La gente acudió a la plaza predispuesta a ver un mito llamado José Tomás. Y fue muy favorable para la Fiesta la presencia de unas 30 mil almas en La México, algo que no ocurría desde hace muchos meses.
La gran mayoría de aquellas personas quedaron encandiladas por el aguante del madrileño, y se toparon con la raza de Arturo Macías y las buenas maneras de El Payo, en una tarde a la que faltó la auténtica emoción que emana de la bravura.
Sí, porque el encierro de Teófilo Gómez, de escasa presencia y transmisión, complicó las cosas a la terna, que se vio obligada a poner la cuota de emoción que faltó a casi todos los toros. Y cuando el de las patas negras carece de bravura, y además no infunde respeto, la emoción del toreo es aparente.
¿Por qué no eligió José Tomás una corrida más hecha, y de una ganadería encastada? Después de haber presenciado su reaparición en Barcelona, y la primera tarde de Las Ventas de 2008, me dio la impresión de que la emoción que había en la plaza era políticamente correcta.
No se escuchó el olé dramático y profundo que sale de las entrañas, no obstante que los dos toros le levantaron los pies de la arena. Y se los levantaron por sendos errores, primero de colocación, en unas ajustadas manoletinas en las que citó atravesado, dándole unas ventajas incomprensibles al toro. Y después, simplemente porque el cuarto se le acostó un poco al no ir embebido en los vuelos de la muleta, en la dejadez del “no toque” del que gusta tanto.
Estos dos momentos aportaron una excelente cuota de morbo al tendido, que se sintió recompensado al ver a José Tomás en los pitones de sus dos ejemplares, pero ambas volteretas no eran el resultado de una gesta, de esas a las que nos tiene acostumbrados este singular genio de los ruedos cuando se pone delante de toros con cuajo.
Por otra parte, hay que apuntar que trató de torear con mucha verdad a la verónica al toro corrido en segundo lugar, al que tendió la suerte con expresión. Y fue una lástima que el viento le atropellara las suertes, porque los bosquejos de sus verónicas fueron formidables, así como los estatuarios, escalofriantes, del comienzo del trasteo.
La faena a ese toro, entre altibajos provocados por las descompuestas embestidas de la res, que acudía rebrincada y defendiéndose, evitaron la conjunción con el torero que se fue tras la espada con gran determinación para colocar una estocada trasera, que caló, pero que hizo doblar al toro pronto para cosechar la primera oreja del festejo.
El quinto tenía mejor presencia, y un poco más cara, pero fue otro toro deslucido, aunque noble, al que hizo una faena de mejor acabado. El mérito estribó en colocarse cerca, esperarle mucho, aguantar más, y llevar embebido en los vuelos del engaño al toro hasta obligarle a pasar por dónde el torero quería. Eso es torear, que diría el maestro Domingo Ortega.
Así ejecutó varios muletazos con mucho trazo, de impecable temple, y un soberbio trincherazo, el momento más inspirado de la corrida. Media estocada arriba le permitió cortar el segundo apéndice, y obtener así una salida a hombros sin la fuerza de otras ocasiones.
Macías dejó en claro que sigue con la idea fija de convertirse en figura del toreo, y su actitud fue sobresaliente porque todo cuanto hizo fue auténtico. Al primer toro de su lote, el único completo del encierro, le dio unos naturales extraordinarios, por temple y largueza, rematados detrás de la cadera y con sello.
Lo que se entendió muy bien fue cómo se atrevió a hacer un valeroso quite por gaoneras al primer ejemplar de José Tomás -le correspondía, reglamentariamente, aunque era más lógico, por respeto, no hacerlo dada la poca fuerza del toro- y más tarde le brindó la muerte del sexto al madrileño. Toda una incongruencia de la que se hubiera quejado un torero como Carlos Arruza.
Porque, ciertamente, la raza de Arturo a lo largo de la corrida fue encomiable. Y la gente vibró con su toreo, tan sincero como carismático, aunque ahora aderezado con chispazos que hacen albergar esperanzas en que muy pronto sabrá canalizar todo ese ímpetu hacia el toreo que perdura.
Al primer toro de su lote le formó un taco, y de haber matado pronto hubiera cortado, sin duda, dos orejas con gran importancia. En cambio, el otro toro no dio ninguna posibilidad de lucimiento, por descastado y parado, al que sí mató de una estocada espectacular de la que resultó golpeado. La emotiva forma de entrar a herir le valió el corte de un apéndice, premio justo a una tarde en la que salió a revienta calderas.
El Payo mostró una maciza sobriedad con el toro de la ceremonia. Se trata de un torero muy asentado y sereno, que hizo las cosas con absoluta seguridad. Y aprovechó bien el potable pitón izquierdo del toro que abrió plaza, un ejemplar muy noble que tuvo calidad pero poca transmisión. La oreja que tenía en la espuerta la devolvió con la espada. Fue una pena.
El cariavacado sexto embistió en un par de series y se paró. Sólo el trepidante inicio de faena sirvió al queretano para enseñar su determinación, en una tarde de la que sacará buenas reflexiones, de cara a seguir adelante con la misma idea de independencia que se ha planteado.
Sus sólidos argumentos taurinos le llevarán a buen puerto, y es preciso recordar que la de hoy era apenas su quinta corrida en el escalafón de los matadores de toros.
Ficha Decimocuarta corrida de la Temporada Grande. Dos tercios de entrada (unas 30 mil personas) en tarde fresca, con algunas ráfagas de viento. 6 Toros de Teófilo Gomez, justos de presencia, dóciles y de escaso juego en su conjunto, salvo el 3º que fue emotivo y tuvo más duración. Pesos: 480, 485, 500, 505, 530 y 502 kilos. José Tomás (azul y oro): Oreja y oreja. Arturo Macías (lila y oro): Ovación y oreja tras aviso. El Payo (palo de rosa y plata): Ovación y silencio. Christian Sánchez saludó en banderillas. El Payo confirmó la alternativa con el toro “Puedo Opinar”, número 379, negro.