Cuando la bravura aparece en escena, la fiesta de los toros adquiere su verdadera dimensión; y si a ello sumamos la integridad de los novillos, entonces el espectáculo se convierte en un vaivén continuo de emociones; en esencia pura de lo que es el toro de lidia, un animal único e inigualable, y su interacción con el hombre que lo desafía.
Y fue una verdadera pena que el torero más artista de cuantos aparecieron este año por este pequeño redondel, el potosino Carlos Rodríguez, se llevara un novillo de De Haro que desarrolló sentido y, por si fuera poco, le dio una tremenda voltereta de la que se fracturó la mano izquierda al golpearse en el piso.
Carlos hizo un esfuerzo por darle muerte, pero no podía sujetar siquiera un pañuelo, ya no se diga la muleta, así que se escucharon tres amargos avisos y unas entendidas palmas del público que reconoció en su esfuerzo el intento de una hazaña.
Ojalá que la zurda de este novillero sane pronto, porque es la de cobrar, que así dicen, y la verdad es que con este esbelto torero de majestuoso trazo, esa frase tan popular entre los hombres de coleta, puede llegar a cuajar en una asombrosa verdad. Al tiempo.
Aquel comienzo fue un chungo mal presagio que, poco a poco, se tornó en júbilo cuando saltó a la arena un ejemplar un tanto cariavacado de Huichapan, que tuvo una condición de nobleza y ritmo muy agradable.
Adrián Padilla no comprendió que el toro pedía distancia, colocación y suavidad, y lo derribó en un par de ocasiones. La miel de aquel “cántaro” llamado “Príncipe”, en honor seguramente del recordado Alfredo Leal, amigo cercano de don Adolfo Lugo, no estaba hecha para este leonés que desaprovechó tan bondadosas embestidas.
Y todo porque no sabe torear en línea, abrir al novillo a tiempo y llevarlo largo y con temple para haber potenciado todas aquellas virtudes de fijeza y calidad que, de mitad de faena hacia adelante, se transformaron en aburrimiento. Porque también los toros se aburren cuando no se les torea bien. Ojo.
Una estocada a toma y daca que impresionó a un sector de la concurrencia, le granjeó una oreja benévola que contrastó con la ovación, cerrada, de gala, que se llevó ese “príncipe” del campo bravo hidalguense.
Y si el novillo de Huichapan había dejado alto el listón, el de El Vergel apareció majestuoso, y embistió con bravura de principio a fin. Desde luego que no era fácil, nadie lo ha dicho, pero… ¿cuándo ha sido fácil la bravura? Para torear un toro bravo hay que saber torear, precisamente. Y Paulo Campero todavía está lejos de saberlo.
Lo que sí sabe es echarle garbo y andar por la arena como en el teatro, a veces un tanto sobreactuado. Y aunque a veces abusa de lo periférico –adornos, variedad en los cites y en las suertes–, tiene un sello especial que gusta al público.
Una voltereta terminó de impresionar a buena parte de la gente, que le pidió la oreja que se guardó en el chaleco, después de hacer un ademán grosero a un aficionado que la cuestionaba.
Urge que le regalen una muleta nueva, bien cortada y engomada, pues no es posible ir a jugar un torneo profesional de tenis con una raqueta vieja de madera. Y eso, amigos, es lo más fácil en esto. ¿Acaso su maestro, el matador Pepe Luis Vázquez, no lo sabe? Por supuesto que sí.
Ya habían saltado a la arena dos novillos cuyas condiciones de embestidas se complementaron: uno, el de Huichapan, más agradable para el torero; otro, el de El Vergel, importante para el ganadero. Sin embargo, faltaba todavía que se lidiara el que mantuvo un agradable equilibrio entre ambas virtudes.
Perteneció al hierro de Caparica, la nueva ganadería propiedad de los señores Muñozcano y Roberto Viezcas, una de las divisas triunfadoras de ciclo que entró de último momento a este cartel. Y con muy buena mano.
El novillo michoacano fue revelando su calidad en cuanto apareció en escena, dejando estar muy a gusto a su paisano, el altísimo Carlos Peñaloza, que ahora salió mejor vestido y demostró, una vez más, un valor ingenuo y mucha franqueza.
Si es verdad que el novillo se fue sin torear, pues con cuatro novilladas en el cuerpo es imposible que alguien sepa siquiera cuadrar bien la muleta o enganchar un toro con los vuelos, lo cierto es que su actuación cayó muy bien a la gente, que le trató con cariño porque tiene ángel.
Detalles sueltos de calidad y un puñado de entrega, lo hicieron el triunfador del festejo cuando aprovecho su estatura para colocar una estocada de buena ejecución, que reventó al novillo. Las dos orejas y el alegre triunfo se fueron a posar sobre su carismática figura, la de un muchacho un tanto desgarbado pero sincero que quiere comer del toro.
Cerró la entretenida función Óscar Amador, que tiene personalidad y valor, con un novillo de Marrón que fue noble pero transmitió copo en comparación de los tres novillos anteriores.
El tlaxcalteca le cuajó un entonado quite por saltilleras, lo mejor que se vio con el capote, y más tarde le hizo una faena deslavazada que remató de un pinchazo y una estocada dando el pecho.
Para el recuerdo se quedan vivos, como emblemas de este auténtico concurso de ganaderías, los soberbios puyazos que colocaron César Morales, Carlos Domínguez “El Gordo de Iztapalapa” y Curro Campos, picadores bravíos, toreros de dinastía, rienda mandona y vara por delante, que picaron como mandan los cánones a tres novillos de auténtico concurso.
Sábado 26 de diciembre de 2009. Décima y última novillada de la temporada. Novillos de De Haro, Huichapan, El Vergel, Caparica y Marrón, bien presentados y buenos en general, salvo el 1o., que desarrolló sentido. Los corridos en 2o, 3o. y 4o. lugares fueron premiados con vuelta al ruedo. Pesos: 446, 410, 402, 392 y 402 kilos. Carlos Rodríguez: Palmas tras tres avisos. Adrián Padilla: Oreja. Paulo Campero: Oreja con algunas protestas. Carlos Peñaloza: Dos orejas. Óscar Amador: Ovación tras petición. Destacaron en varas César Morales, Carlos Domínguez y Curro Campos, que picaron de forma extraordinaria. En banderillas saludó Cristhian Sánchez tras parear al segundo. Carlos Rodríguez sufrió la fractura de la muñeca izquierda.