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Tauromaquia: ¿Quién fue Pepe Chafik?

Lunes, 21 Abr 2014    Puebla, Pue.    Horacio Reiba | Opinión   
La columna de hoy en La Jornada de Oriente
Nativo de Líbano y bautizado Chafik Hamdan Amad, en México se hizo llamar José sin ningún temor a la redundancia –en árabe, Chafik equivale a José–, y amó ambas tierras, separadas por medio mundo, con idéntica intensidad. En el país elegido por sus padres y por tantos paisanos emigrantes de Oriente medio, adquiriría un gusto desbordando por la tauromaquia, que era, en sus años de adolescente, la pasión nacional más popular y arraigada.

Hombre de convicciones y de acción, en algún momento de su inquieta juventud Pepe Chafik decidió cambiar las actividades comerciales que le daban un buen vivir por la aventura insólita de hacerse torero. Ferias de pueblo del centro y sur de México –los famosos novenarios– no tardaron en ver anunciado a El Árabe en coloridos carteles. Pero Chafik se acercaba más al toro en el campo que en la plaza, y definitivamente atraído por su crianza, terminó por adquirir la ganadería de Juan Aguirre, que en sus tiempos de picador había afamado el remoquete de "Conejo Chico". No fue una compra hecha a ciegas: El Conejo era depositario de una de los escasos pies de simiente que don Antonio Llaguno, el fundador de San Mateo, había aceptado transferir.

Sin ruido, en el interior del estado de Querétaro, se estaba iniciado, en mitad de la década del 60, una de las aventuras más singulares del campo bravo mexicano. Pepe Chafik se había conseguido un socio no menos peculiar, Marcelino Miaja, refugiado español y sobrino de un general republicano, José Miaja Menant. En lo sucesivo, funcionarían como una mancuerna perfectamente avenida, con Chafik a cargo del manejo de la ganadería, rebautizada ya San Martín, y Miaja a la sombra. Ambos, con la convicción de conseguir que, bajo su atenta tutela, el viejo hierro del Conejo Aguirre finalmente trascendiera.

Cruce de destinos

Hacia 1971, Manolo Martínez, máxima figura del toreo mexicano, atravesaba una difícil encrucijada. Fallecido el exmatador Pepe Luis Méndez, su descubridor y mentor original, había afrontado su primera campaña española de la mano de Álvaro Garza, conocido médico regiomontano sin experiencia en asuntos taurinos. No funcionó la mancuerna y la presentida ruptura sobrevino en mitad de la segunda excursión por la península, una pesadilla que Manolo interrumpió abruptamente, cancelando compromisos y poniendo fin a un apoderamiento que, a su juicio, lo había dejado inerme ante el experimentado y cainita medio taurino ibero. La sombra del fracaso planeó incluso sobre su inmediata campaña en La México, salvada in extremis gracias a “Aceituno”, de Tequisquiapan, obsequiado por Martínez como último recurso (17-01-71). Aun así, su crisis, sin un apoderado fiable a la vista, permanecía latente. Y en esto apareció Pepe Chafik.

De palabra insistente y convicente –atavismo ligado a sus raíces fenicias–, el joven ganadero queretano logró convertirse en el hombre de confianza de Manolo. No debió ser fácil, conocido el carácter obstinado e impositivo del regiomontano. Pero Chafik era una persona inteligente, cuyo comedido tacto sirvió para contrapesar el trato famosamente áspero del torero. En lo sucesivo, serían como uña y carne, y ni las peores tormentas ni el ánimo rijoso del regiomontano conseguirían romper una relación profesional que pronto derivó en amistad para toda la vida.
Amalgama demasiado perfecta. Martínez era ya, desde el lustro anterior, el mandón indiscutible de la torería mexicana, pero una sed insaciable de absolutizar ese dominio sobre empresarios, ganaderos y prensa –al público, incluidos detractores, lo tenía en un puño– lo llevó a transmitirle a Chafik la orden de perfeccionar el tipo de toro más acorde con las peculiaridades estilísticas del diestro, cuyo poder de seducción descansaba en un arte de sosegado temple, deslizada y rítmica suavidad y muy pocos pasos entre los ligados pases en redondo por uno y otro pitón.

