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Cultura, incultura... y ¿contracultura?

"...el toreo y su legítima reafirmación como patrimonio cultural..."

Por estos días se han presentado en España dos obras fílmicas construidas en torno a la personalidad de Curro Romero. Una es un largometraje titulado "Curro Romero, el Faraón"; la otra, la miniserie televisiva "Curro Romero, Maestro del Tiempo", que acaba de estrenarse en Tele Sur, canal andaluz.

Previsiblemente, ambas versan sobre la trayectoria profesional del célebre artista sevillano, pero asimismo recogen, hasta donde he podido saber, sustanciosos retazos del hombre y el ciudadano Francisco Romero López (Camas, Sevilla, 01-12-1933) mediante las consabidas entrevistas, faenas, análisis, anécdotas y opiniones. Cuarenta y tantos años en los ruedos –y casi 88 de edad– dan para eso y más.

Aunque ante nosotros el camero quedó prácticamente inédito  –aquí apenas toreó un puñadito de corridas, sin pena ni gloria–, ningún aficionado ignora la resonancia que tuvo en España, especialmente entre los sevillanos, para quienes su Curro fue rey de reyes y gloria bendita. Hasta dos centenares de veces partió plaza en la Real Maestranza, y a contrapelo con los registros estadísticos, que hablan menos de victorias que de frustraciones y reveses, la veneración de sus paisanos por Curro forma parte del misterioso encanto de la Fiesta y de unas pocas de sus figuras más emblemáticas.

Entre nosotros saltaría de inmediato el nombre de Silverio Pérez, cuya trascendencia popular a lo largo de décadas no desmerece, antes al contrario, frente a la alcanzada allá por Curro. En ambos casos, la fama del gran torero rebasó con creces los límites del medio taurino para acceder a la escena pública como personaje universalmente reconocido, identificable y querido. Y algo que sin duda los acercó a la gente común fue su sensibilidad humana y la sensación de fragilidad que transmitían, lo mismo a través de un arte intransferible y único que de su naturaleza apacible y vulnerable.

Este rasgo lo ejemplifica también Rodolfo Rodríguez "El Pana", un fantasma durante décadas al que una sola tarde feliz –paradójicamente anunciada como la de su despedida– lo proyectó a niveles inconcebibles, aunque en su caso se trataba básicamente de un ser atormentado, capaz de hacer erupcionar, sobre el lienzo arenoso del ruedo, el formidable volcán de sus demonios interiores.

Pregunta incómoda

Es inevitable y la comparación claro que duele, pero ¿dónde están los registros culturales que revelen, proyecten e informen a las generaciones futuras, empezando por la presente, lo que han significado Silverio, El Pana y tantos más –la veta taurina mexicana es riquísima– para la vida y realidad de nuestro país durante el siglo XX e incluso más allá?

Porque España y su tauromaquia podrán despertar suspicacias acerca de sus usos y prácticas, marcadamente proteccionistas y a veces hasta mafiosos, pero algo que nunca le faltó fue un abundante reflejo bibliográfico e histórico de sus toros, toreros y acontecimientos destacados, catálogo no necesariamente fiel ni enteramente confiable pero sí vasto y generoso. Y ahora que los lectores escasean como nunca, el recurso a los medios audiovisuales también lo tienen puesto al día.

Y eso que, en materia taurina, no creo que existan allá expresiones fílmicas que superen las dramatizaciones biográficas dedicadas a Luis Procuna y Carlos Arruza, obras mexicanas ambas aunque ideadas y dirigidas por realizadores extranjeros: el español Carlos Velo "Torero" (1956), y el norteamericano Budd Boetticher, "Arruza" (1973), inspirados por la fuerza del contenido vivencial, popular y estético de la Fiesta Brava en el México de aquellos años.

¿Desmemoria o incultura?

Se diría que la memoria histórica de los mexicanos, tan corta y limitada en todos los aspectos de la vida, también está conspirando contra nuestra tradición taurina, tan fructífera otrora; y que uno de tantos lastres que arrastramos es el desinterés de quienes se dicen aficionados por la tauromaquia como cultura. Valor que no tienen modas emergentes como el futbol americano o la Fórmula 1, que sin embargo cuentan con un aparato publicitario apabullante y expresiones audiovisuales a pasto al alcance del teclado de cualquier computadora. 

Y aunque carezcan de poetas como García Lorca, Villaurrutia, Pellicer o Gerardo Diego, pintores como Goya, Picasso, López Monreal, Sánchez de Icaza o Botero, y filósofos como Ortega y Gasset o Francis Wolff. Ni literatura de parecido nivel de calidad. Algo que debiéramos tener muy en cuenta antes de que, de patrimonio cultural centenario, el toreo que de reducido a fenómeno contracultural.

En el delicado momento actual, los taurinos necesitamos romper ese silencio  manifestándonos con el mayor vigor posible. Pero que sean no manifestaciones mitoteras, sino unas cuya naturaleza revele la profundidad de la Fiesta como fuente singularísima de historia y arte, creatividad y mitología. Es decir, como parte irrepetible del patrimonio cultural de México.

Aquí y allá

La Plaza México reabrió sus puertas y la afición se dio cita. Sin tumultos pero con buenas asistencias, tanto para la corrida como para la novillada iniciales. Ésta última registró lo que seguramente es la mejor entrada del siglo XXI para un festejo chico, prueba de que no nos faltaba razón cuando, hace más de seis meses, clamábamos desde estas líneas por una pronta reapertura del coso, en la seguridad de que los aficionados responderían con las ansias del que ha sido privado de su fiesta durante un período tan prolongado.

Los tres novilleros anunciados, sin estar mal, tampoco es que hayan satisfecho plenamente la expectación con que se les esperaba. Y sin embargo, casi simultáneamente, una excelente notica cruzaba el Atlántico. Se originó en una pequeña española, Moralzarzal, donde cada año se celebra el certamen novilleril más importante de la península, que esta vez inscribió el nombre de un mexicano, Isaac Fonseca, como máximo triunfador, tras superar a las máximas figuras hispanas de su rango para alzarse con el codiciado trofeo en disputa.

El mérito de Isaac

Como todos los de su camada, Isaac Fonseca se ha ido haciendo poco a poco, a base de sacrificio y tenacidad, tan escaso de oportunidades como sus demás colegas y con una generosa cuota de sangre en su haber que no lo echó para atrás. No son éstos tiempos fáciles para los aspirantes a la gloria taurina, si es que aún cabe tan rimbombante y antañona frase. Los usos y costumbres actuales dificultan que los jóvenes exterioricen con libertad lo que llevan dentro, esa llama intransferible que pueda distinguirlos del resto en tiempos de uniformidad en los aprendizajes y en el moldeado de la expresión personal. Escapar de la robotización imperante es uno de sus retos y obstáculos principales. Ser uno mismo en un mundo aplanado por la tecnología es algo que afecta tanto al toreo como a cualquier otra actividad humana.

De ahí el vivo interés que suscitan muchachos como Isaac Fonseca, su torera lucha y su hambre de ser. De ahí, también, nuestra insistencia en que el medio taurino de este país responda con urgencia al desafío que tiene ante sí. La disyuntiva, como sabemos, está dada entre el toreo y su legítima reafirmación como patrimonio cultural o la resignada aceptación de la Fiesta Brava como un hecho contracultural destinado al ostracismo.






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altoromexico

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