Banners
Banners
Banners

Tauromaquia: "Cobradiezmos", primicias

Lunes, 18 Abr 2016    Puebla, Pue.    Horacio Reiba | Opinión   
La columna en La Jornada de Oriente
Se llamaba "Cobradiezmos". Se llamaba y se llama todavía, hermoso prodigio de la genética ganaderamente inducida, dentro de ese otro milagro de la naturaleza que es la especie toro de lidia. Nacido en diciembre de 2011 en la finca "Las tiesas de Santa María", en Cáceres, y marcado con el número 37, el cárdeno nevado de Victorino Martín asomó por la puerta de toriles de la Maestranza en cuarto lugar el pasado miércoles 13. Muy reunido, engatillado de pitones y como construido para embestir, pocas veces se habrá visto a un toro arrastrar el belfo por la arena con mayor humillación y largueza, y perseguir los engaños con ritmo mejor marcado y sin un solo derrote de por medio. 

Si algo tuvo en contra fue cierta tardanza para producir la primera embestida, a veces escarbando antes de darla. Tampoco estaba sobrado de poder –tomó, con prontitud y notable fijeza, dos varas de poco castigo, pero todo lo compensó la clase que derrochaba al perseguir los engaños, su delicioso son y la crucial cualidad de ir a más conforme transcurría la faena. El mayor elogio que puede hacerse de Manuel Escribano, que cubrió los dos primeros tercios sin especial lucimiento, es que condujo sin desmayos aquel aluvión de entrega y temple bovinos, toreando cuanto hiciera falta para que las virtudes de "Cobradiezmos" salieran a flote. Todo lo hizo por abajo y con corrección, aunque no fuera hasta que se puso la muleta en la zurda que su faena alcanzó la hondura deseada. Tras el indulto, solicitado por toda la plaza en pie, paseó dos orejas simbólicas haciéndose acompañar por el mayoral y el ganadero Victorino Martín García.

Morante, arte mayor, apabullante Roca Rey

Como si el indulto y la apoteosis de "Cobradiezmos" hubiesen abierto una puerta secreta –por donde asimismo emergió triunfador un muy templado y valeroso Paco Ureña con las orejas del 3o., otro buen victorino--, llegaría, el viernes 15, la tarde cumbre de la feria sevillana. Núñez del Cuvillo envió la corrida más pareja y propicia de la serie, y si Morante, en su última oportunidad, bordó memorablemente al muy suave "Dudosito" –llega a matarlo bien y le hubieran pedido el rabo, el temple envuelto en poderío y el sereno valor de Andrés Roca Rey produjeron asombro y le habrían abierto la Puerta del Príncipe si no pincha al mansurrón 6o., al que exprimió increíblemente luego de desorejar al noble tercero, "Encendido" de nombre y también de pelo, como los cuatro colorados de Cuvillo lidiados en hilera antes de que irrumpiera el primer negro, un mulato pendenciero y probón con el que El Juli estaba exponiendo a tope cuando "Comilón", frenándose y derrotando al final de un derechazo, lo desequilibró por la axila y, volviéndose, le pegó una cornada limpia en el glúteo derecho. Mala suerte, que no oculta la lección de dignidad torera del madrileño, poco apreciada hasta que se produjo la cogida y Julián volvió a la cara del remiso para, con la sarga en su poderosa zurda, obligarlo a circular por donde no quería.

Lo de Morante es punto y aparte

Y, como todo lo que rebasa la norma para adentrarse en el misterio del arte, sería utópico intentar describirlo. Lo consignable es que, por diez minutos mágicos –lo que duró su sonata muleteril– el viento dejó de soplar y la banda irrumpió solemne en cuanto José Antonio inició su inspirada faena, citando con la muleta plegada para un cambiado de pecho. Dominio del tiempo, cadencia lentísima y temple impecable, pero asimismo gracia alada e inesperados golpes de originalidad –como el molinete belmontiano con que resolvió un desarme, tras recoger la muleta de debajo del belfo mismo de "Dudosito", o el afarolado con que inició una tanda de naturales nos transportaron a todos –presentes y televidentes– a ese limbo glorioso en el que transcurren los momentos antológicos de la fiesta. Una sinfonía inolvidable con un toro nobilísimo aunque tardo y escaso de fuerza. Lo hechizó y convirtió en ciego colaborador a fuerza de arte, despaciosidad, temple, sentimiento. Lo inasible, lo inexplicable que tiene el toreo en sus instantes de gloria. El regreso a la Tierra fue una estocada desprendida y la lenta agonía del jugoso melocotón de Cuvillo. 

