Desde el barrio: Novilleros al crematorio
Martes, 30 Abr 2013
Madrid, España
Paco Aguado | Opinión
La columna de este martes
Ya deberíamos ser conscientes: a día de hoy, la peor amenaza posible para el futuro de la Fiesta en España son el abandono y el maltrato a que se ve sometido el escalafón de novilleros con picadores. Por encima de cualquier otra contingencia interna o externa. Como es sabido, los peores efectos de la crisis económica que, como a tantas otras actividades, está castigando el espectáculo taurino se están produciendo en esa universidad de toreros que son las novilladas picadas, reducidas casi un sesenta por ciento con respecto a la última temporada que precedió a la debacle.
Pero nadie en el mundo del toro parece dispuesto a frenar con medidas inteligentes y sentido de la profesionalidad esta dilatada y tremenda deriva que puede acabar, sin pecar de alarmismo, en una absoluta falta de vocaciones en apenas un par de décadas.
Muy al contrario, resulta que, justo cuando los novilleros están viendo cómo se extingue su mercado en las plazas menores, los grandes empresarios también están empezando a darle la espalda al futuro, a tenor de la pésima gestión de los escasas oportunidades que ofrecen a los noveles.
Resulta paradójico –por no decir otra cosa– que quienes más debieran invertir en futuro y más interesados habrían de estar en asegurar la presencia de nombres con tirón taquillero en las grandes ferias de los próximos lustros, sean precisamente quienes menos hagan por prolongar la rentabilidad de sus negocios.
Ya sea por omisión o desinterés económico, las novilladas también están desapareciendo de la programación de las grandes ferias e incluso reduciéndose al mínimo en las plazas de temporada. Y es así hasta el punto de que algún poderoso taurino, que organiza al año más de cien festejos, no tiene previsto celebrar ni una sola novillada picada en la temporada de 2013.
Pero a este proceso suicida hay que añadirle aún otro elemento nocivo y aniquilador: la pésima elección del ganado. Ya en el arranque de temporada, sólo siete días después de la ilusionante matinal oliventina con los serios pero bien hechos y bravos novillos de El Juli, chocó comprobar cómo en Valencia nueve novilleros se veían estrellados contra el muro de tres feos y destartalados encierros de franquicias "domequistas".
O, más recientemente, cómo los utreros de Juan Pedro Domecq jugados en la feria de Abril no fueran ya chicos y flacos sino que además lucieran unas hechuras tan deformadas que desde su salida anunciaban el que luego fue un paupérrimo juego.
Lo más extraño es que, en ambos casos, eran las propias empresas organizadoras las que apoderaban a algunos de los novilleros anunciados, a los que más que ofrecerles una oportunidad real para proyectarse en su propia tierra se les hacía caer en una trampa para osos de la que salieron como pudieron.
¿Es que son ya los propios apoderados quienes no quieren que funcionen sus pupilos? ¿Es que son las mismas empresas las que no están interesadas en que salgan nuevos toreros que aseguren los resultados de taquilla a medio plazo? ¿O es que el lobby antitaurino se ha infiltrado en los despachos para minar desde dentro la tauromaquia?
Lo malo es que los de esas ferias no han sido casos aislados sino que en esa misma corriente de maltrato novilleril hay que situar el certamen de noveles celebrado durante el mes de abril en Las Ventas, el máximo escaparate y la única tabla de salvación desesperada para los aspirantes.
Después de los tres pésimos encierros de las eliminatorias, con los que ni uno solo de los nueve participantes pudo ganarse siquiera una vuelta al anillo, a los tres finalistas se les ofreció como "premio" el pasado domingo una novillada desproporcionada y de pésimas hechuras que, ya de partida, en vez de lanzarles a la fama prometía hacerlo por el abismo.
En una tarde gélida y ventosa, con la plaza convertida en una nevera salpicada de mil y pico turistas inexpresivos y quinientos “exigentes”, la ansiada final se convirtió en una durísima prueba para los tres incomprendidos chavales.
Había que tener una hercúlea fuerza mental para sobreponerse a tanto utrero gigantón y amoruchado sobre aquel desmoralizador e ingrato escenario. Pero los tres –Rafael Cerro, el mexicano Brandon Campos y Tomás Campos– pusieron el alma en cada pase, y hasta dos de ellos –el Campos extremeño se escapó de milagro- llegaron a dejar su sangre sobre la pálida arena madrileña.
Ni siquiera una oreja quiso dar un presidente con la mente y la afición muy lejos de las evidencias del ruedo, mientras Cerro entraba a la enfermería pagando su entrega con los cojones partidos en dos por un pitón que le entró hasta las mismas entrañas. Pero, eso sí, se llevó como trofeo una furgoneta de cuadrillas a la que, de seguir así las cosas, tal vez podrá sacar partido alquilándosela a otros compañeros.
No hay que ser futurólogo para saber que esta original manera de "cuidar" a los novilleros y "promocionar" la cantera lleva directamente al desánimo y a la frustración, también de ese público al que algunos siguen empeñados en alejar de las novilladas.
Es cierto que, desde que el toreo es torero, siempre fue muy difícil para los novilleros ascender en esta dura profesión, pero probablemente ahora lo sea más que nunca por culpa de un sistema abocado a la autodestrucción. Y esto sucede, lamentablemente, cuando podríamos estar a punto de disfrutar de la más esperanzadora y preparada generación de aspirantes de los últimos veinte años.
Pero mientras la desidia empresarial siga estrellando noveles apenas despiertan mínimas ilusiones en la afición, mientras que las únicas oportunidades que se les ofrezcan sean las de esta especie de ruleta rusa generalizada y mientras la lógica no imponga la lidia de novillos que sean tales y no mostrencos desproporcionados, el futuro del toreo seguirá convirtiéndose en ceniza dentro de su propio crematorio. Allí donde cada tarde las empresas siguen quemando novilleros.
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