Muchas fueron las circunstancias que se vivieron la tarde de este domingo en la Plaza México, donde cayó un aguacero monumental que le puso la pimienta a un festejo entretenido y en el que los tres novilleros, cada cual a su nivel y momento, mostraron sus credenciales e intentaron lograr el triunfo.
Y si Ricardo Frausto mostró ese sitio prácticamente ya de un matador de toros y tuvo una actuación solvente y de calidad, Mirafuentes de Anda dejó ver ese toreo templado cuando logró acoplarse, mientras que Diego Emilio regaló una actuación impregnada de raza y con rápida conexión a los tendidos.
Ricardo Frausto demostró que está para la alternativa; vamos, su tauromaquia ya le pide el toro. La lidia de su segundo se desarrolló entre fuerte lluvia e incluso leve granizada, lo que propició que el público, cubriéndose y con las manos ocupadas, no pudiera corearle del todo lo realizado en el ruedo.
El novillo de Vallencinos tenía nobleza y embestía con un punto de calidad, aunque el estado del ruedo le hacía acudir a la muleta con cierta inseguridad. Frausto lo entendió y así, sin forzarlo, corrió la mano con temple y suavidad, primero al natural y luego por derecha en muletazos templados. Faena sobria y meritoria la del hidrocálido, que remató de pinchazo y una estocada. Quizá por haber pinchado en el primer intento, la autoridad no le concedió la oreja que el público pedía más con palmas y silbidos que con pañuelos, pues la lluvia apretaba con fuerza. Al final, cariñosa la vuelta al ruedo que Ricardo emprendió.
Su primero tuvo un comportamiento un tanto incierto, pues en los primeros tercios tiraba un tornillazo, defendiéndose; aunque en los escarceos iniciales con la sarga parecía entregarse y acudir con recorrido y clase, nuevamente volvió a la senda de las complicaciones y le puso cuesta arriba el tema a Ricardo, que supo solventar la papeleta con su buena técnica y el oficio que ha desarrollado.
Ya con el ruedo arreglado gracias al serrín, en una estupenda labor del cuerpo de monosabios, Mirafuentes de Anda lidió al quinto de la tarde, un ejemplar que si bien es cierto acudía con nobleza, le faltaba transmisión. Recibió con una larga cambiada a portagayola, llevó al novillo al caballo por tapatías y quitó por chicuelinas, variedad capotera que el público agradeció con sus palmas.
Los mejores momentos de Orlando fueron con la muleta en la mano izquierda, pues ligó algunos naturales de muy bella factura y quedó claro que se acomoda más por este perfil. También con la diestra hubo algunos detalles de calidad, con el temple que atesora este joven espada que, debido quizá a su poco rodaje, no logró que la faena mantuviera ese nivel, considerando también que el novillo vino a menos. Tras petición de oreja luego de una estocada delantera en la que resbaló, dio la vuelta al ruedo entre algunas protestas.
El primero de su lote fue otro ejemplar al que le faltó chispa y que, además, fue mal lidiado durante el segundo tercio y los subalternos pasaron fatigas para banderillearlo. Mirafuentes anduvo esforzado, pero la faena no pudo tomar las alturas que este joven espada hubiera deseado y todo quedó en detalles.
Diego Emilio volvió a La México tras el buen sabor que dejó en la primera novillada de este ciclo y tuvo una actuación muy enrazada delante de su primero, un ejemplar de Los Ébanos que manseó desde los primeros tercios y terminó desarrollando sentido, poniendo el peligro en el sentir de los aficionados. El hidrocálido no perdonó en quites y ejecutó unas ceñidas gaoneras; ya en el tercio mortal le dejaba la muleta en la cara al ejemplar para evitar que saliera suelto y poder ligar.
En esta tesitura, le endilgó muletazos que conectaron pronto con los tendidos y ahí quedarán tres naturalazos, en los que se desgarró y transmitió todo lo que lleva en su interior. Fuerte el susto que se llevó al ser prendido por el ejemplar hasta en dos ocasiones, pero el bravo torero de Aguascalientes siguió poniendo el corazón por delante, incluso notándose revolucionado, lo que le granjeó el apoyo de un público que se lamentó al verlo pinchar con la espada y sufrió cuando, en el segundo intento, se llevó una fortísima voltereta de la que se pensó llevaba una cornada. Una sonora ovación desde el tercio fue el resultado final de esta entregada labor.
Ante su segundo, visiblemente lastimado tras los arropones descritos, no escatimó esfuerzos. Ya la sarga comenzó toreando bien, pero adelantó la suerte en un descuido y sufrió la voltereta, tras la cual el astado desarrolló sentido y volvió a echárselo a los lomos. Ante tal situación, Diego Emilio se plantó para seguir intentando pero, visto lo visto, posteriormente prefirió abreviar, aunque falló en repetidas ocasiones con la espada y el descabello, hasta escuchar dos avisos y ser nuevamente empitonado, retirándose entre algunos abucheos que se entreveraron con palmas.
Y así, mientras caía la noche en esta gran ciudad, las circunstancias que se presentaron en este festejo marcaron el resultado final, en el que, más allá de lo numérico, se pudieron vivir aspectos de notorio interés