La feria de Zacatecas y la de Nimes se desarrollan casi simultáneamente. En la bellísima capital zacatecana –un oasis para el visitante, y origen sus resecos campos de la mejor simiente brava de México–, Daniel Luque bordó a placer a un buen toro de Montecristo, "Cominito" de nombre, al que no mató bien (luego se llevaría al hotel la única oreja que se le cortó al flojo encierro de Begoña del domingo 11).
Lo hecho por el sevillano fue lo sobresaliente de una feria en que la esmerada elección de los encierros corridos en la monumental no estuvo acompañada por las condiciones de casta y bravura que el toreo demanda para cobrar importancia y emoción. Cualidades muy de destacar en el programa cultural que el Patronato de la feria ha preparado con especial cuidado y atinada selección de temas y participantes en estos últimos años, una contribución sin paralelo a la promoción de la cultura taurina, tan rica como abandonada en nuestro país.
En cambio, el coliseo romano habilitado para coso taurino donde se reúne la más selecta afición de Francia sí ha tenido en estos días la fortuna de presenciar varias gestas memorables. Para uno, el culmen de la feria estaba en el festejo final, en que tomaba su alternativa Luis David Adame, la gran esperanza mexicana para revivir aquí la fiesta –amenazada una vez más por nuestros impresentables politicastros–, y engrosar la lista de grandes figuras nacionales.
Y el adolescente hidrocálido, además de fajarse como un hombre con el más cuajado del encierro, demostró además que ya es un gran torero, mereciendo al final la salida en hombros al lado de su padrino Alejandro Talavante, que estuvo sublime con un astado bueno sin más, segundo del formidable encierro de Núñez del Cuvillo.
Toros y cultura
Saborear Zacatecas es un regalo para los sentidos pero también para el alma, que es la que vibra cuando el cuerpo tiene delante un lienzo, una escultura o una fachada capaz de transmitirle sensaciones inefables. Ciudad pequeña, armoniosa y viva, con carácter y personalidad muy propias, cuenta con la mejor y mayor concentración de museos de todo México, y una catedral en cuyo exterior se reinventó el plateresco más refinado.
La antigua plaza de toros San Pedro es ahora un hotel de cinco estrellas que respetó las arcadas de piedra roja que le daban remate al graderío, mismo material con el que está construida la actual Monumental, escenario de las corridas de feria, amenizadas por una banda municipal que suena de maravilla, como corresponde a la tierra natal de Manuel M. Ponce. Al extasiarse escuchándola, Giraldés la calificó no de banda sino de orquesta, dada su magistral dirección y el acoplamiento de sus casi cien elementos, con predominio de jóvenes y un contingente muy destacado de muchachas.
Hermoso marco –polícromo y sonoro– para una tauromaquia de escaso fuste, la que discurre cuando el ganado no responde a las expectativas y la voluntad de los toreros se estrella en la realidad de una penosa ausencia de casta y bravura. Bien presentadas las corridas, pero al parecer el post toro de lidia mexicano no da para más. Con todo, Luque estuvo eminente tanto con "Cominito" como con "Vengativo" de Montecristo, y muy torero en su segunda tarde, en que materialmente le arrancó la oreja al begoñés aquel, mientras Fermín Rivera, con su estilo clásico y sobrio se situaba, lo mismo que Sergio Flores, muy por encima de su desabrido lote.
Detalles
Pasó de nuevo con el cartel estrella del viernes 16. Los de Reyes Huerta salían del toril como ahogados, y con tendencia a pararse pronto. De los Arturos de Aguascalientes, Saldívar continúa metido en un bache y fue Macías el mejor librado aunque le costara entenderse con el primero, que reservón y todo ligaba embestidas muy humilladas a condición de que la muleta lo incitara a la distancia y altura apropiadas, cosa que Macías valeroso siempre, logró solamente a ratos. En cambio, con el rajado cuarto se le vio tan firme y resuelto como lúcido para encontrarle las vueltas a "Consejero", imposible de cuadrar por su constante escarbar, recular y terciarse, lo que prolongó la escena final y malogró la oreja que venía en camino, misma que se había solicitado muy tibiamente para Macías a la muerte de "Culebro", el abreplaza.
