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Tauromaquia: Diego Silveti rompe el ayuno

Lunes, 20 May 2013    Puebla, Pue.    Horacio Reiba | Opinión   
La columna de este lunes en La Jornada de Oriente

Sobre la novena de San Isidro se precipitó ayer una tormenta apocalíptica, anunciada por rayos y centellas y culminada en escalofriante granizada. La arena de Las Ventas no tardó en blanquearse casi por completo, pero aun así, la corrida siguió adelante. Todo empezó justo cuando se abría el toril para dar paso a "Orador", con sus 544 kilos y menos clase que los dos primeros murubes de Fermín Bohórquez. Pero Diego Silveti, vestido de verde manzana y oro, sacó del caballo al zaino, se echó el capote a la espalda y ciñó un quite por gaoneras de las auténticas –sacando el pecho y los brazos, cargando la suerte- que detuvo la desbandada del tendido y devolvió al empapado ruedo toda la atención.

No fue la primera sorpresa no sería la última, porque en cuanto tomó muleta y espada se fue hasta los medios y brindó el toro al público, que respondió con un alarido de aprobación. Y allí mismo, desde largo, desafió a "Orador" y aguantó impávido sus cinco primeras embestidas -dos péndulos, uno de costado y el deslizado firmazo con la zurda para preparar el remate con el de pecho-. Al toro, noble, le costaba repetir, pero el ímpetu del torero de Salamanca lo suplía todo. Se encontró, sin embargo, con que el de Bohórquez, al que obligó mucho con la derecha para poder ligar dos tandas cortas en redondo, por el otro pitón ni humillaba ni terminaba de pasar. Compás de espera. Excepto para el incontenible diluvio, que cada vez cobraba mayor fuerza.

Las bernadinas, ceñidísimas, pusieron su nota dramática al cierre del muleteo. Y el estoconazo, casi entero y fulminante, terminó de desatar los entusiasmos. ¿Sería posible, con la gente aferrada a paraguas y plásticos, que la petición de oreja prosperase? Prosperó y finalmente se impuso, a despecho de algunos pititos intransigentes. Poco importa que el alguacil haya tenido que hacer traer el apéndice del destazadero. La oreja cortada por Diego era la segunda que se otorgaba a un matador en la isidrada de 2013. Y la primera a un mexicano desde el 22 de mayo de 2000, cuando El Zotoluco paseó la del cuarto ejemplar salmantino del Puerto de San Lorenzo.

Haciendo historia. El 8 de octubre de 1922, Juan Silveti Mañón, bisabuelo de Diego, se convertía en el primer extranjero en cortar en Madrid dos orejas a un mismo toro -de Felipe Montoya, tarde en que Luis Freg cortó una-. Y el 26 de abril de 1953, su abuelo Juan Silveti Reinoso cobraba el apéndice auricular de su primero de Atanasio Fernández, el último de siete obtenidos en Las Ventas por Juanito, uno de los toreros más clásicos y puros que ha dado México. Es precisamente ahora, este 19 de mayo de 2013, cuando otro Silveti vuelve a alzar un trofeo auricular en Madrid. Y lo hizo, según se relató, con todos los elementos en contra, bajo un diluvio y de un toro que, siendo muy suave, mantuvo la cabeza alta y acortó pronto su embestida. 

Tarde redonda. Nuestro paisano tuvo el mérito adicional de levantar, en el momento clave, una tarde aparentemente abocada  al naufragio. Y lo hizo además con el peor lote de una corrida fina y enclasada de Bohórquez –su segundo, una mole con 580 kilos bautizado como “Navajero II”, era un burriciego sin lucimiento posible--. Felizmente, por esa puerta que el mexicano abrió a fuerza de casta y pundonor torero terminaron por colarse también sus alternantes. 

En efecto, tanto el arlesiano Juan Bautista como el salmantino Juan del Álamo cortarían  cada cual una oreja, el francés tras dibujar varios naturales extraordinarios –hondos, reunidísimo con “Lanzavientos” en trazos bellamente templados--, aunque no es seguro haya aprovechado del todo las cualidades de ese sobrero paliabierto de Carmen Segovia que derramaba clase en su francas acometidas. Y el hispano Del Álamo como culminación de una actuación muy entregada y con muchos detalles de toreo sentido y bueno –sobresalientes sus verónicas de recibo, del tercio a los medios, al toro que desorejó, "Navajero I", quinto del festejo--, con lo que consiguió suplir con creces su escaso rodaje.

Así, de un cartel sin relumbrón y en una tarde azotada por los elementos,  emergió la corrida más completa e interesante de lo que era, hasta ayer, una isidrada marcada por la adversidad.

Perera planta su estandarte. De hecho, si uno quita la gran tarde ecuestre de Diego Ventura, el crudo valor de López Simón y media faena de El Cid, empujado por la ilusión de los madrileños de recuperar al excelente muletero de otros tiempos, la sequía isidril era consternante. Y no por culpa de los toros, que aunque bajos de casta en general, toparon con una torería derrotada de antemano. Y el que no, como Manzanares, presa de ese toreo mecánico y previsible que cada día dice menos al público. El desmoronamiento de Castella y Morante –por no hablar de Talavante en su fallida encerrona del sábado- explica a las claras de qué estamos hablando.

