Banners
Banners
Reportajes Recientes

El Capea: "Como Pedro por su casa" (fotos)
Miércoles, 23 Dic 2009 | México, D.F.
Fuente: Juan Antonio de Labra
 

Pedro Gutiérrez Lorenzo "El Capea" está en México desde el pasado 12 de diciembre, y desde entonces vive en torero, metido en el campo en su cuartel general de San Juan del Río, ahí donde tantos recuerdos alegres, y tristes a la misma vez, invaden sus sentimientos.

Y no es para menos, pues la casa campirana de Teófilo Gómez todavía está tocada por el carácter de aquel hombre recio, de alma noble, que se entregaba a manos llenas a sus amigos.

Una vieja fotografía dedicada, que cuelga de la pared del antecomedor, es un anunciamiento de que aquí la familia Gutiérrez Lorenzo goza de un cariño especial. Se trata de un muletazo, muy reunido, de Pedro Gutiérrez Moya "El Niño de la Capea" en Guadalajara, a un toro de esta casa ganadera.

"A Teófilo lo conocí hace más de 25 años", afirma Pedro, "cuando fuimos un día a los toros a la plaza 'La Paloma' de Puerto Vallarta, pues yo estaba con mi mujer y mis hijos, que aún eran muy pequeños, se nos antojo ver un festejo un día de vacaciones".

Andando el tiempo, el matador de toros y ganadero lo contrató para una corrida en Jalostotitlán, y fue a partir de entonces cuando la amistad de ambos unió lazos en todos los niveles, pues los hijos de Teófilo (Silvia, José Manuel y Roberto), también confraternizaron con los hijos de Pedro, no obstante la diferencia de edades.

En este largo transitar por los años, Capea se convirtió en un torero consentido de México, uno de esos privilegiados a los que la afición se ha rendido por completo. Y Capea así lo sintió cuando tuvo aquel primer flechazo de romance en diciembre de 1973, la tarde que cortó el rabo al extraordinario "Corvas Dulces" de Garfias.

Aunque realmente el primer atisbo de encantamiento entre México y Pedro iba a consolidarse años después, cuando cuajó las maravillosas faneas a "Manchadito" de Garfias y "Samurai", de Mimiahuápam. Esos dos triunfos tan puntuales en la Plaza México detonaron una estrecha relación; largas campañas en nuestro país, y la oportunidad de seguir compenetrándose con su toro y su gente.

Pedro lo sabe. Aquí se siente como en casa; disfruta a los amigos y sueña con aquellas tardes de gloria. Y charla sin dejo alguno de vanidad, mientras saborea "un pintadito", como le decía Teófilo a la cuba libre preparada con un chorrito de agua mineral.

De tal palo...

Este amor por México trasluce en la sonrisa de su hijo, que el domingo torea en la Plaza México la cuarta corrida de su carrera.

"No soy dado a las estadísticas, pero el otro día estaba muy aburrido en Las Vegas la víspera de la corrida", dice Perico, como le llama su familia "me puse a hacer un recuento de las fechas que he toreado desde que tomé la alternativa. Con la del domingo en México serán 196 corridas".

El aprendizaje de Capea hijo no ha sido fácil, ya que el verbo "torear" era tabú en su casa:

"Nunca fui buen estudiante y mis padres me presionaron para que terminara la carrera de empresariales (administración de empresas), cuando dije en casa que quería ser torero. Me costaba mucho trabajo acudir a clases y aprobar las asignaturas, pero creo que fue una etapa formativa de mi vida el haber acudido a la Universidad de Salamanca".

A los 23 años decidió ser torero y, aunque había toreado mucho en su ganadería, no es lo mismo afrontar el reto del profesional y mantener una dedicación esmerada para pulir la técnica, desarrollar una capacidad física óptima y torear toros con cuajo.

El proceso no ha sido fácil, desde luego. Y más aún cuando se es hijo de una figura que marcó toda una época. Llamarse Pedro, y ser hijo de El Capea, era una responsabilidad añadida a la que no rehuye Perico:

"Ha habido de todo: personas que han visto con buenos ojos que yo sea torero, y otros que les molesta la decisión que tomé. A veces se me juzga con más rigor que a otros toreros que no tiene antecedentes taurinos. Pero es algo que tengo que afrontar y me ha motivado a superarme, ya que mi verdadera vocación es ésta".

Ahí, tras lomita

La mañana está soleada y fresca. El sabor del café americano se acentúa con aquel recuerdo de Teófilo, al que guastaba tanto beber café y hablar de toros en interminables tertulias que tenían como escenario cualquier lugar donde pudieran reunirse a charlar sin interrupciones.

"Mi padre se ha ido a embarcar a lo de doña Laura (de Villastante) y vendrá más tarde. Pero me ha dicho que vayamos comenzando a tentar y qué el nos alcanza después", dice Perico al tiempo que aparece vestido con una calzona para marcharnos a la finca vecina de Juan Ignacio García Gómez, al que apodan "El Chino", ganadero de Campo Real.

El Chino es un hombre sencillo y simpático. Atesora la virtud de saber escuchar, sus juicios son mesurados, cuando los emite. Sabe que la crianza del toro bravo es una forma de vida, como la que prodigó su tío José Luis Gómez, propietario de La Venta del Refugio, y también su tío Teófilo, con los que aprendió el oficio de ganadero.

