A su paso fugaz por Sevilla –fugaz porque así lo ha querido la empresa maestrante–, Joselito Adame produjo esa sensación tan particular que dejan los toreros importantes cuando están en sazón. Todo lo que hizo el miércoles 6 sobre el dorado albero tuvo expresión y contenido, apego a lo clásico y un aire de seguridad y reposo que viene de dentro, de la serena llama interior de quien está hecho, de la montera a las zapatillas, un grandísimo torero. Un torero al que, para ser figura mundial, solamente le falta el reconocimiento de los mandarines de la Fiesta y sus corifeos. Un artista en plena madurez que está para quitar moños y dar muchas tardes de gloria… a condición de que lo dejen volar. Por eso la metáfora del águila. Porque el toreo, por desgracia, sigue siendo patrimonio de mercachifles, que rigen sus negocios bajo principios y consignas a la altura de la trama de Los Papeles de Panamá. O poco menos.
Entrega y magisterio
Álvaro R. del Moral, cronista de toros titular de El Correo de Andalucía, analiza el Caso Adame con una criticidad sin retoques: El cartel era surrealista –escribió… El nombre de Joselito Adame –en plena forma, pese a que reaparecía de la cornada de Valencia– chirriaba junto a dos matadores de segunda y una ganadería que repetía en Sevilla a pesar de los discretos resultados cosechados en la pasada campaña. Esos secundarios eran Miguel Abellán y El Cid, que dio una vuelta al ruedo tras pasaportar al quinto, el mejor del desabrido sexteto de Las Ramblas, por una faena basada en tandas cortas al hilo del pitón.
Adame saludó a los sevillanos en su turno de quites con el segundo ciñendo chicuelinas en los medios y abrochando la serie de tres, a cual mejor, con dormida media por el pitón zurdo. A partir de ahí todo lo hizo por nota, con capa y muleta. Poco le importó que "Sorprendido", un colorado pajuno, bastote y con más kilos que casta llegara medio dormido al tercio final, ni que, dada su escasísima transmisión, el público se mantuviera simplemente a la expectativa, aunque respetando siempre a un torero que, por ambos pitones, extrajo embestidas hondas de donde solo había sosería. Por eso le aplaudieron con fuerza cuando pasaportó al chorreado de pinchazo hondo y entera arriba, entrando a ley en ambas ocasiones. Sus muletazos tuvieron el don de la suavidad y el temple, pero faltó la chispa de la emoción, dejaría escrito Paco Moreno en su reseña de La Razón.
El 6o., otro castaño, cuyo nombre sugería reminiscencias cervantinas -- “Vidriera” le apodaron–, tuvo parecida suavidad pero más brío. Lean ustedes lo que escribió para la cadena COPE Manuel Viera: toro con la calidad suficiente en su noble recorrido para que el mexicano lo lidiara a placer desde que, atornillados sus pies al suelo, hilvanara siete estatuarios sin mover un solo músculo. Después, en los medios, tradujo su toreo en ligadas tandas diestras abrochadas con su característico pase de pecho al hombro contrario. Todo muy despacio, muy relajado. Se degustó el natural de forma reposada. Solo fueron tres, pero auténticos. Y acabó con unos bellos ayudados por bajo y una fea estocada, en la suerte de recibir, que atravesada asomó su punta. La vuelta al ruedo fue premio menor.
"Adame anda fino", cabeceó Barquerito. Por veteranía, saber y sabor, Ignacio Álvarez Vara "Barquerito" cuenta con un crédito entre sus lectores con el que ni soñarían los publicronistas al uso. Y con ese "Vidriera" vio así a Joselito: Adame brindó al público la que iba a ser faena de la tarde. Siete estatuarios en tablas y el del desdén para abrir boca. Un runrún de asentimiento. Y a los medios sin demora para ligar despacito en redondo cinco, y el cambiado por alto. Suena el Cielo Andaluz, de Marquina, que tanto les llega a la entraña a los mexicanos. Soberbia la banda… Y rica la faena por todo: por su temple, la ligazón, la suavidad… La facilidad para tener en la mano al toro y medirlo cuando fue perdiendo gasolina. Excelente el trazo de Adame por las dos manos. Y de aire magistral los cinco muletazos cambiados con que, la espada de acero ya en la mano, quiso dejar cuadrado al toro entre rayas. En la suerte contraria, a toro arrancado, Joselito cobró una estocada que hizo guardia. Un final impropio. Un descabello. Se hizo querer el torero de Aguascalientes. Vuelta al ruedo muy jaleada.