El resto quedó en destellos: un fajo de verónicas de Ginés Marín al tercero, soberbiamente toreadas y rematadas, quite por saltilleras ajustadísimas del mismo diestro, cuyo lote llegó sin un pase al tercio mortal; unas zapopinas animosas de Saldívar al quinto, un berrendo en cárdeno sin cara pero que mostró cierta clase hasta que lo aniquiló el porrazo con vuelta de campana que se dio en los primeros compases de la faena. Y con el 6o., un buen tercio de banderillas de Gustavo Campos. Insuficiente todo para alegrarle la existencia a un público de dulce, bajo un cielo sin una mácula y bajo los acordes de la banda municipal.
Alternativa triunfal
Lo de Nimes fue otra cosa. Ya habían tenido lugar actuaciones extraordinarias en las corridas previas, culminantes para un Juan Bautista imponente de madurez y celo –ése que antes tanto se echaba en falta en el arlesiano–, que abrió la puerta de los cónsules por dos veces consecutivas, la última de ellas ayer a mediodía, tras cortarle el rabo a "Soleares", soberbio zaino de Victoriano del Río al que se enredó con un acople equiparable al de una pareja de baile, una danza mortal en este caso, templada y bella hasta el arrebato.
Cuando dibujó la suerte de recibir el rabo ya era indiscutible. Bautista, que había desorejado a su primero, cedió muleta y espada al novillero francés Thomas Joubert, al que el de la alternativa mandó al hule de conmocionante paliza; pero el catecúmeno es bravo y, sin mayores aspavientos, regresó para arrimarse de verdad al berrendo sexto y tumbarle las orejas. Más discreto, Manzanares se conformó con un apéndice, ante lo menos bueno de un encierro formidable de Victoriano del Río.
Otra gran corrida
Si a "Soleares" se le premió con la vuelta al ruedo, resulta inexplicable que no haya recibido un homenaje por lo menos similar "Farfonillo", el quinto de otro gran encierro, procedente éste de Núñez del Cuvillo y lidiado a las pocas horas ante algo más de media entrada –resultado del hartazgo de toros, suponemos–. Hermoso animal, bajo de manos, largo de cuello, precioso de hechuras y acucharado de cuerna, el negro ejemplar del campo bravo andaluz honró su divisa y exhibió la inconsecuencia del presidente, que ya se había comido un premio parecido para el tercero, "Nenito", castaño de enorme clase, fijeza y repetitividad. La desgracia fue que ambos cayeran en el lote de un López Simón de procedimientos mecanizados y peleado con el temple, que los desperdició miserablemente así le hayan dado la oreja –y hasta pedido otra– del estupendo "Nenito".
Adame y Talavante
Luis David salió a demostrar no ya su buen sazón para doctorarse, sino que por ánimo y atributos toreros está para pelearle las palmas al más pintado. Discreto en los lances de recibo, exuberante en quites –con el quinto dibujó cordobinas de gran ceñimiento y limpio trazo, rematadas con apretada brionesa, y el sexto le pegó un volteretón porque la zapopina de Luis David no es un alarde efectista sino un lance de quietud impresionante–. Fue en este cierraplaza, un muy serio “Novelero”, castaño, al que pasó sin picar y que aunaba a la fuerza la probonería y el sentido, donde el hidrocálido convenció a todo mundo de su capacidad torera.
Y lo hizo poniendo de relieve cabeza privilegiada, temple singular y una entrega tan auténtica como el estoconazo que dio en tierra con los 525 kilos de "Novelero". La oreja, con fuerte petición de la segunda, se sumaba a la que le cortó al de la alternativa, "Sosegado", de 534 kilos, negro con bragas, que habría lucido más sin las constantes ráfagas de viento que tuvo que sortear Adame durante un largo y no obstante templado y muy torero muleteo, previo a meritoria estocada en la suerte de recibir.
En esa salida en hombros, primera suya como matador, a Luis David lo acompañó a Alejandro Talavante, autor de una joya de faena. Fue con el segundo, "Palmero", negro y bien armado arriba, que había correteado sin celo durante dos tercios, por lo que extrañó que, muleta en mano, el extremeño lo recibiera en el tercio de hinojos, y sellara esa tanda inicial por arriba con una arrucina en la misma postura que le costó un revolcón sin consecuencias. Lo demás fue el milagro del toreo en toda su excelsitud. Y todo con la marca Talavante por delante: quietud con arrebato, largueza y temple infinito en naturales de clásico trazo, tremendismo de seda –si cabe el oxímoron– en la parte final de un muleteo ejemplar de expresión, reposo y estructura. Y un estoconazo definitivo, pasaporte a dos orejas que se antojaban premio demasiado corto.
Zacatecas y Nimes: Dos ferias, dos continentes y una sola Fiesta verdadera.