Dicen que de donde menos se espera salta la liebre y así pasó con el ecuatoriano Juan Francisco Almedia. Anunciado el domingo anterior para torear la sexta novillada del serial, la gente poco o nada se interesaba en él, pues hasta hoy era un desconocido.
Pero con el corte de dos orejas y un indulto en su primera comparecencia en una plaza de tanto peso como el Nuevo Progreso, su nombre difícilmente podrá olvidarse. Incluso, entre barreras la memoria no alcazaba a recordar un debut de tal impacto en esta plaza, si acaso el de Ernesto Castellón, el 24 de septiembre de 2001, cuando cortó tres orejas.
Poco "pero" se le puede poner a la actuación de Almeida, quizá, para los más duros, que aún está verde y le falta pulir detalles técnicos, pero con ¡dos orejas y un indulto!, parecen lo de menos.
La actuación del ecuatoriano, en una incongruente suma romántica y matemática, a la suma de convicción, largueza, profundidad y suerte, el resultado fue una presentación más que de ensueño.
Con su primero, un nobilísimo, claro y emotivo novillo de Marrón, que le perdonó su poco rodaje, se le vio con determinación de ser torero. El de Almeida es un toreo serio, sin bisutería barata, que bien comprendió el público y con una faena más de deseos y convicción, logró que la gente se metiera en la canasta.
Tenía que rematar y se fue tras el acero con la mente clara, jugándosela de verdad y a cambio de una certera estocada sufrió un volteretón, una casi inminente cornada; pero dos orejas, a un torero le curan cualquier paliza.
Sería fácil el conformismo, pero el ecuatoriano, bien supo que en esta plaza debía asegundar lo antes posible. Algo o alguien, quizá "el duende" cargó la suerte a su favor en el sorteo y le tocó en segundo lugar "Flamenco".
Un cante por alegrías fue lo que traía ese noble, emotivo, claro, obediente y bravo astado de El Vergel y a Juan Francisco le permitió darse gusto, porqué no decirlo, aprender sobre la marcha.
"Flamenco" fue claro de salida, metió bien el morro y cumplió en varas, quizá no se comía al jamelgo, pero después de soportar más de 70 muletazos y querer embestir nuevamente, la bravura es incuestionable.
Con la muleta, tuvo un lado izquierdo de ensueño y el ecuatoriano logró entenderlo. Lo toreó con regusto, ligazón, profundidad y mucha largueza, enredándoselo en la cintura, acompañando el viaje y despidiendo con mucho mando. “Ese tiene canillas de torero”, dijo alguno en el callejón.
La gente de cabeza, el novillero entregado y el toro siempre puesto para embestir, hicieron de esta una de las faenas más memorables para la afición tapatía. Hubo quien le decía que se volcara sobre el morillo para quedarse con todo el mérito, pero el toreo también conoce la gratitud y ante la insistencia del público, Almeida demostró las cualidades de “Flamenco”, por lo que no hubo más remedio, y qué bueno, que indultarle. Así, todos más que contentos.
Tres tardes en una misma temporada; siete toros; muchos detalles y tardes buenas; ninguna oreja, dos toros con potencial, pero despitorrados y una cornada. Alfonso Mateos la tenía cuesta arriba.
Al primero de su lote, parecía que podía hacerle “un taco”, pero el de El Vergel se despitorró y en su lugar uno de Celia Barbabosa al que poco le pudo hacer. Con el sexto, de Jorge de Haro tampoco tuvo opciones.
Obligado moralmente a no irse en blanco, regaló un sobrero, que no fue una perita en dulce, pero la férrea decisión de tocar pelo y justificar el apoyo recibido le hicieron pegarse un arrimón en tablas en una faena de pocos pases, que tuvo como “plus” la emoción al tendido, después una espeluznante voltereta que hacía temer lo peor. Dos orejas y comparsa en la salida a hombros, ganada a ley.
Luis Manuel Pérez "El Canelo", pechó con el hueso del encierro y aunque estuvo animoso en todo momento, no pudo hacer más. No fue su tarde.
Al final, en la séptima, estarán los que deben estar: Sergio Flores, Santiago Fausto, Mateos y Almeida con novillos de Los Encinos.
¡Pero, dos orejas y un indulto… ni soñando!