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Tauromaquia: ¡Vaya con Joselito Adame!

Lunes, 07 Oct 2013    Puebla, Pue.    Horacio Reiba | Opinión   
La columna de hoy en La Jornada de Oriente
Apenas el miércoles, Joselito Adame –ese torero de cuerpo menudo, cabeza grande y corazón inmenso– había recibido el premio Rioja y Oro, con que premia la Asociación de Abonados y Aficionados de Madrid al triunfador de las yuxtapuestas ferias de San Isidro y Arte y Cultura de 2013; el jurado lo integran también representaciones de la ciudad francesa de Bayona y de la vitivinicultura riojana. Y la presea consiste en un flamante terno de luces precisamente del tono tinto con áureos alamares que da nombre al certamen. Un acto de estricta justicia, en vísperas de la reaparición del hidrocálido en la primera plaza del mundo. El matador, que lucía optimista y confiado, prometió arrimarse como nunca con tal de ponerse a la altura de la distinción.

Afición y empresas, en márgenes opuestas

¿Cómo había correspondió el empresariado y la organización taurina en su conjunto a la incuestionable doble victoria de José Adame en el marco de la feria más importante del orbe? Ya lo sabemos: con una indiferencia brutal. Como pocas veces, el tradicional ninguneo hispano hacia los toreros aztecas se hizo patente en Joselito, desterrado de las plazas y ferias de primer y hasta de las de segundo nivel  y obligado a recorrer la legua durante toda la campaña, confinado al circuito más pueblerino posible, donde continuó su racha triunfal sin conmover en absoluto a quienes mueven los hilos de la fiesta a lo largo y ancho de la geografía española. Irremediablemente alejado de cualquier coso de mediana categoría, es natural que haya abordado su solitaria oportunidad madrileña del sábado con la tensión a  tope y el firme propósito de no dejar escapar la única liebre que se le puso a tiro, en compensación por sus rotundos éxitos con aquellos dos bureles de El Montecillo y Alcurrucén que desorejó en junio, sin contar los apéndices perdidos –y con ellos sendas puertas grandes– en el mismo par de memorables ocasiones.

La injusticia no pasó inadvertida a los buenos aficionados de la península, y numerosas voces se alzaron aquí y allá para exigir la inclusión del de Aguascalientes en los carteles de las ferias más significativas de la temporada. En vano. A nadie debe extrañar que idéntico ninguneo se extendiera a otros diestros mexicanos que este año anduvieron por España –Silveti y Saldívar, también triunfadores en Madrid, y un tercero, Sergio Flores, que sin cortar apéndices tuvo el rasgo de permanecer en el ruedo de Las Ventas y despachar al toro de su confirmación estando seriamente herido. Pero el caso-Adame clama al cielo. Porque todas las peticiones en su favor fueron desoídas y el aguascalentense debió conformarse con la cruda y dura realidad. Eso sí, su entereza de ánimo, esa disposición a la muerte que da grandeza al toreo, se mantuvo incólume a través de meses de frustraciones, de alguna manera paliadas por sus frecuentes éxitos en cosos menores, donde los públicos lo recibían con alegría y correspondían a sus demostraciones de torerismo con entusiasmo y calor.

Madrid, sábado 4 de octubre

Al concluir la tercera corrida de la feria de otoño en Las Ventas, la mayor ovación fue para los miembros de la cuadrilla de Joselito Adame cuando cruzaban el albero en el inverso paseo de cuadrillas que tiene lugar una vez arrastrado el sexto del encierro. Había sido una tarde infausta para todos, y Joselito estaba en una cama de hospital tras comprobarse en la enfermería la fractura de su peroné izquierdo como resultado de la espeluznante cogida sufrida ante el bronco "Huracán", imponente colorado de La Ventana del Puerto cuyos 596 kilos de pura y torva potencia sacudieron con furia la mexicano cuando se quedaba quieto muleta en mano  como si de un toro franco y noble se tratara; la paliza no logró doblegar su coraje –sobreponiéndose, se incorporó para dar al bicharraco una muerte mucho más digna de lo que merecía– pero sí le causó lesiones que le impedirían redondear faena y continuar en la brecha. Algo que el propio doctor García Padrós afirma que el diestro había intentado, pues se levantó de la camilla e intentó volver al ruedo, pese a encontrarse virtualmente groggy y físicamente imposibilitado. Un mero reflejo, dictado por la voluntad del diestro y su urgencia por justificarse, que de ese tamaño son los pequeños milagros frecuentes en el mundo del toro cuando hay una casta y una ética toreras que los sustenten.

Gesta incomprendida

Vestido de rioja y oro, Joselito Adame había partido plaza con Alberto Aguilar y Jiménez Fontes, dos toreros parejamente valientes y mucho mejor tratados por las empresas a lo largo del año. Iban a despachar reses salmantinas de El Puerto de San Lorenzo y La Ventana del Puerto, dotadas todas de trapío y cornamentas  imponentes. Pero que resultaron bastante sosos. Con la agravante, justamente en "Huracán", primero del mexicano, de una sorda y peligrosa probonería. José lo recibió con una larga de rodillas a portagayola, pero como desde el principio le costó al burel definir su embestida se inclinó por una brega cuidadosa preparatoria de la faena de  muleta, que era donde había que jugársela. Dicho y hecho. Desde el primer muletazo, el de Aguascalientes toreó firme y ajustado, del tercio a los medios. Remató con torería, dio distancia al colorado y citó con la derecha. Y paró, templó y mandó, como no, aunque el público, como abúlico, tardaba en reaccionar. Lo hizo cuando vio al torero enganchado –el animal se paró, Adame le quiso ganar un pasito para encelarlo y el bicho respondió con una cabezada que lo enganchó por el chaleco, inicio de la espantable paliza recibida, en el aire y en el piso. Aun así –fracturado ya de la pierna izquierda, luxado el tobillo y prácticamente conmocionado– el diestro se levantó sin hacer aspavientos, recuperó de la arena muleta y espada y volvió a la cara del toro. Unos muletazos en busca de la igualada y un volapié cabal pusieron broche a su actuación. Rodó "Huracán" y sonó una ovación rácana y breve, escaso premio para la gesta que acababa de presenciarse.

