de cerrazón y amiguismo. También, guardadas las proporciones de edad y condición, la de Juan Pablo Llaguno, preterido por empresas y publicronistas, y que a punto estuvo de dar un golpe formidable de última hora, aunque, como al riojano, lo traicionara su errático acero.
No menos sorpresiva, del lado oscuro, la decepcionante tarde de José Tomás, responsable del mayor lleno del siglo en la Monumental: si bien agotó el boletaje con meses de anticipación, eso, al final, se volvió en su contra. Preferible un lleno sin apreturas, como el de la última corrida, astutamente montada a base de Pablo Hermoso de Mendoza y Enrique Ponce, que triunfaron ante un público de dulce, integrado por sus partidarios más incondicionales y permisivos.
Escuetas cifras
No ha sido esta columna muy amiga de lo numérico, que en materia taurina es útil para indicar tendencias pero no puede determinar el valor de las cosas. Digamos, para dejar debida constancia, que en los 24 festejos celebrados entre el 25 de octubre y el 21 de febrero se corrieron 152 reses (5 de rejones y ¡sólo uno! de obsequio), con una media de bravura más que precaria, aunque los jueces se gastaron la humorada de ordenar 7 arrastres lentos y la vuelta al ruedo para "Seda de Oro", sobrero de La Joya, ganadería desterrada de los carteles de La México desde hace varios años a pesar de la probada calidad y el hermoso trapío de sus astados.
Orejas se cortaron 33, algunas indebidamente, a cambio de tal o cual petición invisible e inaudible al palco de unas autoridades particularmente estrictas con espadas nacionales y pródigas con las figuras de importación (la clamorosa negativa a El Juli tras una gran faena se compensa con las dos que le regalaron en su primera tarde por un ejercicio de encimismo engañabobos).
El mayor número y el más alto porcentaje de apéndices por tarde correspondió a Joselito Adame –seis en tres presentaciones–, seguido por El Payo, Sebastián Castella y Juan Pablo Sánchez, con tres auriculares cada cual. Dos cosecharon El Juli, Fermín Rivera, José Luis Angelino, Ignacio Garibay y Sergio Flores, y una por montera José Mari Manzanares, Diego Silveti, Manuel Escribano, José Tomás, Enrique Ponce y Lupita López, única triunfadora, por cierto, de los fallidos jueves nocturnos, organizados con el propósito de vaciar el coso y hacer que 18 modestos tragaran aceite sin mayor provecho.
Justamente en uno de tales "festejos" se registraría la brutal cornada al subalterno Mauricio Martínez Kingston, por un toro –"Sangre Nueva", de San Marcos– al que ni por todo el oro del mundo le hubieran salido las figuras importadas. O tal vez Sebastián Castella, bravísimo con un marrajo de Manolo Martínez que en uno de sus derrotes al cuerpo le produjo serio desgarro escrotal, al cual se sobrepuso, saliendo de la enfermería para desorejar al obsequiado e imponente “Seda de Oro”, de noble y encastado comportamiento.
El único rabo –de "Tejocote", alegre y bravo cárdeno de Los Encinos– lo paseó entre palmas y chuflas Pablo Hermoso de Mendoza. Y en el ingrato capítulo de los avisos (40 en total) tocó la peor parte a Arturo Macías –cinco en dos adversas tardes–, en tanto se dejaban vivos sendos ejemplares de Guadiana y Claudio Huerta el hispano Francisco Marco (03-12-15) y el confirmante Juan Fernando (15-01-16), ambos en nocturnas de jueves.
Faenas y toros a destacar
Si en anteriores temporadas los golpes más sólidos los dieron diestros nacionales, justo es reconocer que esta vez se han llevado la palma los foráneos, según se desprende del siguiente relación, dedicada a las, para mí, mejores faenas del ciclo: Joselito Adame ("Gravado (sic) en el Alma" y "Javito", de Julián Handam y Xajay, en la inauguración), Diego Urdiales (15-11-15: "Personaje", de Bernaldo de Quirós), Ignacio Garibay (03-01-16: "Ilusión", Arroyo Zarco), Morante de la Puebla (17-01-16: "Debutante", Teófilo Gómez), El Juli (24-01-16: "Malagueño", Montecristo) y Sebastián Castella (05-02-16: "Seda de Oro", La Joya).
También hubo faenas muy estimables de Fermín Rivera –en sus tres tardes, Juan Pablo Sánchez, Manuel Escribano y Andrés Roca Rey, al que, en su única y tardía actuación, le negaron un toro de regalo entre empresa y autoridad –usted ya sabe quién manda y quién obedece, dejando a público y torero con un palmo de narices.
