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De orejas y otras cosas más importantes

Domingo, 28 Jun 2009    México, D.F.    Juan Antonio de Labra / Foto: Sergio Hidalgo           
Una oreja salomónica

A la plaza vamos a ver a un toro embestir de largo al caballo y que lo piquen con elegancia; a presenciar un buen tercio de banderillas; a admirar como se corre un novillo a una mano andando hacia atrás; a sentir el toreo cuando un ejemplar acude humillado a las telas, descolgando el morro por la arena; a admirar una buena estocada: a… tantas cosas que podríamos seguir enumerando sin cesar.

Pero todos estos aspectos sueltos –y aparentemente deshilvanados del espectáculo– conllevan una reflexión cuando se trata de la integralidad de la lidia, un fundamento toral que a veces se olvida porque aquello que se hace delante de un toro o un novillo, según sea el caso, debe contener una misma finalidad: la solvencia técnica, el cimiento sobre el que los toreros deben edificar su tauromaquia y plasmar sus sentimientos.

Sin embargo, a veces sucede, como esta tarde, que la ausencia de un oficio bien aprendido
–como se debe venir a México de novillero, a triunfar, a convencer con argumentos sólidos– se relega al polémico tema de la concesión o no de una oreja.

¿No decía Manolo Martínez sabiamente que las orejas eran “retazos de toro”? ¿Qué más da cortar una oreja cuando no existe la capacidad para cuajar a un novillo como algunos de los que lidió Los Encinos hoy en La México? Aquí, entonces, cortar a no una oreja pasa a un espantoso segundo término carente de relevancia.

Porque a decir verdad, los tres espadas del cartel dejaron ir el triunfo, y dieron la impresión de conformarse con poco, si consideramos las prestaciones que tuvo el encierro del ganadero Eduardo Martínez Urquidi. Y conste que a cada novillero le tocó, por lo menos, un novillo para triunfar.

Tampoco se puede negar que Jaime Ruiz apunta cosas interesantísimas, como ese empaque natural del que está dotado; o una personalidad mexicana y recia, de valor sereno y trazo largo con la zurda.

Porque los momentos estelares del festejo los firmó el novillero de Apizaco al realizar un quite por gaoneras y recrearse en varios naturales de exquisito temple. Pero eso no es suficiente. Y menos si al final de la faena al tercero, se lo echó tres veces encima intentando ejecutar unas bernadinas que no hubiera aprobado al maestro catalán Joaquín Bernadó, que tan grato sabor de boca dejó entre nosotros.

Y si a esto sumamos una estocada tendenciosa, ¿cómo va a ser posible concederle una oreja en la que se supone es la catedral taurina de América? Resulta innegable que el apéndice se pidió, pero a veces es mejor dar la vuelta al ruedo con honores que cortar un trofeo sin la fuerza necesaria. Que si la gente la pidió; que si no la pidió; que si el juez no atendió la petición mayoritaria (había cuatro gatos en el tendido); al final, pamplinas y sólo eso.

Se justifica que no haya toreado bien al bravo sexto porque sopló el viento con fuerza; pero también porque a un novillo de dicho comportamiento hay que poderle desde el principio, y nunca dejarlo venir a su aire y menos si corre el viento.

Y en vez de que la gente agradeciera la presencia de Jorge Schiaffino, candidato al gobierno de la Delegación Benito Juárez, territorio del Distrito Federal al que está adscrita la Plaza México, las mentadas no se hicieron esperar cuando Jaime Ruiz le brindó la muerte de “Coronel”, un novillo encastado que no tuvo quien le escribiera, parafraseando al gran García Márquez.

Alfonso Mateos terminó centrándose con el ejemplar que abrió plaza, un novillo de infrecuente pelo castaño en esta ganadería. Y le tragó el poblano con arrojo porque venía rebrincado y se quedaba corto. A base de aguante le hizo una faena esforzada, dotada de carácter y chispazos de su característico estilo.

Cuando debía formar un taco gordo con el cuarto, sólo consiguió cortar una oreja un tanto circunstancial, tal vez producto de la polémica que se había desatado en el novillo anterior, cuando el juez Ricardo Balderas negó el apéndice a Ruiz, y el empresario, Rafael Herrerías, subió hasta el palco a reclamar esta decisión, en un arranque propio de su forma de ser.

A favor del poblano hay que apuntar sus ganas de agradar y el haberse sobrepuesto, aunque con apurada condición física, a una voltereta en la que se echó encima la embestida de “Vizcaíno”, un novillo de escándalo porque embestía con un ritmo, una entrega y una clase increíble.

Y cuando Mateos debía relajarse, sentir el toreo, gozar aquella bondad hecha toro, hizo una faena como si estuviese toreando un Miura, tan arrebujada y tensa que no le permitió disfrutar a tope aquellas embestidas de caramelo. Un pinchazo hondo y un certero golpe de descabello puso una oreja entre sus manos, la oreja salomónica que había implorado con la mirada fija en el palco.

José Pedro Rodríguez se perdió en las entrañas de la apatía. Carente de fibra y emoción, no terminó de comprender al buen segundo, un novillo que pedía distancia y un toreo en la línea que le permitiera desahogar por completo sus acompasadas embestidas y afianzarse sobre la arena. En cambio, abusó en metérselo detrás de la cadera y el de Los Encinos le dijo que así no era la cosa.

El quinto fue un dócil inválido, el único feo de tipo, que no permitía sino vender la mercancía cerca de sus paliabiertos pitones, algo que tardó mucho tiempo en hacer el leonés del que, tras su paso por la temporada anterior de Arroyo, se esperaba mucho más.

Su mejor momento lo tuvo con la espada, pues colocó la única estocada digna de la tarde. Entró a herir despacio y marcó los tiempos de la suerte con ortodoxia en un clásico volapié. De haber dado importancia a la faena, posiblemente estaríamos hablando del corte de otra oreja, gracias a ese recurso tan valioso que siempre tienen los toreros en la punta de su espada.

Pero dejémonos ya de hablar de orejas o reclamaciones; mejor hablemos de toros con pasión… y propiedad.

Ficha

Domingo 28 de junio de 2009. Cuarta novillada de la Temporada Chica. Unas mil personas en tarde nublada, con ráfagas de viento hacia la lidia del último ejemplar. 6 Novillos de Los Encinos, vareados de carnes, muy en tipo y astifinos, nobles y flojos en su conjunto, de los que destacaron el 4o. por su clase y el 6o. por su bravura. Pesos: 380, 382, 400, 420, 390 y 410 kilos. Alfonso Mateos (blanco y azabache): Silencio y oreja con algunas protestas. José Pedro Rodríguez (azul celeste y oro): Silencio en su lote. Jaime Ruiz (burdeos y oro): Vuelta tras petición y leves palmas. Destacaron en varas César Morales, Luis Miguel González y Carlos Domínguez; y en banderillas, Gustavo Campos y Christian Sánchez, que saludaron. Al finalizar la lidia del 3o. novillo ingresó a la enfermería Jaime Ruiz con una aparente fractura en la décima costilla del lado derecho, de la que fue infiltrado para poder continuar la lidia. Los médicos le recomendaron la realización de un estudio radiológico.


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