Puro éxtasis

Como lo fue también la actuación toda del limeño Roca Rey. No perdonó quite –en el primero de El Juli, sus ajustadísimas caleserinas en los medios encendieron la casta de Julián, que replicó por rabiosas chicuelinas a compás abierto– y tras sortear el ventarrón que, sin conseguirlo, quiso interrumpir su primera faena mientras obligaba con muleta mandona y lenta, la mano siempre baja, al algo remiso "Encendido", antes de ceñir bernadinas y dejar una estocada caída, que redujo premios a una oreja, bien pudo cobrar las dos del sexto, cuya probonería y falta de clase fueron olímpicamente ignoradas por un torero absolutamente fiado al mando de su muleta y la impavidez de su elástica figura hasta reducirlo a una obediencia ovejuna, luego de un inicio a cara o cruz en los medios, con el animal terciándose y midiendo al torero, que se lo pasó varias veces por la espalda y por el costado en un alarde de quietud y mando impresionantes. Tanto dominó y exprimió a "Nenito" que el zaino, acobardado y vencido, en nada colaboró para la suerte suprema, dos pinchazos y un descabello, preludio de prolongada, unánime ovación. La respuesta de la revolución que ya está aquí al arte intemporal de Morante. Y a la casta y torería de El Juli, herido pero no vencido en esta fecha perdurable.

En el Baratillo, un público de contentillo

Hasta que los victorinos rompieron el hielo, la feria se había deslizado por la pendiente del tedio y la más descastada sosería. Y todo mediado por un público voluble y adicto a, por ejemplo, un Manzanares en horas bajas, que acelerado, ventajista, incapaz de redondear nada, desperdició varios toros de triunfo sin alterar por ello el fervor que se le tiene en Sevilla, ilustrado por el invariable acompañamiento musical de sus discontinuas faenas y las orejas de dos excelentes cuvillos el jueves 14. Una aberración esto de que sea el director de la banda quien decida a qué torero acompañar y en qué momento. Hay ahí un vacío reglamentario que, por pura dignidad y respeto a la Maestranza, debiera subsanarse.
Entre otras cosas por el agravio comparativo que establece con actuaciones de genuina valía que el público, sin música, contempla con soberana indiferencia. Lo que tampoco habla bien del cónclave sevillano, más bien pone supone un mentís a las muy ponderadas sensibilidad y sabiduría que se le atribuyen. Esa caprichosa adhesión la disfrutó también el torpón y tancredístico López Simón, en tanto sufrían la frialdad opuesta Talavante, Perera, El Juli y un entregadísimo José Garrido mientras arriesgaba a tope ante el genio del tercer cuvillo del jueves, que lo estuvo midiendo durante una faena de alto mérito –no podía ser plácida ni formalmente bella, y lo cazó al fin en la suerte suprema, un palizón por fortuna sin herida.

De los que, como Garrido o Joselito Adame, se tuvieron que conformar con un solitario paseíllo, el único que cobró apéndices fue el murciano Paco Ureña, dos orejas algo exageradas para un triunfo toreramente logrado, con noble y encastado victorino. A Garrido por poco le tocan el tercer aviso luego de su cogida, David Mora dio una vuelta benévola, Urdiales chocó con la bronquedad de su lote de Jandilla –el peor encierro de 15- Luque se la jugó sin que le hicieran el menor caso y, en cambio, con los mediáticos del sábado todo fueron risueñas consideraciones, coronadas con la única Puerta del Príncipe de la feria, que se abrió para el siempre valeroso y carismático Juan José Padilla.

Total, empresa antojadiza, banda caprichosa y público de contentillo. Pero también toreo de cante grande y sensaciones inefables. Sevilla seguirá siendo Sevilla.

Incultura taurina

Otro agujero negro venía en ciertas crónicas y reseñas, más de las que cabría esperar de expertos en el tema, con el repertorio capotero de Roca Rey como piedra de toque. El peruano llevó a uno de sus toros al caballo toreando por tapatías sin que nadie identificara estos lances por su nombre, gentilicio aplicado a los paisanos de Pepe Ortiz, su lejano creador. 

La cordobina que con frecuencia emplea el peruano, combinada a veces con tafalleras –también Morante quitó así--, rara vez es reseñada con su nombre original. Hubo quien la confundió con la tijerilla. Y cuando Andrés trazó nítidamente en los medios dos caleserinas apretadísimas, aguantando impávido la fuerte embestida del toro de El Juli, alguien habló de saltilleras, y otro colega se refirió a una mezcla de gaonera con caleserina, como si no fuera ésta, desde que el genio creador de Alfonso Ramírez le dio vida, un lance en dos fases, una para echarse en capote a la espalda al estilo garcista, la otra para volverlo al frente mediante airoso giro afarolado.

Ya con la muleta, el joven limeño cerró su último trasteo ligando a pases de costado varias chicharrinas –como las del Chicharrín Carbajal durante su estelar trasteo a "Palomito" de Tequisquiapan (Toreo, 20-12-53). Previamente, ornamentó sus faenas con versiones muy personales de la arrucina, la capetillina e incluso la fedayina, dada a conocer por Jesús Solórzano hijo durante su inmortal faena a "Fedayín" de Torrecilla (13-01-74).



Noticias Relacionadas







Comparte la noticia