Tauromaquia: Cuatro orejas en La México
Lunes, 18 Nov 2013
Puebla, Pue.
Horacio Reiba | Opinión
La columna de este lunes en La Jornada de Oriente
Joselito Adame llegó, toreó y triunfó. Cortó cuatro orejas y dejó la Plaza México en hombros. Cuatro orejas sin un voto en contra, gran novedad en estos tiempos de desorejaderos artificiales, entre protestas y discrepancias sin mayores consecuencias.
Joselito Adame plantó su bandera y la hizo ondear bien alto porque empezó por plantar las zapatillas con estoicismo de samurai y recreó el toreo con alma y ceñimiento capaces de conmover a las piedras. Se encontró primero con un "Nieves" cornigacho y endeble pero sumamente noble, al que aguantó impávido y mandó con aire de capitán general –muñeca flexible, mano baja, muleta deslizada… una fiesta al natural–. Lo estoqueó al encuentro y cobró su primer par de auriculares bajo un clima de apoteosis. Las otras dos se las entregó el negro jirón "Trianero", incorregible protestón de embestida corta y titubeante, la cara siempre alta y escasa bravura. Daba igual, porque este torero está en celo, a cada pase se arrimaba más y el público lo percibía. Manoletinas de gran aguante para terminar y un estoconazo fulminante. En delirio, la gente le arrancó al palco el segundo pañuelo.
Y es que el domingo 10 de noviembre de 2013 –una fecha para la historia de la Monumental– a este Joselito Adame en pos de la consagración definitiva no lo paraba nada ni nadie. Ni el haberse vestido de torero –un severo vino y oro de cuadrícula mexicana– con una fractura de peroné a medio sanar. Ni la módica bravura de un lote apenas pasable de Fernando de la Mora. Cuatro orejas en la México con la plena complacencia de un público enfebrecido, que le coreó varias veces el to-re-ro, to-re-ro...
Estadísticas sesgadas
Lo del júbilo unánime con que esos cuatro apéndices auriculares fueron recibidos es dato fundamental. Útil, sobre todo, para paliar en algo la sensación de exceso y hartazgo con que el aficionado curtido recibe en estos tiempos cualquier noticia aparatosamente triunfalista procedente de la Plaza México, ocupada antaño por un cónclave maduro y severo –dos componentes del mismo teorema–, y en la actualidad por mayorías ávidas de alcohol o exhibicionismo social, presas de la peregrina ocurrencia de que el precio del boleto –más oneroso que nunca—sólo se justifica si se abandonó el coso con la satisfacción de haber solicitado y obtenido alguna orejita –si varias, qué mejor– mediante densas silbatinas y eventuales insultos al juez, sin importar que su otorgamiento lo haya saludado una abrupta división de opiniones, convenientemente silenciada por los medios. Como si el arte de torear, con toda su rica y sangrienta historia, pudiera tasarse en orejas obtenidas de tal guisa. Y como si fuera taurinamente lógico que la era del toro disminuido al máximo pudiera coincidir con el desorejadero más desaforado en los anales de la gran cazuela de Mixcoac, alguna vez ejemplo de precisión para calibrar el auténtico valor el toreo.
En realidad, si a estadísticas de trofeos obtenidos en el coso máximo vamos, era indispensable la observación anterior. E incluso la necesidad de matizar la dimensión de los triunfos ocurridos en su ruedo según la época en que se produjeron. Porque la México, que fue en sus inicios un imán para muchos neoaficionados, empezó no obstante observando y conservando las apasionadas pero sabias esencias de El Toreo de la Condesa; mas al ocurrir de súbito un cambio generacional en la baraja taurina, a finales de los años 40, se inclinó peligrosamente por el otorgamiento desmedido de apéndices –así lo informan tanto las crónicas como la estadística, que de algo debe servir.
Por fortuna, esos excesos serían apenas un breve pasaje hacia la madurez de una afición que, lo he dicho otras veces, en poco tiempo estaba convertida en una de las más sensibles y temibles del orbe, no por su intolerancia o exceso de rigor, sino por la justa medida con que sabía saborear, medir y premiar el arte de torear, así como reconocer y repudiar sin medias tintas su mañoso escamoteo o la impostura de falsos valores. Un público que rechazó a cojinazos el tremendismo de Litri y obligó al Cordobés a deponer ranazos y artimañas de baja ley, pero que también disfrutó y consagró a varias generaciones de grandes toreros. A los que, sin embargo, cuando había que apretar, lo hacía sin miramientos y con pleno conocimiento de causa.
Esa capacidad para separar la mies del rastrojo se fue perdiendo al mismo tiempo que la bravura –la sabiduría de una plaza se mide por esos dos factores, como si la buena casta del aficionado y la del toro auténtico se alimentasen mutuamente. Pero el empujón definitivo hacia la vulgaridad y el papanatismo actuales lo dio una empresa casada con la idea de que mientras más orejas se den más público se convoca –ecuación demostradamente falaz–, sumada a ese otro disparate consistente en que manteniendo sometidos a la autoridad y los medios se redondea la fórmula ideal para el negocio. Como si no sobraran pruebas en contrario. Dicho lo cual, podemos entrar en materia.
Cuatro orejas para el mismo matador
Hecho singular éste, que en la referida buena época ocurrió por primera vez a casi 17 años de la inauguración de la Monumental, cuando un chaval sevillano llamado Diego Puerta, que era un león y mataba como un cañón, se encontró con "Tortolito" y "Bandolero", dos torazos de una gran corrida de Tequisquiapan –al quinto, "Jardinero", se le premió con la vuelta póstuma--. Les tumbó las orejas a ambos, y aunque se había entregado alegremente y sin reservas, alguna se le protestó ante la evidente rapidez en su toreo (13-01-63).
