Especial: Cenizas...
Viernes, 10 Jun 2016
San Luis Potosí, S.L.P.
Gustavo Robledo | Especial
Tantos recuerdos se agolpan sobre El Pana...
Después de aquella legendaria resurrección de las cenizas, cuando el mítico –inmortal– trincherazo a "Rey Mago" de don Javier Garfias, a Rodolfo Rodríguez "El Pana" le llovieron las ofertas para los tentaderos, todos los que quisiera…
Y San Luis Potosí no iba a ser la excepción. Así fue como lo conocí y así fue como me conoció. Y desde entonces que lo veía y lo saludaba, como a tantos y tantos admiradores que tiene en México, nunca se olvidó de mi apodo, con el que él me bautizo y solo él así me decía. Estoy seguro que no sabía mi nombre, ni mi apelativo potosino de "Gallito"...
Abril de 2007 en el rancho "El Palmar" de don Marco Garfias –don Marco siempre está presente en mis recuerdos y más los que platico–, tienta de rigor para el "Ave Fénix" del toreo en México: "Gallo ten las llaves y ve a abrirle al matador y ya váyanse al tentadero". Una puerta de malla atrás de la casa de don Marco que conducía a una vereda rumbo a la plaza de tientas.
Lo recuerdo bien y las fotos del momento me lo confirman. Aquel hombre con su pantalón de vestir color caqui, unos tenis blancos, una camiseta anaranjada y su paliacate detalladamente doblado al cuello, se me quedo viendo las manos mientras abría el candado de la puerta, las tomó y sentenció:
"Oiga torero, usted tiene las manos muy suavecitas, muy cuidaditas… hasta huelen a crema Nívea". Y de ahí "para los restos", siempre me dijo cuando nos encontrábamos: "¿Qué pasa maestro Níveas? Esa fue su eterna forma de saludarme cada vez que lo veía.
Una vez tentando en la casa ganadera de Cerrito de Corzo de don Óscar Torres y doña Mónica Labastida advirtió "mis" maneras para interpretar el toreo –pobremente reducidas–, tal vez a su estilo, tal vez a su gusto, tal vez "a la antigua"… como siempre me ha gustado:
–¡A ver, esta vaca es para el "maestro Níveas"! ¡Venga mi Níveas!
–¡Gracias maestro!. ¡Con su permiso ganadero!
Sabía cual vaca me ayudaría o no. Cual era para mi estilo o no… como estoy seguro que en todo México sabía y conocía a muchos maletillas y torerillos, sus formas, sus modos; los ayudaba y aconsejaba.
Al día siguiente lo esperaba a tentar en su casa el ganadero Eduardo Hernández "Cayeyo", de Guanamé. Privilegio: haberlo llevado en mi coche hasta aquella dehesa. Confieso que no recuerdo lo platicado en esas dos horas de carretera, pero si estoy seguro que habrá sido una cultísima platica como las que dominaba el gran torero. Y ya en la tienta otra vez el mismo diálogo y recuerdo:
–¡A ver, esta vaca es para el maestro Níveas! ¡Venga mi Níveas!
–¡Gracias maestro!. ¡Con su permiso ganadero!
Me emociona ese grito en este momento de escribirlo. No soy el único que en México bautizo de alguna manera. Si lo hizo chuscamente con grandes figuras legendarias; "cuantimás" la leyenda lo iba a ser con un simple mortal como yo, como muchos o pocos. La satisfacción emotiva es precisamente esa, que el maestro Rodolfo Rodríguez "El Pana" me dio ese privilegio.
Recuerdo que puedo presumir con el testimonio del novillero potosino Carlos Rodríguez, a quien por cierto en esa tienta no le fue tan bien y como "acabó varias veces" en el aire, "acabo varias veces" siendo bautizado por el tlaxcalteca como el "maestro Maromas". Apelativos que guardó siempre en su memoria y que el ultimo día que lo vi, volvió a pronunciar.
Al terminar el tentadero aquella tarde, tengo el recuerdo inolvidable de fumar con él un cigarrillo. Sabido por todos su "tormento" respecto de la bebida y los cuidados sobre los vicios, me vio fumar uno de mis "Delicados" con filtro:
–Regáleme uno torero –me dijo con sencillez.
Rápido volteé a ver a su compañero y amigo de San Miguel de Allende, Carlos Meléndez, quien discretamente me hizo una señal afirmativa con la cabeza.
–Claro, maestro.
Y todavía no he visto a alguien fumarse con tanto sabor y majestad un cigarrillo… …si con un puro la tenía, imagínense ustedes con un cigarrillo.
Le ofrecí otro, con su palma de la mano derecha lo agradeció y rechazo. Esa ceniza del cigarrillo tintineaba a cada fumada y el humo se envolvía en su arrugado rostro curtido por tantos y tantos años de leguas caminadas, de sufrimientos, de rechazos, de humillaciones. De la vida de un hombre –fascinante y novelesca– que supo abatir cuanto obstáculo se atravesó en su camino.
Esa ceniza del cigarrillo, como la ceniza de su puro que fumaba en el callejón de la Plaza El Paseo el pasado mes de octubre que lo saludé y que compartí platicas y momentos con él un festival taurino-sinfónico que ahí se celebró.
Esa ceniza del cigarrillo, como las cenizas de las que se levantó en enero de 2007 al renacer como torero y que hoy entrega su vida, cual caballero medieval –origen bélico del toreo– a la ceniza manchada de sangre y tragedia como lo es la fiesta de toros. Esa ceniza que aun puedo ver en su cigarrillo en la ganadería de Guanamé y que hoy de esa vacada corrió el "Pan Francés" que convirtió en leyenda a un hombre que así quiso vivir y morir.
Mítico y legendario, novelesco y romántico, perdido en su vida y tormentoso pasado que vivía como su presente sin pensar en un futuro. Yo creo que nadie lo sabe ni lo tiene seguro, sino prevendríamos nuestros sucesos.
Esa ceniza de un cigarrillo como le vi fumar –efímero como una faena– que generó un humo hoy perdido en el aire y que sigue perfumando el tiempo, como su arte: Eterno.
Así fue la vida de Rodolfo Rodríguez, como la de cualquier hombre, de cualquier mortal… como la ceniza de ese cigarrillo que compartió conmigo.
Así es la vida de El Pana, como la del humo, hoy flotando en el aire y guardado en mis recuerdos –el de muchos, el de todos que un día "sobamos" su palma al saludarle, al más puro estilo tlaxcalteca– pero sobre todo, perfumando el tiempo: parándolo, pensándolo, haciéndolo, viviéndolo, disfrutándolo y ya "dormido", El Pana en su descanso glorioso, soñándolo… como su arte eterno.
¡Dios te bendiga don Rodolfo!, que a nosotros ya nos bendijo al ver y conocer a El Pana, como tu arte: Eterno.
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