Tauromaquia: Novillos, novilleros, novilladas (I)
Lunes, 27 Jul 2015
Puebla, Pue.
Horacio Reiba | Opinión
La columna de este lunes en La Jornada de Oriente
En la desierta Plaza México, está en marcha desde hace algunos domingos la temporada de novilladas, tradicionalmente conocida como Temporada Chica por tratarse de festejos menores, no por el número de los mismos, que excedía holgadamente el de "La Grande". Ya no, desde que la actual empresa capitalina está al mando, y de eso vamos para 23 años.
Ahora se trata de una Temporada Chica en todo sentido, diminuta casi, dado el apresuramiento y desinterés con que los administradores del gran embudo acostumbran echar fuera en pocos domingos el compromiso reglamentario. Al proceder así, perpetran un harakiri en toda forma, acorde con la disolución de lo taurino manejada desde arriba por todos los medios. Incluidos, desde luego, los de comunicación.
Pero, como decíamos, no siempre fue así. Tiempos hubo en que la constante renovación de nuestra baraja taurina descansaba, de manera natural, en nuevos brotes surgidos en los festejos novilleriles de provincia –las temporadas de verano en Guadalajara y Monterrey eran casi tan importantes como las capitalinas, y con otros cosos foráneos, surtían de nuevos talentos a la México y El Toreo–.
Puede afirmarse que la Época de Oro y los buenos tiempos subsecuentes incluyeron siempre emotivas tardes novilleriles que, atendidas a tope por los medios –radio y televisión incluidos–, se desarrollaban bajo llenos constantes. Y gracias a lo barato de las entradas, iban incorporando al tendido sangre fresca y entusiasta al mismo ritmo en que crecía el elenco de nombres sonoros en los carteles. Evidentemente, las empresas daban novilladas pensando en el futuro, no para la ganancia inmediata. Y con el cultivo del vivero, la Fiesta aseguraba su porvenir.
Torvo viraje
De pronto, hace no tanto, resulta que ya no costea dar novilladas. Nada nuevo, pues negocio nunca fueron… hasta que surgía uno o varios novilleros de excepción. Pero con la nueva manera de ver las cosas, el semillero se fue cegando, y aquellos veedores que recorrían pueblos y ganaderías en busca de nuevos valores, cayeron en desuso por pura inanición. Fue entonces que, en México, los aspirantes a la gloria taurina empezaron a poner los ojos en España, como aviso de que la profesión había pasado, de hervidero de sueños y pasiones populares, a asunto de gente pudiente, en los tendidos y en la arena.
Lo que viene enseguida es un recordatorio de ese largo tiempo en que la Temporada Chica alcanzaba cotas de emoción e interés comparables a La Grande. Y en que todo México, en la capital y en la provincia, podía ser sacudido por jóvenes novilleros con sello propio y hambre de triunfo.
Carmelo y Esteban
Estamos en 1929. El 5 de mayo ha alborotado a la afición un muchacho alto y moreno oriundo de Texcoco, que del famoso grito de "¡asustas, pero de feo!", pasó de súbito a sensación taurina y fenómeno con nombre propio. Su rival más notorio era un novillero mucho más hecho a la ortodoxia de la lidia, Esteban García, pero también animaban los carteles Chucho Solórzano, Carnicerito, Alberto Balderas, El Negro Muñoz. Carmelo se impuso a Esteban, con discrepancias, en la puja por un caro diamante, puesto en juego en manos a mano que agotaban el papel. Solórzano ganó la Oreja de Plata. Y mientras Esteban moría en Morelia de una cornada (02-11-29), a Carmelo Pérez lo marcó para siempre la infligida por "Michín" –a la larga lo llevaría a la tumba– en su segunda tarde como matador de alternativa (17-11-29). Lamentable, porque el hermano de Silverio fue un adelantado a su tiempo, un auténtico fenómeno.
En la década del 30, tan fructífera en todo sentido, animarían sucesivas temporadas novilleriles jóvenes que de desconocidos pasaban a celebridades en un santiamén, como Fermín Rivera, Silverio, El Calesero, Carlos Arruza, Andrés Blando o El Talismán Poblano, Felipe González. Y entre matadores sin contratos, cundió incluso la costumbre de renunciar a la alternativa, con tal de que el verano no se les escapara sin torear. Recuperaron así la borla Paco Gorráez, Ricardo Torres y David Liceaga.
Los luises, Briones y Procuna
La de 1943 fue otra temporada para el recuerdo. Desde el año anterior habían despuntado, al lado de Antonio Velázquez –al que apadrinaron en su alternativa Armillita y Silverio la tarde de "Tanguito” y “Clarinero"– un regiomontano de finas maneras y cabeza clara –el Chino Luis Briones –y un arrebatado producto del capitalino barrio de San Juan de Letrán, Luis Procuna. Briones encantaba a los aficionados con paladar, pero Procuna, pese a sus irritantes desigualdades, arrasó con la fuerza de su personalidad. Otros novilleros con carisma animaban la temporada: Félix Guzmán –al que mató el novillo "Reventón", de Heriberto Rodríguez, en el propio Toreo (30-05-43)–, y los ya veteranos Juan Estrada y Gregorio García, doctorados en los primeros festejos de ese invierno.