La hazaña volvería a ocurrir transcurridos otros tres lustros (25.02.79), tarde en que Manolo Martínez bordó al muy noble "Gotita de Miel" de Xajay –aquello sí un portento de lentitud y temple--, y no conforme con eso también se llevó otro par del cuarto, un “Petrolero” con mucho que torear. Hemos dejado aparte las cuatro que el mismo Manolo cobró en su primera encerrona capitalina (18-02-73, cinco de Valparaíso y uno de San Martín), pues hay un lógico desnivel en las oportunidades de triunfo conforme aumenta el número de reses estoqueadas.
Dieciocho años más tuvieron que transcurrir para que Pedrito de Portugal cobrara de una tajada otros cuatro auriculares –¿qué sería de tan fino artista, en cuyo estilo destacaba la naturalidad? Ya vivía la México tiempos irregulares y su triunfo lo fue: protestados por chicos los dos de su lote, el espada luso, a fuerza de decisión y clase, logró revertir tal situación a favor de la boyantía de “Palmerito” de Marco Garfias y "Nochebueno" de Carranco, a los que cuajó plenamente, en especial al cierraplaza. Detalle éste de que se protestara un astado y terminara coreándose la faena que de ninguna manera hubiera sido posible diez o quince años antes.
Lo que sigue ya casi es abusivo: orejas a tutiplén, paseadas bajo las consabidas divisiones de pareceres –otra “novedad” inadmisible en cosos de verdadero respeto. Cuente usted: Eloy Cavazos (07.12.97, de sendas menudencias de Arroyo Zarco); un Juli en plan de juvenil novedad (05-02-99, con Xajay en el cartel); Enrique Ponce, entre muchas protestas y en tarde de "apoteosis" generalizada (03-12-00, bureles de Los Encinos); Zotoluco, aquel otro día del villamelón (es decir, 5 de febrero, de 2001 esta vez) en que premiar de más le costó el puesto de juez a Salvador Ochoa. Y para no quitar el dedo del renglón, el 5 de febrero del reciente 2012 un Julián López ya maduro elevaría a dos su cosecha de cuatros, aunque fuese de sendos especímenes del post toro de lidía mexicano, procedencia Xajay; les buscó las vueltas con ahínco pero apenas habrá conseguido en toda la tarde media docena de pases completos: el resto de tan discutible apoteosis corrió por cuenta de un juez de plaza blandengue y un público sobre sugestionado. Y ahora Joselito Adame. Si no con ganado verdaderamente bravo, sí en un clima realmente triunfal.
El Payo, tres orejas
Distinta historia y desarrollo. Entre otras cosas porque Octavio García, a la inversa de Adame, sufre cada vez más en la búsqueda de una expresión propia. Y eso se capta enseguida y ha provocado opiniones encontradas cuando torea en la capital. Esta vez se encontró con dos bovinos de rechupete, si no por su fiereza –pasaron a banderillas con el consabido picotazo-- sí por durabilidad y transmisión. Ninguno era de arrastre lento – "Fina Estampa" porque, aun siendo nobilísimo, terminó distraído y rajado; y el obsequiado "Fuego Viejo" porque no empujó mínimamente contra el peto aunque su afinada embestida fuera de dulce–; y en las faenas de El Payo, valeroso y dispuesto siempre, se alternaron tandas notables con muletazos fuera de cacho y problemas para redondear. La oreja del tercero se la protestaron porque la faena vino muy a menos; y cuando dobló el 7º, ya el triunfalismo estaba desatado y ya las orejas se caían de maduras.
Copiosa historia. La suma de tres apéndices auriculares por el mismo matador tiene en la México una historia mucho más cuantiosa que la de cuatro por coleta. Qué va de ocho a 37. Ahora bien, en la mayor parte de esos 37 casos, el premiado lo fue tras la lidia de los dos toros de su lote, no de tres, como ocurriera el domingo con Octavio. Lo cual reduce a seis casos el recuento de antecedentes.
Para empezar Manolo Martínez al reaparecer luego de tres años ausente de la Monumental (13-03-77). Triunfo relativo el suyo, pues tuvo que dar cuenta de siete de Torrecilla para sumar el terceto. En realidad, ninguna de sus cinco encerronas en la México se saldó para el regiomontano con victorias aplastantes, salvo en la taquilla. El siguiente agraciado fue Eloy Cavazos, la tarde en que probablemente más a gusto toreó aquí de muleta, aquel mano a mano con Manzanares en que cuajó a "Mesonero", toro de Garfias cuyo lentificado temple igualó (dos orejas); antes había desorejado, bullendo mucho, al abreplaza "Curtidor".
El siguiente sería Jorge Gutiérrez, mano a mano con Mariano Ramos y reses de El Olivo (dos orejas de "Poblano" y una de "Pelos de Oro": 10-02-91). Luego el propio Mariano, la tarde aquella en que una súbita enfermedad de Jorge los dejó solos a él y a José Mari Manzanares ante un sexteto imponente de José Julián Llaguno: el de la Viga estuvo magistral con “Marqués” (primera oreja) y arrollador con "Campero" (dos orejas y a hombros). En otro mano a mano, correspondiente a la última corrida de la Cruz Roja habida en la capital, Manolo Mejía logró su propio terceto (20.08.95, bureles terciaditos de De Santiago y Miguel Espinosa "Armillita" de alternante). Y concluye esta apartado Manuel Caballero, que en pugna con Zotoluco desorejó a dos de tres adversarios de Xajay como cierre de su mejor año en la México: a "Bordador", el último, le hizo un faenón (06-02-00).
Casos hay también de tres o cuatro orejas, acompañadas de uno y hasta dos rabos para un mismo matador. Pero para eso quizá nos dé el futuro próximo sabrosas ocasiones de remembranza.
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