Evidentemente, el encaste Saltillo-Llaguno era el indicado, pero había que darle una vuelta más a la tuerca de la nobleza. Con San Martín como laboratorio y el apoderado-ganadero como alquimista, esa boyantía quintaesenciada en la que pronto se montarían los ganaderos mexicanos más conspicuos del país no tardó en hacerse realidad. Pero fue tanto el afán por domesticar al máximo la bravura que se les pasó la mano en el empeño. Sobre reducir al mínimo la natural aspereza del ganado de lidia había que achicarlo, volverlo tan amable de presencia como de comportamiento. Y garantizar así el triunfo constante y compartido, con Martínez fiado en la profunda belleza de su quehacer como elemento diferenciador frente a sus alternantes, que podían, sin hacerle mucha sombra, repartirse orejas y contratos a tutiplén.

El resultado sería ese ejemplar justo de peso, bajo de manos y de agujas, acapachado de cuerna y bien descolgado que en el sarcástico léxico de los taurinos popularizó como torito achafikado.
La cumbre. Fue no obstante una edad feliz: los públicos sólo tenían ojos para extasiarse con las hazañas de los toreros –Manolo, Eloy, Curro, Mariano y cuantos tuviesen ocasión de hacerles segunda– y se lidiaban sin problemas auténticas novilladas, que solían terminar con todo mundo en hombros, incluido muchas veces el ganadero, saboreando quizás el indulto de alguno de sus ejemplares. En ese sentido es posible que el récord lo tenga Pepe Chafik, con dos toros perdonados en una misma corrida de la feria de León de 1983, uno de ellos el célebre “Juanito”, de larga y legendaria descendencia.

En la propia cazuela de Insurgentes, San Martín tiene la marca de más apéndices cortados a una corrida con indulto incluido. En realidad fueron dos: a la primera (25-01-81) la desorejaron Manolo Martínez (las orejas del abreplaza “Buen Amigo”), Antonio Lomelín (oreja de “Esperado” y dos de “Tito”) y Jorge Gutiérrez (que le cortó un par a “Fabio” y paseó un rabo tras el indulto de “Poco a Poco”, cuyo nombre aludía, precisamente, al lento y laborioso trabajo del ganadero antes de alcanzar la cumbre); al año siguiente, la hazaña numérica tuvo una segunda edición, de nuevo con Manolo encabezando el cartel (dos orejas de “Piropo” y una de “Copetón”) y ahora Lomelín como indultador del quinto, “Notario”, (rabo simbólico), una vez cobrada la oreja de “Pensador”; el tercer espada, Miguel Espinosa, cobró las dos de “Pizpireto” y una de “Motivoso”. En ambos casos, el balance fue de nueve orejas y un rabo (simbólico) por tarde. Cifras inalcanzables desde entonces.

San Martín había debutado en la México el 9 de enero de 1971, y José Luís Galloso, que confirmaba, desorejó al primero, “Capuchino”, en tanto Manolo le cortaba dos al cuarto, “Mulato”, con Mariano Ramos de tercer espada. Y de San Martín fueron tres de los astados de la falsa despedida de Manolo (30-05-82), incluido el sexto, “Toda una Vida”, del que se le concedió el rabo.

