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Muere el gran banderillero Beto Preciado  

Al final no pudo superar el derrame cerebral que sufrió hace 10 días

El gran banderillero Alberto Preciado Meléndez falleció esta madrugada a los 72 años, como consecuencia del derrame cerebral que sufrió el pasado 12 de noviembre, del que había sido intervenido en el Hospital de la Beneficencia Española de San Luis Potosí, donde permaneció ingresado en estos días.


La noticia de su muerte ha provocado un hondo pesar en el medio taurino, ya que "el maestro Beto", como muchos lo llamaban, gozaba de un gran prestigio como torero y como persona, ya que entregó su vida al mundo de los toros prácticamente desde que era un niño y, al cabo de los años se convirtió en una figura de plata.

Beto Preciado nació en San Luis Potosí el 28 de agosto de 1949 en el seno de una importante dinastía de subalternos, tanto de picadores como de banderilleros, y cuando no era habitual que hubiese niños toreros, fue uno de los primeros en aquella cuadrilla en la que también anduvieron, entre otros, Efrén Acosta "El Loco" y Eloy Cavazos, que era el más pequeño de esa generación que aportó tan buenos toreros a la Fiesta Brava.

Después de probar suerte como becerrista y más tarde como novillero, Beto decidió convertirse en banderillero y estuvo cinco años como aspirante, hasta que el 11 de octubre de 1973 hizo su examen profesional en la Plaza México, actuando a las órdenes del novillero Rogelio Morales.

Así, poco a poco, fue escalando peldaños en la profesión hasta colocarse en las cuadrillas de las grandes figuras del toreo como Manolo Martínez, Curro Rivera, Miguel Espinosa "Armillita" o Jorge Gutiérrez, a los que estuvo vinculado de una manera más estrecha.

Y esas figuras disfrutaban su cadencia con el capote, en la que cada lance era suave, mecido, tratando de enseñarle el camino a los toros, muy en la línea, suavecito, sin esfuerzo, y procurando que sus toreros pudieran ver la condición de sus embestidas, amén de que sabía estar bien colocado; es decir: sencillez, eficacia y discreción.

Si su eficacia o estética banderilleando no era la mejor, ni la más lucida, a aquellas figuras eso les importaba poco, sabedores de que los de plata más valiosos son aquellos que de verdad saben torear bien con el capote. Y Beto Preciado sabía mejor que nadie hacer eso, además de observar algún detalle en la conducta del toro, ver un defecto en la técnica del torero, o motivar a cualquier en el momento indicado a lo largo de la lidia. ¿Se puede pedir más?

En la distancia quedó su debut como novillero en la Plaza México, que tuvo lugar el 19 de mayo de 1968, cuando alternó con Mario Sevilla y Miguel Ángel Núñez, con novillos de Carranco.

Y una vez en las filas de los subalternos, cabe mencionar que también toreó con toreros modestos, novilleros o rejoneadores, para los que siempre tuvo una palabra de aliento, un consejo oportuno, una anécdota simpática con esa chispa tan suya salida de las enseñanzas de quien ha visto y vivido tanto, siempre en torero.

Uno de sus mayores logros fue haber ganado ocho Trofeos Domecq como mejor subalterno, siete de los cuales los obtuvo de manera consecutiva. Una vez retirado de los ruedos, Beto se dedicó al apoderamiento de toreros, entre los que se contaron al propio Jorge Gutiérrez, en la etapa final de su carrera, al rejoneado Gastón Santos hijo, o a Fermín Rivera, cuya administración compartió con su hermano Polo Meléndez, nombre de batalla de otro torero que sí llegó a la alternativa en 1979, y que fue aliado inseparable de Beto a lo largo de su productiva existencia.

Su despedida de los ruedos tuvo lugar el 26 de febrero de 2012 en la Plaza México, cuando toreó bajo las órdenes de Fermín Rivera. Desde entonces intensificó su actividad como apoderado, labor que también disfrutó y llevó a cabo con el mismo entusiasmo que su carrera taurina.

Porque ya fuera en las plazas de toros, en las ganaderías, en los viajes o las tertulias, ahí estaba siempre la palabra sabia de Beto, alegre y sencilla, con el ánimo de transmitir el conocimiento que lo llevó a ser uno de los mejores subalternos de la último tercio del siglo XX.

Los servicios funerales por su alma se llevarán a cabo en la Funeraria Hernández, localizada en Prolongación Albino García 1070, en la colonia Campestre, a partir de las 14:00 horas de este lunes.

Desde estas breves líneas enviamos nuestras más sentidas condolencias a toda su familia, especialmente a su esposa, doña Conchita Terrones, a su hija Ana y sus nietos, así como a su entrañable hermano Polo, que tan amablemente nos estuvo informando acerca de su estado de salud en estos días en los que parecía que podía salir adelante.

Sin embargo, finalmente, Beto ha descansado en paz. Que así sea. Se le va a extrañar mucho. Pero ahí deja su huella, indeleble, como persona y como torero.

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