Hace 21 años fundó su ganadería en este lomerío cercano a la finca de Teófilo, llamado Ojo de Agua. Con esfuerzo y trabajo ha conseguido ampliar las líneas de su vacada. La compra de dos sementales de Reyes Huerta, de puro origen San Mateo, le han servido para saborear los primeros triunfos importantes de su todavía corta carrera:

"Mira, ahí está 'El General', el toro que indultó Igancio Garibay en su encerro de San Miguel de Allende. Dentro de poco lo probaré con una pequeña punta de vacas".

El toro enseñorea su buen tipo, y obliga al recuerdo de esa noche mágica en la que Garibay ofreció un recital de entrega y cuajó una soberbia faena a este toro, hijo de un semental de Reyes Huerta herrado con el número 573.

"Tengo otro rancho cerca de aquí, situado a unos 33 kilómetros, y ahí es donde tengo los empadres. Aquí me traigo los becerros de dos años y medio, y una vez que los hemos tentado los meto a comer a estos corrales", afirma El Chino.

Una tienta interesante

El tentadero de El Chino tiene sabor campero, pues está hecho de piedra y cuenta con un palco bien dispuesto por encima del burladero donde se "para" a las becerras. Un par de amigos, entre ellos Wenseslao Ortega y el veterano y gran picador de toros Venustiano Pacheco, así como los padres del ganadero, observan en silencio.

Abajo se queda Perico acompañado del matador hidrocálido Javier Reynoso, y el novillero David Villarreal, que se "orientó" de que había tienta y cayó a darse "las tres". Más tarde aparece el matador Rafael García, que en un primer momento, lo mismo que el matador Antonio Vega, sólo miran lo que acontece en el redondel.

Y de las cinco becerras que echa El Chino, solo una no funciona y las otras cuatro ofrecen distintos matices de bravura. Destaca la cuarta, una vaca de pelo negro, brava y emotiva, con un gran pitón derecho, a la que Perico le hace una faena de altos vuelos, asentada y torera.

Pedro sabe analizar muy bien el comportamiento del ganado, no por nada desde niño ha andado entre toros en esa finca salmantina llamada Espino Rapado que posee su padre en España. Sus conceptos ganaderos se empalman a la perfección cuando habla de toros, pues conoce de encastes y sabe muy bien de qué va la cosa. Se nota que eso también le apasiona tanto como torear.

Las faenas se suceden unas a otras en medio de un ambiente distendido y cordial. Perico bromea con Javier y El Chino, que también sale a torear con mucha idea de lo que hace. El ganadero disfruta sentir a sus vacas en el capote y la muleta, esta perspectiva le brinda un dato más a tomar en cuenta en el momento de calificarlas en su libreta.

Una tras otra, El Capea suelta los brazos al torear a la verónica o colocar las vacas delante del caballo que monta el picador Ricardo Pacheco, que les pega con fuerza y las hace sangrar hasta la pezuña.

El entrenamiento ha sido intenso, pues Perico ha toreando con pulso a una vaca de gran calidad que tuvo poca fuerza, y con mucha autoridad a la otra, la cuarta, que ha exigido colocación y mando.

Tertulia en El corral

Finaliza la tienta y nos vamos a un amplio salón del restaurante "El Corral de la Vaca" adonde llegan el maestro Capea acompañado del veterinario Pepe Heredia, sobrino de Teófilo.

Los taquitos y la arrachera saben a gloria mientras se comenta el tentadero y cómo ha ido la cosa en el embarque de los toros de Carranco.

Pedro cuenta que hará más campo en estos días en otras ganaderías de la zona. Se siente confiando para el compromiso del domingo en la Plaza México. Ha madurado como torero y quiere evocar la figura de su padre, que no esconde cierto nerviosismo con respecto del resultado de esta corrida.

Antes, los Capea harán un largo viaje hasta Lagunillas, un pueblo pegado a Autlán de la Grande donde va a inaugurar una plaza de toros.

"Haremos la vuelta en coche, y aunque es una tirada larga hasta México, es preferible llegar a las tres o cuatro de la mañana a dormir al hotel donde me vestiré", dice Perico.

Y es que la corrida es la víspera, el sábado 26. Una fecha más para ir creciendo en México, tal y como hace ya muchos años, su padre apostó por este país, su afición y su toro.

Capea escucha a su hijo con ilusión. Lo mira de reojo para enterarse de qué está hablando, aunque la conversación en el lado opuesto de la mesa versa sobre otro tema. Ambos se llevan muy bien, y conviven con gusto. Esta retroalimentación es necesaria, pues ser padre y torero es doblemente difícil. Capea lo sabe, pero confía en la capacidad de su hijo. Y lo apoya. ¿Acaso no es lo que un hijo espera siempre de un padre?

La tertulia de la sobremesa se prolonga hasta bien entrada la noche. Capea pide otro "pintadito" y se rejala entre amigos, mientras Perico charla con entusiasmo de muchas cosas. Los dos se sienten en México "como Pedro por su casa", y eso transmite buena vibra para la corrida del domingo, que está a la vuelta de la esquina, con el nombre de un torero colgado del cartel: El Capea, treina años después...











 

Comparte este contenido en Facebook y Twitter
twitter    Facebook
https://www.altoromexico.com/media/cmsimgnoticias/foto_noticia3558.jpg
Tienta en Camnpo Real