La corrida tuvo muchos matices interesantes, sobre todo por el encastado juego que brindaron los toros de Arroyo Zarco, que recargaron en varas y embistieron con emoción, aunque es verdad que a algunos les faltó romper en el último tercio, y haber mantenido ese fondo de bravura que mostraron de salida.
Cuando la tarde languidecía, Joselito Adame le puso la cereza al pastel con una lidia variada y fresca, en la que aprovechó la calidad de “Mayito”, el toro que estaba más clavado en el tipo de la ganadería mexiquense, uno de esos ejemplares de rechupete que tanto encantaban a Eloy Cavazos hace una década.
Y de verdad que era para comérselo por reunido, bajo, enmorillado y cornicorto. Toda una gozada para cualquiera que se asoma a los corrales a la hora del sorteo a echar una ojeada al lote.
Desde los lances de recibo, Adame se percató de la clase de “Mayito” y le dio su distancia y su tiempo para torear bien a la verónica. Después quito por zapopinas que encandilaron a la escasa concurrencia, y más tarde clavó banderillas con más entusiasmo que lucimiento, pero sin abandonar nunca la actitud que deber tener un torero joven que quiere convertirse en figura del toreo.
La faena tuvo dos partes muy bien diferenciadas, y con una clara concepción del espectáculo que supone el toreo. Por una parte, los derechazos limpios de trazo y bella ejecución; los naturales de cintura rota –de los que si acaso se echó en falta una serie más–, y por otra, el toreo de adorno, tan luminoso como la tarde misma, en la que el “tres en uno”, los afarolados y los molinetes brillaron por sí mismos.
A la hora de perfilarse para entrar a matar, Joselito no atendió demasiado a los terrenos en los que estaba el toro quizá porque sabía que tenía que echarse encima y reventarlo.
Y es que “Mayito” estaba en los medios, con el hocico apretado, un atravesado, pero tanta nobleza no podía fallar. Y José entro derecho a herir, montándose en el morillo para colocar una estocada entera de la que tardó un poco en doblar el toro.
El entusiasmo de la gente se desbordó cuando el puntillero acertó y aunque un tanto remolón, inexplicablemente, el juez de plaza, Ricardo Ruiz Torres, que ha hecho una feria con determinados ribetes de protagonismo, sacó el segundo pañuelo blanco para premiar la faena con dos más que merecidas orejas si atendemos a lo completa que fue la lidia.
Y digo un tanto remolón porque nadie podrá negar que Rafael Ortega y Miguel Abellán debieron haber paseado sendas orejas, las del primero y segundo toros de la corrida, respectivamente. Pero nada. Ruiz Torres hizo gala de un rigorismo absurdo en una plaza que no deja de ser de tercera categoría, según su aforo, así todas las tardes acudan a sus corridas feriales la prensa y los taurinos del Distrito Federal.
Resulta curioso que, en la Plaza México, Gilberto regala rabos sin miramientos, y en Texcoco escamotea una oreja bien ganada y solicitada por el público. ¿Alguien entiende esta disparidad de criterios?
El primer toro del lote de Joselito anunció que sería de voltereta desde que se plantó en los medios y desafió a las cuadrillas. Al capote acudió acostándose por el lado derecho y aunque Mauro Prado le dio un buen puyazo, y derribó en otro encuentro a su hermano Isabel, llegó crudito a la muleta.
Si a esto sumamos que en ese momento sopló el viento, Joselito tiró por la calle de en medio, tras pasar algunas fatigas, porque “Milagro”, que tal era el nombre del toro, tal vez estaba pensando: “Milagro, hijo, será si me das tres pases seguidos por el pitón derecho”. Y ahora quizá Joselito esté pensando jocosamente: “Si todos los buenos van a ser como el sexto, me cai que para otra sí le trago a todos los malos, como el segundo”.
Rafael Ortega estuvo muy centrado con el toro que abrió plaza, un tío de más de 550 kilos que tenía un pecho impresionante. El tlaxcalteca dejó para el recuerdo una larga de pintura, soltando una punta del capote con gran suavidad. Y más tarde realizó un trasteo emotivo ante un ejemplar que, no obstante los kilos que cargaba, se vino arriba en banderillas y dio buen juego en la muleta, aunque duró poco y terminó embistiendo con la cara alta.
Al igual que hizo Joselito en el sexto, Rafael se tiró a matar con decisión y ejecutó un estocada de buena colocación que obligó a la gente a sacar sus pañuelos para solicitar la oreja en vano, pues no fue concedida. No obstante, Ortega dio la vuelta al ruedo complacido con el cariño del público. Y eso, a veces, vale mucho para una figura que ya no necesita cortar orejas todas las tardes.
El cuarto fue un toro de capa espectacular: colorado hornero, largo, descolgado y corto de manos, que hizo una salida muy alegre y remató en los burladeros. Fue una lástima que el toro no tuviera duración porque apuntó cosas muy buenas, y Rafael se vio obligado a abreviar.
Algo similar, en sentido inverso, ocurrió con el lote del madrileño Miguel Abellán, pues su primer toro se apagó demasiado pronto, y el quinto acudió con mayor entrega a la muleta. Y la faena de mejor acabado fue la que hizo, precisamente, al primero, porque se paró con una gran firmeza delante de los pitones y enseñoreó el oficio que atesora.
A base de aguantar, sin aspaviento alguno y dándole importancia a lo que hacía, Miguel le sacó pases de mucha conexión con el tendido. Y aunque un poco tardo, el toro sí que tenía la intención de coger la muleta por abajo. La clave fue dejársela en la cara y confiarse para dar a los pases un magnifico acabado.
Un pinchazo sin soltar –en todo lo alto– y una estocada un atravesadilla, fueron suficientes para dar muerte al segundo ejemplar de la tarde del que no pudo cortar un apéndice porque el juez dijo, sencillamente, que NO; y punto. Al igual que Ortega, Abellán dio una vuelta al ruedo con la complacencia de un público que vibró con su trasteo.
Al quinto sí le cortó una oreja, aunque la verdad la faena no tuvo el mismo poso que la primera, pues el toro, castaño aldinegro de capa, sin dejar de ser encastado fue un poquito violento y el madrileño no terminó de acoplarse como él hubiera deseado. Sin embargo, una estocada al encuentro le puso en las manos el codiciado trofeo durante la tarde de su presentación en la tierra del Faraón, el añorado Silverio Pérez.
Ficha Séptimo festejo de feria y sexta corrida. Un tercio de entrada en tarde agradable, con algunas ráfagas de viento. 6 Toros de Arroyo Zarco, que sustituían a los de Medina Ibarra, bien presentados, varios armoniosos de hechuras y bravos en su conjunto. Destacó el 6o. por su calidad y fue premiado con arrastre lento. Pesos: 522, 501, 513, 475, 495 y 512 kilos. Rafael Ortega (hueso y oro): Vuelta tras fuerte petición y silencio. Miguel Abellán (blanco y azabache): Ovación con petición y oreja. Joselito Adame: Silencio y dos orejas. Destacaron en banderillas Felipe Kingston y Gustavo Campos, y en varas Mauro Prado y César Morales. Al final del festejo salieron a hombros Adame y el ganadero Fernando Pérez Salazar.