Un torero hubo, sin embargo, que tuvo muy presente a qué se va a Madrid. Y lo demostró de manera fehaciente. El día 16, Miguel Ángel Perera hizo embestir a los de Alcurrucén, le cortó al tercero una oreja que pudo duplicarse si su puntillero no falla tanto, y todavía, con otro faenón  al quinto, amagó seriamente con abrir la díscola Puerta de Madrid. Lo impidió un espadazo algo trasero a ese colorado de los Lozano, luego de  convincente exhibición de toreo bueno, cuyo secreto fue el de toda la vida: parar, consentir, empapar, templar, aguantar la revuelta y ligar los pases. En terreno muy corto y con una muleta pequeña, impecable y de mando muy lento. 

Bien lo merecía Perera, diestro tan bien dotado para el arte como extrañamente postergado por las mafias que manejan la fiesta.

Talavante, el fracaso de su vida. Antecedentes: en Madrid se encerraron alguna vez con victorinos Francisco Ruiz Miguel (1986), El Niño de la Capea (88), Roberto Domínguez (89) y Manuel Caballero (98). Todos abrieron la puerta grande. Decidido a emular dichas gestas, Alejandro Talavante se hizo anunciar este sábado 18 con reses del mismo mítico hierro. Llenazo en Las Ventas, a despecho del cielo nublado y las ráfagas heladas. Le habían prometido un acontecimiento y el público lo entendió y asumió así. Después de todo, Talavante tiene más cartel  en Madrid que el de cualquier otro diestro en activo. 

La debacle. Que la corrida terminara en bronca era lo menos que a priori pudo imaginarse. Alejandro Talavante, sublime con el toro boyante, campeón del post-toreo con el post toro de lidia mexicano, dueño de un estilo personal, imaginativo y fresco como nadie en los últimos tiempos, fracasó estrepitosamente con los victorinos.  Ni siquiera fue capaz de suscitar una bronca de las memorables, al estilo de El Pana o Curro Romero. Simplemente se dejó ir por la pendiente hasta redondear una tarde infausta, tras cumplir con el penoso deber de despachar seis toros mansurrones e insípidos, con los que Victorino Martín acompañó en su debacle al extremeño.

Expectativas defraudadas. El público de Madrid podrá ser el más duro y arisco del planeta. Pero no con Talavante ni mucho menos el sábado; recibió al solitario espada no sólo con simpatía sino incluso con afecto, y mantuvo ese apoyo durante toda la tarde. Por lo menos hasta que aquél decidió tirar por la calle de en medio en el quinto, y salió a despachar al último armado desde el principio con espada de acero, señal de que lo único que buscaba era terminar cuanto antes.Bajo ningún concepto, el público de Madrid puede ser responsabilizado del fracaso del extremeño.

Elección inoportuna y falta de actitud. Es verdad que ningún victorino tuvo los atributos de casta y bravura necesarios para romper la inercia tediosa de la tarde. Pero fueron Alejandro y su administración quienes eligieron esa ganadería a sabiendas, se supone, de que lleva tiempo lejos de su mejor momento. Y así les fue.

Pero quizás el yerro mayor de Talavante estuvo en su notoria falta de actitud. Dicen que cuando Armillita decidió encerrarse en Madrid con la corrida de Marcial Lalanda (18.07.32), se dejó sugestionar por quienes le recomendaron que, puesto que iba a sudar la ropa como nunca, procurara ataviarse con un terno ligero, que no agregara peso al que tenía el imponente encierro de la durísima divisa toledana. Fermín vistió, por única vez en su vida, un terno de pasamanería negra. Y, preocupado como salió, efectivamente tuvo una tarde para el olvido.

Talavante, vestido también él de pasamanería sobre la seda encarnada de un vestido sin luces, pasó como una sombra por la arena de la Monumental y en momento alguno se descaró de verdad con los toros. Medio se defendió, la muleta en la zurda, ante el tercero, el más asequible del sexteto de Victorino. Y quizá, de doblar el astado a la primera estocada, le habría cortado la oreja. Esa salida al tercio fue su único premio del día ilusamente planteado como el de la consagración final. El que casi sepulta un prestigio duramente labrado a través de los años. 

Réquiem por un clásico. Una noticia infausta sacudió ayer al toreo. Ha fallecido, en su Sevilla natal y con 91 años, el célebre artista andaluz Pepe Luis Vázquez Garcés, gran figura de la fiesta y alternante de Manolete, Arruza y Dominguín en los años cuarenta. Y más tarde de la generación de su hermano Manolo, Antonio Ordóñez, Aparicio, Litri y Antoñete. Tomó la alternativa en 1940 y, tras un breve retorno, se retiró en 1959.

Eslabón de la cadena aúrea del toreo sevillano, pautada por artistas de la talla y genialidad de Rafael El Gallo, Chicuelo, Cagancho, Curro Puya, Pepín Martín Vázquez, Manolo González, Curro Romero y Morante de la Puebla, destacó Pepe Luis por esa pureza de estilo que, unida a su clarividencia como lidiador, le valió el mote de Sócrates de San Bernardo, el barrio donde nació.

A México vino en los inviernos de 1944-45 y 1945-46. Sin prodigarse demasiado –torero de inspiración, no de pelea— no dejó de cuajar varios toros inolvidables, como "Anillito" de Piedras Negras (11.02.45), "Soberano" de Zacatepec (03.02.46) y, especialmente, "Cazador" de Coaxamaluca (17.02.46), en tarde de apoteosis compartida con Manolete y Luis Procuna.  


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