Desde el barrio: Las portagayolas de Sevilla
Martes, 16 Abr 2013
Sevilla, España
Paco Aguado | Opinión
La columna de este martes
Ayer mismo, cuando el sol se iba camino del Atlántico por encima de los arcos de la Maestranza, Alejandro Talavante protagonizaba el décimo saludo a porta gayola de lo que llevamos de feria de Abril en Sevilla, que por estos días ha entrado en ebullición.
Dos veces había tomado El Juli el camino hacia toriles el Domingo de Resurrección, otras tantas Lama de Góngora y una Gonzalo Caballero en la novillada, y dos más se fue también ayer Castella frente al balconcillo de clarines.
Es así como, junto al de Manzanares y hasta el de Diego Ventura, garrocha en mano sobre "Buena Vibra", ambos en sus respectivas actuaciones en solitario, como se ha llegado ya a esos diez saludos en el mismo portón de los sustos de Sevilla. Y seguro que habrá más.
Pero a medida que han ido sumándose, según los toreros también han ido haciendo costumbre de la excepcionalidad, parece como si el público sevillano hubiera ido perdiendo interés por el hecho siempre enervante de ese repentino y arriesgado embroque. Porque las tres largas cambiadas de ayer sólo provocaron unas tibias palmitas en el tendido.
Hubo, en cambio, un tiempo en que irse a la puerta de chiqueros de la Maestranza era un gesto mítico. Atravesar el dorado ruedo hasta ese agujero negro era emprender un camino heroico hacia el riesgo evidente, un arrebato de valor y de hombría que no estaba al alcance de cualquier coleta.
La gran anchura del portalón sevillano le da a ese saludo a porta gayola una dificultad añadida, pues propicia que los toros salgan menos fijos al ruedo, eligiendo inciertas trayectorias sobre ese amplio espacio, al revés que sucede con otras puertas más estrechas, que embocan la furia animal con la rectitud de una bala en el cañón.
Aquella feísima voltereta que un "torrestrella" le pegó a un Paquirri arrollador en el año 81 ya convirtió esa zona de la plaza en un espacio mítico, en un área restringida sólo a los más valientes. Y más aún desde que "Fantasmón", seis años después, abrió allí mismo un manantial de sangre en el muslo de Pepe Luis Vargas y, una década más tarde, un jabonero de Prieto de la Cal le partió la cara en dos a Jesús Cardeño.
Con esos precedentes, se han ido cantado después porta gayolas de leyenda en la Maestranza, como la de Espartaco el día que mató seis de Miura, las de Pepín Liria y El Tato a mediados de los noventa –cuatro minutos estuvo arrodillado el maño esperando a que saliera su toro de Ybargüen–, o la de Morante de la Puebla, como un camino de calvario, el día que le repudió Sevilla…
Todos estos gestos se recuerdan porque tuvieron un sentido especial, la intención de conmover, en el momento más adecuado, en la situación más crítica, a una Maestranza muy sensibilizada de tanto riesgo como ha ido viendo a lo largo de los años en ese "punto negro" de su alfombra de albero.
Pero a golpes de costumbre, y sin golpes de efecto ni nuevas cornadas que lamentar y con que ameritarlo, el público sevillano parece haber ido perdiendo la capacidad de asombro y de admiración hacia ese acto siempre impactante.
De tanto usarlo, de tanto alarde de gallardía, tal vez hayan sido los propios toreros los que, larga a larga, se han quitado importancia a sí mismos. También en esto.
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