Peliagudo asunto es elegir a las reses notables de la temporada –abrumadoramente dominada, ni falta haría decirlo, por el post toro de lidia mexicano– ya que prácticamente todos terminaban por rajarse, incluido el mejor, que a mi juicio fue el burraco de Jaral de Peñas "Mazapán" (22-11-15: oreja protestada a Diego Silveti), bravísimo con las telas, que acometió con derechura y celo, pues el hermoso colorado "Seda de Oro", honra de la divisa y hierro de La Joya, tuvo más alegría que clase, y un pitón izquierdo algo complicado. Muy bueno también "Tejocote", el cárdeno de Los Encinos rejoneado en segundo lugar por Hermoso de Mendoza.
¿Cambio de estafeta?
Si en anteriores temporadas destacó la juvenil terna Adame-Saldívar-Silveti como la de más enjundia y posibilidades entre los mexicanos, hay que reconocer, aunque a uno le pese, que ni Arturo ni Diego han sabido mantenerse a la altura. El de Aguascalientes porque su mala fortuna en los sorteos ha terminado por quietarle confianza y sitio, y al salmantino justamente por lo opuesto: siempre le toca el toro de la tarde, y son ya muchos los que se le van enteros al destazadero.
Solamente Joselito Adame se mantiene a la cabeza de nuestra torería, sin ceder ante nadie ni dar un paso atrás, aunque su temporada haya ido un poco a menos: arrasó y convenció a todo mundo en la corrida inaugural, pero en sus dos tardes de enero –alternando con El Juli y José Tomás– evidenció apresuramientos y ausencia de expresión personal. Otro joven, aunque ya veterano, que sigue sin dar la nota –y toreando tan poco, una sola tarde esta temporada, es difícil que encuentre su mejor versión– fue el fino capitalino José Mauricio. También retrocedió Pizarro, falto asimismo de oportunidades, y no parece que tenga con qué despegar el en cambio muy joven pero gélido Armillita IV (Fermín Espinoza Díaz de León), tan distante de los pitones como del sentimiento torero.
Y estuvieron bien, aunque en tono menor, el hidrocálido Fabián Barba –al negarle una merecida oreja se ganó Jorge Ramos ser rebautizado como "Juezpen…" por la empresa, que marcó la indirecta al endilgándole dicho apodo al sexto punteño (20-12-15)– y José Luis Angelino, en buen plan pero premiado con excesiva magnanimidad.
Quedan pues, como capaces de seguir la huella del impetuoso José Adame, un asolerado Ignacio Garibay –recuperable del todo a condición de que le den toros: su faena a "Ilusión" fue de las estelares, y el 5 de febrero le negaron una oreja arbitrariamente–. Juan Pablo Sánchez, dominador y templado aunque sin chispa. Como Fermín Rivera, que torea muchísimo –en temple, mando y extensión– pero extrañamente cala poco en el tendido: si consigue impregnar de aroma su toreo, tendría un sitio entre las figuras. Un aroma y un arte que sí acusa Juan Pablo Llaguno, cuyas incipientes pero innegables posibilidades tendrían que ser potenciadas por las empresas –a condición, claro, de que aprenda a estoquear–.
Y queda, sobre todo, la impronta triunfal de Sergio Flores, un torero con toda la barba –hondo, recio, con sello— que ya había dado un aldabonazo fuerte la temporada anterior, aunque, tal vez por lo mismo, no parece gozar del favor de los que organizan el tinglado a su conveniencia y la de sus favoritos.
Colofón
El anterior repaso a lo rescatable y valioso de 24 corridas en el primer coso de América arroja esta conclusión desoladora: en México, la decadencia de la casta y la bravura corre pareja a la incompetencia de los taurinos –empresas, apoderados, ganaderos, publicronistas y demás–, y en tales condiciones se antoja una utopía remontar el duro momento que atraviesa la Fiesta, de cara a la sociedad globalizada y a su propia ceguera interna.
Dicho sea sin negar la paradoja de una baraja taurina en la que abundan buenos toreros e incluso artistas señeros. El contraste entre una y otra caras de la realidad es deplorable, por un lado, y apenas vagamente esperanzador, por el otro. Pues sin toros no puede haber toreo, y sin el eco popular que impulsó a la Fiesta en otros tiempos, la cuesta arriba se antoja más empinada y difícil de superar que nunca.
Al margen de una temporada tan precaria como la pasada, ése es nuestro desafío, presente y futuro.
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