Eduardo Martínez Urquidi demostró que es un ganadero escrupuloso... y profesional, pues le llamaron el martes por la tarde para ver si echaban una corrida suya en Guadalajara este domingo, y no dudó en enviar ocho toros bien presentados, y con el trapío tan exigente en este coso.
Hoy día en día resulta complicado tener toros puestos para plazas importantes, concretamente La México y Guadalajara, sobre todo por la antelación con la que un criador debe seleccionar sus toros para ambas plazas, buscando una armonía de hechuras y las necesidades específicas de cada plaza.
Así que, al margen del juego de los toros de Los Encinos en esta corrida estelar, cabe resaltar la manera en que Martínez Urquidi resolvió la papeleta, una frase que nunca se emplea en el renglón ganadero, y envió no sólo seis, sino ¡ocho toros! con la edad reglamentaria y las hechuras que gustan a las autoridades y al público de Guadalajara.
Y esta corrida que echó hoy, no era la de la Plaza México, ni tampoco la que tiene reseñada la empresa para el mes de febrero, pues bien sabe Eduardo que él no hace esas cosas de desbaratar una corrida previamente reseñada para un coso con tal de lidiar otro encierro... y después enmendar tal picardía que suelen hacer varios ganaderos para salir de sus toros y vender lo mejor y más rápidamente posible los productos de su finca.
Desconozco con detalle en qué otras ganaderías buscaron los apoderados de Zotoluco, Sebastián Castella y Arturo Saldívar, y al final me pareció correcto que se lidiara una corrida completa y no parchada con tres toros de Santa María de Xalpa y otros tantos de cualquier vacada.
Y si el encierro de Los Encinos tuvo distintos matices en su comportamiento, dos toros destacaron: segundo y tercero bis; ejemplares que tuvieron fondo y una forma de embestir muy interesante. El colorado hornero que había sido colocado en quinto lugar, y que terminó lidíándose en tercer puesto, cuando el primer toro de Castella se lesionó en una fuerte caída, no falló en ningún momento. Su espectacular salida y la bravura que fue desarrollando conforme transcurrió la faena fue de lujo.
El otro, primero de Zotoluco, tenía buen estilo, pero era preciso torearlo en la línea, sin dudas, comprometiéndose en cada muletazo. Y fue así como el toro rompió a más y Zotoluco toreó relajadamente en una faena por nota.
Esos dos toros ya valieron la tarde, aunque otros, como el quinto, que había quedado de sobrero, sacó muchas complicaciones (por eso, precisamente, se había quedado fuera del lote original). Tampoco me gustaron primero y sexto, los dos con problemas para un bisoño y entusiasta matador nuevo, como es Arturo Saldívar.
Pero, repito, al margen de estas consideraciones del juego de los toros, lo verdaderamente importante en este caso es que el hombre estaba preparado para enviar sus toros en cualquier momento, y que su camada está criada con esmero y escrupulosidad para acudir a la cita más importante. Este es un detalle que, como aficionado, deben agradecerle a Eduardo Martínez Urquidi, pues su acción permitió ver una señora corrida de toros... sin remiendos, en una tarde tan significativa para Tauromagia Mexicana, un proyecto al que él mismo ha contribuido a engrandecer a lo largo de los años.