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Desde el barrio: Pan, con chocolate, y toros

Martes, 26 Abr 2016    Madrid, España    Paco Aguado | Opinión   
La columna de este martes
Somos varias generaciones de españoles, y de mexicanos, las que nos hemos criado viendo toros en directo por televisión. En abierto, claro. Y no por eso, como asegura tanto trastornado animalista, nos hemos convertido en sicópatas ni en asesinos en serie, sino que seguimos siendo ciudadanos responsables… y agredidos. 

Es más, a este lado del Atlántico, muchos de los que veíamos las numerosas corridas de toros que emitía Televisión Española hemos sido precisamente los que hemos contribuido a consolidar pacíficamente esta democracia que ahora ponen en duda quienes han nacido sin conocer otro estado de cosas que el de la libertad.

Decía el gran director de cine Pablo Berger, el mismo que se atrevió, tal y como están las cosas, a versionar el cuento de Blancanieves por el lado taurino, que él no podía considerarse aficionado a los toros pero sí que se tomaba la tauromaquia con naturalidad, sin ningún rechazo intelectual, por aquello de que desde niño había visto toros por la televisión, justo a esa hora de la tarde cuando la vuelta del colegio tenía la recompensa materna de un trozo de pan y una onza de chocolate como merienda.

Pero desde que son otros los que piensan por los demás, desde que la moral la imponen supuestos progresistas que ocultan su totalitarismo tras coletas y gafas de pasta, desde que los propios padres no son dueños de la educación de sus hijos, ningún niño merienda con toros en la pantalla, sino con agresivos ninjas y engendros del manga o estúpidos dibujos animados de animalitos.

Aquella imagen hogareña de un niño viendo toros en la televisión, sentado cómodamente junto al abuelo, o escuchando de fondo la voz de Matías Prats, de Gordillo o de Fernández Román mientras hacía los deberes, se ha quedado sólo para los guiones del "Cuéntame".

Porque esa de los toros en televisión era otra España, un país azotado por otras crisis pero más abierto e ilusionado, y más culto por menos digitalizado, en el que había fachas y rojos pero no fascistas morales como estos jóvenes cachorros del "buenismo" revanchista que han emprendido la cruzada contra el toreo, una persecución sólo al nivel de los nazis contra los judíos.

Sólo así se entiende que, como la propia matadora confesó hace unos días en los I Encuentros Malagueños de Cultura Taurina, un compañero de clase, apenas entrado en la edad adolescente, llamara asesino repetidamente al hijo de Cristina Sánchez en las propias aulas del colegio.

Qué no habrá escuchado ese chavalito en casa, y en los medios de comunicación, y en las redes sociales, para insultar así, tan gravemente, a un compañero por el sólo hecho de que su madre, que debía ser un ejemplo de la tan pregonada y buscada igualdad de sexos, se haya dedicado durante años a jugarse la vida ante las astas de los toros.

Pero así están las cosas. El agresivo y peligroso mensaje antitaurino va calando entre los más jóvenes desde la más tierna infancia, desde las mismas aulas escolares, donde ya hasta algunos de estos falsos progres metidos a maestros, sin respetar la libertad de elección ni la legalidad vigente, y además sin venir a cuento, se dedican a lanzar diatribas antitaurinas para calar las tiernas mentes de los niños.

Y que conste que estas no son situaciones aisladas, sino que, sin que aún se hayan empezado a hacer las pertinentes y obligadas denuncias que merecen, casos así están generalizándose más de lo deseable en esta España desnortada, marcando ya el intolerable nivel al que están llegando estas campañas de difamación contra la tauromaquia.

Así que, más allá de atender a otros de los muchos frentes que tiene abiertos el toreo, habría que ir pensando en contraatacar precisamente por esa vía, la de la infancia, que es por donde más amenazado está el futuro de la cultura taurina por una mera cuestión generacional, en tanto que esos niños manipulados por el sermón animalista que pagan las multinacionales serán futuros votantes contra ella. 

Estos nuevos nazis saben perfectamente lo que buscan con ello, y por eso mismo es muy importante que evitemos, a cualquier precio, que se impongan las prohibiciones de acceso de menores a las plazas, del mismo modo que todas las instituciones taurinas deberían emprender una serie de actos enfocados a contrarrestar en lo posible tanta mala educación como se imparte a los más jóvenes.

No se trata tanto de poner dinero -no se asusten, empresarios- sino de aportar ideas y de hacer activismo con inteligencia. Por ejemplo, como ha pasado en ese colegio de Zaragoza que ha metido carretones en las clases de educación física, para facilitar que los chavales puedan elegir por sí mismo entre tantas opciones culturales y morales.

Se trata de organizar excursiones escolares a las ganaderías de bravo, de explicar la fiesta de los toros con sencillez a los chavales y de volver a las emisiones de corridas en abierto y demostrar que no tienen por qué estar fuera de la franja del horario infantil. Se trata también de dedicarse a los niños desde las escuelas taurinas y desde las asociaciones de aficionados prácticos, que bien pueden incluir un programa de actividades extraescolares para, sin pretensión de que se hagan toreros, o sí, enseñar el toreo a los críos mientras juegan al toro, esa clásica escena infantil que, como tantas otras, ha desaparecido de unas calles tomadas por bicicletas y perritos meones.

Hay que exigir, pues, que los padres puedan ejercer el sagrado derecho de educar a sus hijos como estimen más conveniente, y dejar que los niños se acerquen a la tauromaquia como lo que es: una incomparable escuela de vida, una intensa e inigualable lección de todos esos valores que el capitalismo global y la manipulación de mentes de la era digital quiere que desaparezcan en busca de mayores beneficios.


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