Para abrir la temporada grande de 1989-90, Pepe anunció, como réplica a quienes lo habían aludido irónicamente a propósito de sus “toritos achafikados”, una segunda versión de éstos, de cornamenta veleta y gran volumen. No estuvo su poderdante en el cartel pero sí el maestro Ramos, que le cortó las orejas a “Victorino” y bordó –sin estoque– a “Pintador”, mientras el toricantano Enrique Garza sumaba tres apéndices, evidentemente benévolos, pues el sereno análisis denunció superior calidad en su lote –“Pelotero II” y “Soñador”– que en el vibrante quehacer del nuevo matador (19-11-89). El primer “Pelotero” había sido un novillo de San Martín al que se perdonó la vida tras extraordinaria faena de José Antonio Ramírez “El Capitán”, en octubre del 78.

A todo esto, Chafik había sumado a San Martín una ganadería hermana, llamada La Gloria, y la presentó con fortuna en la capital (27-01-91: Mariano desorejó a “Miracielo”, David Silveti cobró un apéndice del quinto, “Presumido”, pese a que lo pinchó, y Gutiérrez el rabo del sexto, “Consentido”); apoteosis relativa, con toros cuajados pero de casta y poder muy limitados.

Evidentemente, el ganadero estaba pagando por la sobredosis de dulzor añadidas a la sangre brava a su cargo. Aún lidiaría en Insurgentes un toro de vuelta al ruedo, “Delicioso”, número 69, obsequiado tras la famosa arenga del Negro Aranda al Niño de la Capea, tarde en la que Jorge triunfó con “Orejitas” para acompañar la salida en hombros de Pedro (12-01-92). Aún lidiaría, con poco éxito, algunas corridas más en la capital, tanto de San Martín como de La Gloria y El Olivo, producto ésta de una tercera subdivisión de su torada.  Pero a la par de esa decadencia de bravura iba a producirse un serio distanciamiento entre la nueva empresa de La México –la actual– y el criador queretano, nacida de no se sabe qué viejas rencillas entre el hombre todas las confianzas de Manolo Martínez y el más fornido de sus guardias personales, devenido cabeza visible de la empresa capitalina.

José Tomás y España

Aún tuvo tiempo Chafik para acoger generosamente en su finca a un muy joven aspirante a torero procedente de Madrid, pariente de su amigo Victorino Martín García y llamado José Tomás Román Martín. José Tomás pasaría largos meses en San Martín, viviendo y entrenando bajo la tutela de Antonio Corbacho y Manolo Martínez, que asimismo lo tuvo de huésped en su ganadería. Para entonces, 1994, ya estaba tomada por Pepe la determinación de fundar en España una divisa propia, a partir del encaste Santa Coloma adquirido de Paco Camino.

Se abría así un capítulo más, tan demostrativo de la fuerza interior de nuestro personaje y tan fascinante a la vez que sólo los obstáculos planteados por los celos y la envidia de poderosos maniobreros locales lograrían frenar el rápido ascenso de los astados criados en Azuaga, Extremadura, con el hierro de San Martín. Un capítulo digno relatarse con cierto pormenor al que esta columna se abocará próximamente. Lo merecen José Chafik, su especialísima trayectoria y la historia de una ganadería brava sin fronteras.

Ominoso silencio

Historias como la de Chafik Hamdan Amad, nativo de Líbano y mexicano universal, podrían no tener futuro de prosperar los arteros ataques a la Fiesta cuya última manifestación ha sido la cancelación de una mesa redonda sobre Cultura, Periodismo y Literatura en el Mundo Taurino, programada para el pasado 10 de abril por la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la UNAM con la participación de Benedicto Callejas, Marycarmen Rivadeneyra, Gabriela Guevara y Francisco Coello Ugalde, y suspendida de manera abrupta al no poderse garantizar la seguridad de ponentes y asistencia.

Más lamentable incluso que la espantada de la autoridad universitaria ante la intimidación de redistas taurofóbicos me parece el comportamiento omiso del estamento taurino en general, incapaz de una reacción diligente, inteligente y digna ante la nueva agresión del porrismo antitaurino, cuya matonería y audacia va en aumento en proporción a la pasividad de quienes tendrían que salir en defensa de los valores culturales, éticos y estéticos de la tauromaquia.


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