Tauromaquia: Madrid, su público y su historia
Lunes, 16 Jun 2014
Puebla, Pue.
Horacio Reiba | Opinión
La columna de este lunes en La Jornada de Oriente
Madrid es la plaza más exigente, y su público el más difícil de convencer. La catedral del toreo, se suele llamar con reverencia al coso de Las Ventas. Lo cual llevaría a pensar que allí se asienta la afición más conocedora, imparcial y sabia del universo taurino. Desde siempre y para siempre. Amén.
También se habla mucho del toro de Madrid. Aunque sin aclarar de dónde salió tan mítico ejemplar. ¿De los tiempos heroicos del toreo, cuando Lagartijo y El Guerra se las veían con miuras, urcolas y pablorromeros descomunales? ¿De la legendaria edad de oro, la de Juan Belmonte, Joselito El Gallo y Rodolfo Gaona?
Que la historia sirva de algo
Tengo delante una foto de El Cordobés, citando de espaldas a un verdadero chivo, de Alipio Pérez T. Sanchón, en la corrida de la Prensa celebrada en Madrid el 30 de junio de 1964. Le cortó las orejas, y evidentemente, ni los madrileños más entendidos ni los tendidos del 8 o del 7 rechistaron ¿Y saben ustedes cuánto pesó, 20 años atrás, el toro de Muriel con el que Carlos Arruza confirmó triunfalmente su alternativa? 415 kilos. Más o menos como el famoso "Ratón", de Pinto Barreiro, al que días antes le cuajara Manolete una de sus más célebres faenas.
Viajemos ahora a la feria de San Isidro de 1966. Un elenco ciertamente estelar –El Viti, Paco Camino, Diego Puerta, Antonio Bienvenida, Antoñete, El Cordobés, Curro Romero...– sumó, en 16 festejos, el corte de 34 apéndices. Varios de ellos previo menudeo de pinchazos y descabellos. Y sería muy ilustrativo poder discernir si en ese tiempo llenaba Las Ventas una multitud de indocumentados trufada de turistas, o era, simplemente, otro momento del toreo y de la plaza de Madrid. Para mayor contrariedad, es demostrable que, en ese entonces, en la plaza México privaban criterios más afinados y exigentes que en Las Ventas o en la Maestranza. Numerosas evidencias fílmicas y testimoniales lo avalan. Y que nadie se asombre. La vida es evolución que no cesa, para bien y para mal.
Mitos y realidades
Estas reflexiones vienen a cuento porque la recién concluida isidrada –la más exitosa de los últimos años– quedó marcada a fuego por la escena de Uceda Leal, Antonio Ferrera y Alberto Aguilar abandonando juntos el ruedo bajo una enorme protesta, reprobatoria de lo que la afición venteña consideró impresentable actuación de los tres ante un bravísimo encierro de Victorino Martín (06-06-14). Todo en orden, salvo que la terna había estado por encima de aquellos seis demonios cárdenos, detalle confirmado con rara unanimidad por la crítica, que no acababa de explicarse el fenómeno, como no fuese inscribiéndolo en el historial de fobias y filias, humores y veleidades, que conforman otra de las características del público de Madrid. Ya no tan sabio, por lo visto.
Movimiento es vida
Es famosa la sentencia del filósofo Ortega y Gasset, recomendando repasar la historia de las corridas de toros para obtener un panorama suficientemente claro de la evolución histórica de España. Buena manera de dar a entender que no era lo mismo vivir bajo la regencia que en la república, o que el sometimiento autoritariamente impuesto por el franquismo tuvo obligado reflejo en las actitudes del público taurino, de la misma manera que el posterior período democrático contribuyó a soltar amarras mentales y reforzar la tendencia al pensamiento libre y el análisis crítico, o que de las actuales pugnas entre monárquicos y republicanos, nacionalistas e integristas, son esperables reacciones descontroladas y anómalas de todo tipo y en cualquier ámbito. Incluido el de la tauromaquia, por supuesto.
Corolario
Por lo demás, cada ciudad o pueblo posee un carácter social propio del que es difícil se sustraigan sus habitantes, independientemente de épocas y circunstancias. No es algo inamovible, está sujeto a evolución e influencias externas, pero sin duda marca el modo de ser y actuar de las colectividades. Lo cual incluye Madrid, con sus tics y sus devaneos.
En la historia de la Fiesta en la capital de España, el toro ha regido, como es natural, la pauta evolutiva. Antes de la guerra civil (1936-1939) predominaban en los astados el poder y la fiereza, aunque tampoco escasearan los sosos y mansurrones; después, el exterminio de reses habido durante la sangrienta lucha daría paso a una exagerada permisividad y al triunfalismo consiguiente, solamente atajados, al cabo de tres décadas, por la saludable influencia de varios cronistas independientes, lanzados al rescate de la autenticidad de la fiesta que el furor cordobesista amenazaba con arrasar por completo. Acabarían impulsando disposiciones legales como marcar el año de nacimiento sobre la piel de cada bovino, y la regla de los dos puyazos como mínimo en plazas de primera.
Paradójicamente –y en reacción contra tanta autocomplacencia previa– una de las consecuencias más disparatadas de ese viraje sería el actual toro de Madrid, donde importa más el peso que el trapío. Y, de paso, ese otro rasgo tan madrileño de rechazar cualquier intento de faena con reses que no repitan con prontitud, como si no fuese posible aplicar una técnica y una estética adecuadas a toros relativamente menguados de poder y casta –mal de la época– , aunque no por ello con menos "que torear" ni menos respeto en la cara.
Con lo cual se entiende que no estoy hablando del post toro de lidia mexicano y su sangre de horchata, mínimo empuje y sosería infinita. Características responsables del deplorable estado de la Fiesta en nuestro país. Y achacables por igual a la mayoría de las "figuras", apoderados, ganaderos, empresarios y "publicronistas", que entre todos han terminado por convertir a nuestra Plaza México –alguna vez señera–, en uno de los cosos taurinamente más incultos, consentidores e incompetentes del orbe.
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