Esta jornada, que comenzó muy agradable; soleada, con clima agradable, se descompuso hasta convertirse en una tarde -algo extraño en esta plaza- con mucho viento y encima llovizna, lo que impidió que el sexto de turno fuera visto con el respeto con el que Cristóbal Arenas "El Maletilla" afrontó el compromiso.
Podemos decir que el triunfador, Emilio Ricaud, fue quien corrió con mejor suerte. Pero en esto del toreo, la suerte quizá viene sólo con el sorteo ya que hoy, todos sufrimos con la debilidad del encierro. Cierto, no tuvo malas ideas, pero tampoco fortaleza para ponerlas en práctica. Vale decir que acudieron con prontitud y entrega en varas. Qué pena para tanta afición del ganadero.
El segundo de la tarde, primero del lote del aguascalentense Ricaud, se dejó en el tercio primero, aunque en el tercio de banderillas declaró por fin la poca fuerza que trajo en los lomos -o en los cuartos traseros. Emilio llevó con suavidad a "Pinturero" en el tercio final. Por desgracia, hubo de ir cuesta arriba; aun así mereció la aprobación del público. Cuando se tiró a matar sepultó una estocada ligeramente desprendida, por la que hubo una fuerte petición de oreja que, reglamentariamente, el juez concedió.
Durante la lidia del quinto de tarde se soltó un verdadero vendaval. "Chinaco" era el que mejor había embestido hasta ese momento, así que Ricaud, a pesar de todo, se apretó los machos en serio. No acudió a los capotes como sus hermanos y en palos dobló las manos, en el tercio final, Emilio lo mimó para que no doblara las manos. Ya había cosechado ovaciones por un apretado quite por saltilleras, y explotaron los tendidos con un par de cambiados por la espalda. Le siguió una faena de mucha entrega apreciada por el cotarro.
Abrochó por manoletinas con desplante. Paciente, porque el toro no se colocaba, se fue encima para dejar un pinchazo hondo en el rincón que no fue suficiente, para escuchar incluso un aviso.
La petición de un publico emocionado y agradecido, no prosperó. Sin embargo, Emilio Ricaud dio una vuelta al anillo tapatío entre división de opiniones.
Qué grata sorpresa fue ver un novillero con la seriedad, profesionalismo y convicción de César Fernández "El Quitos". El par de "regalitos" que se llevó en el sorteo, no mermaron un ápice, ni el valor, ni la afición, ni la responsabilidad evidente en el joven franco-mexicano.
Con el primero de su lote, un precioso castaño, listón, bociblanco, de inmediato se enredó en lances fundamentales. Con buena técnica lo colocó a varas. Le siguió, a pesar de la poca fuerza del burel, un sabroso quite con mucho aguante por tafalleras en el centro del anillo.
En el último tercio brindó al cónclave para, con mucho acierto llevar al toro con suavidad, toreramente por delante con la rodilla flexionada, se notaba la buena percha, valor y temple del torero. Todo esto a pesar de la sosería del ejemplar debido a la poca fuerza. Aún así, el cotarro apreció el bien hacer de César Fernández. Desgraciadamente, se eternizó con la espada y perdió los trofeos.
El público tapatío bien conoce -le gusta- al hidalguense Cristóbal Arenas "El Maletilla". Él también, debido a su participación en las novilladas que se llevaron a cabo, sabe qué cosas toman en cuenta los aficionados locales Así que, con toda la seriedad que requiere la ocasión, El Maletilla nos brindó una actuación valiosa, al margen de la limitante que puso el encierro.
A "Tejuino", un novillo negro, alto y delantero de pitones lo recibió con un farol de hinojos, para de pie, ante el contento general se meció en lances fundamentales. El toro fue pronto, de largo en varas. El buen quite fue por navarras rematados con una media muy ajustada.
En el tercio de muerte, nomás comenzar, clavó el burel los pitones en la arena, para limitar las fuerzas que "Tejuino" pareció tener. Arenas lo llevó a media altura para evitar que rodara, pero sí, la expresión no puede ser la misma; por fortuna, los tapatíos entienden los factores de la lidia que se requieren y estuvo del lado del espada.
Abrochó su faena con pases por alto a pies juntos. Se fue encima del toro para dejar una media lagartijera delanterilla que le mereció un apéndice.
Con el segundo de su lote pasó las de Caín. Era un voluminoso astado, pero desgraciadamente, con nada de trasmisión. En palos ya rodaba por la arena, pero el público apreció la entrega del hidalguense, debido al vendaval que no paraba.
Al final, los tendidos despidieron con aplausos respetuosos a los tres espadas, quienes dieron una demostración de entrega.