Los dos luises de inmediato se pusieron al tú por tú con los grandes, sin provocar por ello vetos ni jugarretas por parte de los Armilla, Silverio, Solórzano o Arruza. Ambos venían de cuajar varias faenas inolvidables en la Temporada Chica –Briones con "Valenciano" y "Fifí"; Procuna con el indultado "Arriero" de Piedras Negras y con "Barbián", de la misma divisa rojinegra–, pero ElChino, con menos suerte y las secuelas de alguna muy grave cornada, se fue quedando en la estacada, mientras su pareja novilleril se encumbraba como figura.
En los últimos años de El Toreo, brilló con luz propia Eduardo Liceaga, que iba para figura cuando un utrero de Concha y Sierra cegó su vida en la placita de San Roque, cerca de Algeciras (18-08-46).
La temporada de los Mosqueteros
Fue en 1948, ya en la Plaza México, conmovida aún por la cornada mortal de "Ovaciones" a Joselillo el año anterior (28-09-47), y por esa temporada chica previa en que "Joselillo llenó la plaza de gente y Fernando López de arte", como señaló Pepe Alameda en el titular de una crónica. Desvanecidos ambos, Alfonso Gaona se encontró de manos a boca con un terceto de escándalo: Manuel Capetillo, Jesús Córdoba y Rafael Rodríguez, citados por el orden de sus respectivas presentaciones en el embudo. De ellos, fue el estoico Volcán de Aguascalientes quien mayores triunfos alcanzó –hasta cinco rabos en sólo seis novilladas–, mientras el capote de Capetillo tejía filigranas y de Córdoba –nacido en Kansas de una familia leonesa– llamaban la atención la precoz maestría y su finura de estilo. Los tres serían matadores de toros en el inmediato invierno, y los tres pagaron pronto la cuota de sangre que reclamaba el toro ligero y encastado de entonces.
Como en Dumas, hubo un cuarto mosquetero, Paquito Ortiz, pequeño y temerario, responsable también de los constantes llenos y apoteosis de aquel año en La México. Pero los que llegaron alto fueron los otros tres.
Novilleros descollantes en las temporadas chicas de los primeros años 50 fueron Juan Silveti, El Ranchero Aguilar, Alfredo Leal, Miguel Ángel García, El Callao, Humberto Moro y Jaime Bolaños.
Joselito Huerta y el Loco Ramírez
Polos opuestos, José, el de Tetela, llegó y se impuso con un toreo parado y sobrio, templado y dominador, mientras Amado Ramírez "El Loco", entreveraba genialidades e incongruencias. Naturalmente, se hizo del público mayoritario, pese a su deficientísimo estoque. En aquel 1955, en La México, ambos rivalizaron sin ceder terreno, y tras cortar un rabo entre lluvias de avisos, El Loco se animó con una fallida encerrona, aunque no tanto como los tres toros que dejó vivos la tarde de su confirmación de alternativa, fracaso que lo condenaría al ostracismo definitivo, mientras Huerta viajaba a España y se hacía, aquí y allá, figura grande del toreo.
La segunda mitad de los cincuentas, inactiva La México, que durante dos años no vio un pitón, se vivió lo que podríamos tipificar como la primera crisis seria de nombres emergentes. Aún así, dieron que hablar Roberto Ocampo, Luciano Contreras, Chano Ramos y El Callao, que recuperó la alternativa.
Raúl García y Gabriel España
El Toreo de Cuatro Caminos se distinguió siempre como plaza inconstante, rasgo claramente agudizado en el caso de las novilladas. Pero no faltaron en su arena temporadas chicas de cierto realce, la mejor de las cuales llegó con el verano de 1958. La México permanecía cerrada en tanto se dilucidaba un conflicto de tantos, y la afición se trasladó en masa al coso cuatrocaminero.
Responsables del alboroto un joven de Monterrey, de probado valor y que lo hacía todo bien, sobrino del esteta Gregorio García y Raúl de nombre, y Gabriel España, un rico heredero procedente de la Córdoba veracruzana que, venciendo la oposición familiar, se lanzó a la aventura de ser torero, dotado de llamativa prestancia y de un estilo elegante y mucha clase. Entre ellos y otros muchachos con ganas de ser toreros –como Jesús Morales, el actual juez de plaza de La México y el potosino Rubén Bandín– animaron extraordinariamente el cotarro. De todos ellos, el que más apéndices cortó, rabos incluidos, fue Raúl García, y Gabriel España el que mayores esperanzas llegó a suscitar. A la larga, resultó a la inversa, como tantas veces ocurre.
Cuando en 1960 se reabrió la Monumental, iban a sonar fuerte los nombres de Jaime Rangel, Felipe Rosas, El Imposible, Antonio Sánchez, Fernando de la Peña, Víctor Huerta y El Silverio.
Continuamos el lunes
Un recuento que da para más, éste de temporadas chicas que han dejado huella duradera en plazas de la capital. Seguiremos comprobándolo la próxima semana.
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