Joselito Adame saludó los aplausos desde el tercio y se dirigió a la enfermería por su propio pie. Una vez comprobada la seriedad de sus lesiones, los médicos le impedirían regresar y en ambulancia fue conducido al hospital donde se encuentra internado.

Tarde adversa

Alberto Aguilar actuaba en Las Ventas por quinta vez en el año –nótese la diferencia de trato. Jiménez Fortes, con dos de alternativa, ha toreado esta temporada en casi todas las ferias grandes. Enfrentados a ganado insulso, ninguno de los dos estuvo a la altura del mexicano. Ni por disposición, ni por entrega ni por sitio delante del toro. Tarde a la deriva de ambos, inhibidos por un público, como decía, excesivamente cauto y adusto.

Por eso, y tal vez como tardía reparación por la tibia acogida que había tenido la gesta de Adame, Las Ventas reaccionó al final con aquella prolongada y sentida ovación cuando la cuadrilla de a pie del torero de Aguascalientes cruzó el ruedo del burladero de matadores a la puerta de cuadrillas.

Reencuentro inesperado

La víspera, todo lo contrario. Que esa es la maravilla que tiene esta fiesta. La feria de otoño estaba armada en torno a la figura de Iván Fandiño, otro caso para la ética y la épica grande de la Fiesta. Y el  torero de Orduña correspondió como siempre lo hace, arrimándose y toreando sin regatear un punto de esfuerzo ni un centímetro de ajuste con los toros. Fiel a su norma, iba a desorejar al primero de Victoriano del Río que le soltaron –toro serio y encastado, con el que se fajó de cabo a rabo, desde los ceñidos ayudados por alto hasta el estocada en las péndolas. Y en esa línea se mantuvo durante sus dos actuaciones, justificando su posición de figura de esta feria, condición que no todas las empresas fuera de Madrid han respetado. Respeto que ha sido mayor en Francia que en España.

Pero la nota fuerte de la feria, y una de las faenas estelares del año, iban a salir de la muleta de El Cid. No de ese torero gélido y sin alma de los últimos años sino del otro, el que conquistó Madrid a mediados de la primera década del siglo, devolviéndole hondura, sentido y largueza al toreo en redondo con la mano izquierda. No ya complemento rutinario para finales de faena –vicio de la época–sino cimiento y esencia de faenas que luego no remata su espada. Pero que, aun así, han quedado con letra capitular en los anales de Las Ventas.

El viernes, el torero de Salteras se encontró con un colorado de Victoriano del Río ideal para resucitar su mejor y más artística versión. Y lo aprovechó sin una duda. Y hasta con más regusto y solera que antes. Meciendo el toreo, deslizando el pase zurdo con armonía y naturalidad maravillosas, prolongando las series como debe ser, sin rematarlas después del tercer o cuarto muletazos. La plaza era un hervidero. Hasta que El Cid se echó la espada a la cara para, como entonces, pinchar y pinchar. Dos intentos fallidos y una estocada baja. Cómo sería la faena que Madrid lo obligó a dar una lenta y saboreada y melancólica vuelta al ruedo. ¿Será capaz Jesús Manuel de sostener el mismo discurso, huyendo de la medianía a la que él mismo se había condenado?

En cualquier caso, muy injusta la negativa del presidente a premiar con la vuelta al ruedo al extraordinario "Verbenero" de Victoriano del Río, colorado, con 541 kilos, un completísimo toro de lidia, quizá el de más noble y duradera bravura de cuantos se han corrido en Las Ventas en este hosco, duro y reservón 2013.

Ayer, Ferrera; el sábado, Sergio Flores.
Bajo de casta el encierro de Adolfo Martín, ni Javier Castaño ni Iván Fandiño tuvieron manera de sacar la cabeza, pese a su voluntad. El cuarto fue el único que ligó veinte buenas embestidas, y Antonio Ferrera le cortó la oreja. Ferrera es un torero maduro y con una tauromaquia muy interesante en los tres tercios, curtida ante encierros duros y forjada a base de meritorios triunfos y duros percances. Castaño no tuvo opciones y Fandiño cumplió con la mayor dignidad el compromiso que para él implicaba esta feria.

Misma que se cierra el sábado 12 de octubre, con un cartel en el que figura el tlaxcalteca Sergio Flores, al lado del colombiano Luis Bolívar y el español Paco Ureña, con toros de José Luis Pereda y La Dehesilla.

Ahora, la México

El 11 de noviembre, tercera fecha de la venidera temporada grande, está anunciada la reaparición de Joselito Adame en la plaza México. Un coso donde está José prácticamente inédito, porque ni su público ni la empresa ni los jueces de plaza –imposible olvidar la negativa del inefable Jorge Ramos a conceder una oreja solicitada por unanimidad la tarde en que confirmó aquí su alternativa arlesiana. Por primera vez, viene contratado acorde con su categoría. Es, ya, el torero mexicano más interesante del elenco, y sólo hay que desear que para entonces esté completamente recuperado del percance sufrido en Madrid hace dos días.


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