Hora crucial
Como comprobará el lector, los cronistas hispanos nos ahorran, con la unanimidad de sus puntos de vista, la monserga de seguir insistiendo en que José el de Aguascalientes está en el umbral de convertirse en la gran figura mexicana de este siglo, justo lo que está necesitando como el agua, la sal y el pan nuestra maltrecha tauromaquia. Preocupa, eso sí, la proverbial ceguera de las empresas taurinas de aquí y, sobre todo, de allá. A estas alturas no sería ya admisible ni sano que quienes manejan la carrera de Adame se planteen otra temporada europea por plazas periféricas, sobre el mismo esquema de años anteriores. Llegó la hora de dar un golpe de autoridad.
Si Joselito Adame está, como en conciencia le consta a todo mundo, a la altura de los jóvenes que han conseguido colarse a los carteles punteros –hablo, como es obvio, de López Simón, Roca Rey y José Garrido–, estimo que los apoderados del nuestro tendrían que buscar a toda costa emparejar a su torero no por ahora con los de arriba –que lo rehuyen por sistema, aunque han tenido que transigir anunciándose, incluso mano a mano, con los aguiluchos de moda--, sino precisamente con esos nuevos astros, con dos de los cuales compartió ya triunfo en Olivenza –el peruano y Garrido: los tres a hombros el pasado 6 de marzo--, y con quienes conviene que compita para que se compruebe de manera fehaciente la paridad de méritos existente entre ellos y el hidrocálido. Una vez colocado en ese grupo, les sería mucho más difícil a las figuras continuar negándose a compartir allá carteles con Joselito. Y a las mañosas empresas mantener su política de colocar al nuestro en fechas y combinaciones segundonas. Trato diametralmente opuesto al que se dispensa aquí a cualquier foráneo.
La bravura como excepción
El pajuno comportamiento de los de Las Ramblas ejemplifica nítidamente lo que está saliendo por toriles en la Maestranza. No obstante, López Simón sugestionó a los sevillanos con su estoica versión del tremedismo, y aún a trueque de desperdiciar, entre tancredos y enganchones, al único toro realmente bueno del jueves 7, sumaría a la oreja de ese cuarto la del sexto de su mano a mano con Castella –que anduvo sonámbulo con un lote infame de El Pilar–, con lo cual tuvo para salir en hombros. Y como Morante, al día siguiente y a pesar de su empeño, no mejoró su contradictoria actuación anterior –eso sí, dejó sobre el albero un quite por cordobinas para el recuerdo, clausurado con dibujada, fantástica media a pies juntos–, y como la corrida de Victoriano del Río tampoco caminó en tarde de localidades agotadas, El Juli tuvo que poner a escote toda su ciencia y suplir con la suya la casta de que carecían los astados. Logró así que su lote pareciera mejor, y hubiera añadido a la oreja de "Espiguito", cuya mediana condición le sirvió para cuajar la faena de la feria hasta ese viernes 8, la del grandote y desangelado quinto, "Impuesto", al que recibió a portagayola aguantando lo indecible sus probaturas, y se las arregló para redondear otra obra magistral, afeada con la espada de descabellar.
Más o menos lo que le había ocurrido a Perera, en su única comparecencia sevillana, con un tercero que hizo concebir grandes esperanzas durante dos tercios –de antología el segundo, con dos pares de Curro Javier que ameritaron música y saludos–, y terminó completamente rajado sin amilanar por ello al extremeño, entregadísimo en una segunda parte de faena desarrollada en la querencia a tablas de "Celoso". Pero le falló la espada y hasta fue avisado, lo mismo que sus alternantes, de los cuales Morante por poco repite la macabra hazaña del toro al corral.
Otro encierro fulastre fue el de Juan Pedro Domecq, el sábado. Al cuarto hubo que devolverlo por invalidez, librándose el tercero por puro capricho del presidente. Enrique Ponce tuvo un toro a la mexicana en el colorado primero, suave como la seda, sin pizca de malicia, y su toreografía encandiló como si estuviese en Insurgentes, si bien en la Maestranza tuvo que asentarse y dar pases más completos, derechazos sobre todo, pues con la zurda anduvo movido y desconfiado. Aun así, oreja. Trato preferencial también para Manzanares, al que el quinto, un torbellino de buena casta, desbordó por completo. No así para Roca Rey, que con el endeble tercero había instrumentado docenas de muletazos a media altura, aunque ceñido y templado, sin conmover a nadie. Y si lo hicieron dar la vuelta a la muerte del sexto –otra piltrafa, con la que volvió a exponer a tope– más que nada se debió a la fea zarandeada final, producto de su inconsecuente temeridad.
Antes, el martes 5, con Torrestrellas bastante mejores –quinto y sexto, de buen son y un abreplaza realmente bravo, y por tanto nada fácil– pasearon una oreja por coleta Javier Jiménez y Pepe Moral, cuyo excelente corte torero tanto agradó el año pasado en Zacatecas.