Desde el barrio: Una feria para la esperanza
Martes, 14 Oct 2014
Madrid, España
Paco Aguado: Opinión
La columna de este martes
La zaragozana feria del Pilar que ayer terminó bajo una suave lluvia de otoño ha servido para que la profunda crisis taurina que sufría la capital de Aragón quede ya solamente en un mal sueño.
Cuando, tras dejar salir a hombros a Diego Ventura, se cerraban hasta el año que viene las puertas de la plaza de la Misericordia, quedaban en el ambiente las numerosas satisfacciones de la que ha sido una gran feria, en lo artístico y en lo económico. De las mejores de un año tan plano y duro como en España ha sido el 2014 en lo taurino.
Las veintiuna orejas cortadas, las cinco salidas a hombros –en una plaza que exige para ello dos orejas de un mismo toro–, el indulto de un novillo y, lo que es más importante, el alto nivel medio de muchas de las faenas presenciadas han generado el suficiente optimismo, y una grandes expectativas, para mermar el pesimismo generalizado que se venía arrastrando en el mundillo del toro.
El buen trabajo de Simón Casas y Pepe Cutiño, que decidieron aliarse para salvar una plaza sumida en una triste decadencia, ha tenido, como en casi todas las ferias que, juntos o por separado, han organizado este año, unos frutos inmediatos. Y el abono maño se ha saldado en positivo no sólo para ellos sino, sobre todo, para el latente ambiente taurino de la ciudad, que, después de varios años en las catacumbas, ha salido a flote con alegría en cuanto le han dado motivos.
Con una programación muy pragmática, dadas las habituales reticencias de algunas figuras para anunciarse a temporada vencida con el serio toro de una plaza de primerísima, el francés y el sevillano han acertado en plantear tanto una oferta atractiva para el público como en hacerlo con las suficientes garantías de calidad, que es ahí donde radica una clave empresarial que nunca se respetó en las anteriores gestiones.
Horacio Reiba, que ha visto imágenes por la televisión, ya hablaba ayer en este mismo portal taurino de los hechos noticiosos que se produjeron en el ruedo zaragozano durante una feria en la que pesaba el condicionante de que, para bien o para mal, iba a pasar a la historia como la de la celebración del 250 aniversario del coso que levantara el ilustrado Ramón de Pignatelli.
La apabullante rotundidad de El Juli, en su más natural y mejor versión, para proclamarse indiscutible triunfador del abono, la hondura fresca y carismática de Alejandro Talavante para firmar la mejor faena, la explosividad de El Fandi con un gran toro de Fuente Ymbro, la solvencia de Daniel Luque en su encerrona, la perenne habilidad de Enrique Ponce y la clásica sinceridad de Diego Urdiales marcaron el desarrollo de las corridas de toros, donde, como única mancha, sólo algunos pocos cuatreños y cinqueños han resaltado por bravura de la descastada media.
Pero también brilló con luz propia el optimismo generado en dos novilladas cargadas de futuro, con la competencia de los punteros, la proyección de gran figura del extremeño Ginés Marín y la contundencia de Varea para ayudar al indulto de un dulce novillo santacolomeño de la divisa local de Los Maños. Porque ahí, en el escalafón menor, vuelve a haber fundadas esperanzas.
Y todo con una notable asistencia de público, con un aforo cubierto en al menos sus tres cuartas partes en seis de los nueve espectáculos “formales”, junto a los llenazos de esos festejos populares de mañana y noche que en esta plaza siempre fueron garantía de un balance de taquilla saneado más allá de lo que ocurriera en la programación vespertina.
Tarde a tarde se palpaba esta feria en los tendidos de Zaragoza un creciente optimismo, como si hubiera de nuevo ganas de toros en la ciudad, un renovado afán por disfrutar de ese gran espectáculo contra el que, el primer día, se manifestaron con airados y gastados lemas un par de cientos de sectarios antitaurinos.
Lo curioso y más ilustrativo del caso es que los abolicionistas protestaban a las puertas de una plaza que, dos siglos y medio después, en el mismo lugar donde las temeridades de Martincho inspiraron a Francisco de Goya, sigue celebrando con vitalidad y pasión un espectáculo que, se ha demostrado, sigue teniendo plena vigencia a poco que se organice con un mínimo de criterio.
Ahora sólo cabe esperar que estos grandes resultados de la feria hayan servido también para sacar de su ceguera a los políticos ¿responsables? de la Diputación Provincial que, vaya a saber usted por qué tipo de intereses, siempre dejaron la gestión del coso en las peores manos posibles.
Terminó la feria del Pilar, y con ella prácticamente la árida temporada española del 2014. Y lo ha hecho dejándonos un buen sabor de boca, como el de un dulce postre que compensara un mal y espeso menú mal cocinado. Una feria que ha rescatado la plaza de Zaragoza del pozo de la ineptitud de políticos y bandoleros y que ha abierto para el toreo en general una ventana a la esperanza.
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