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Manolo Vázquez, un artista natural
Domingo, 12 Oct 2008 | México, D.F.
Fuente: Juan Antonio de Labra
El 12 de octubre de 1983, Manolo Vázquez se retiró de los toros. La última corrida de su vida fue en Sevilla, por supuesto. No podía ser otro el escenario. Casualmente, dos años antes de esta definitiva despedida, el hermano menor de Pepe Luis tomó la decisión de volver a vestirse de luces tras haber toreado de corto en México.
La figura del maestro se yergue en el tiempo como una referencia obligada de clasicismo. Su concepto del toreo está sumergido en las profundidades del arte. Se trata de una expresión del alma que brota con naturalidad: hermosa evocación de sencillez. Al fin y al cabo, como sabiamente dijo Belmonte, “se torea como se es”. La tauromaquia de este sevillano ilustre tuvo uno de sus momentos estelares hacia el final de su carrera. Fue en los albores de 1981 cuando su toreo adquirió una verdadera dimensión, y tanto los aficionados que le habían visto torear en sus primeros años como los nuevos, pudieron disfrutar de la esencia de lo bien hecho, un atributo que en el arte del toreo se transforma en fundamento. El juvenil Manolo que vino a México en 1954, no era muy distinto de aquel que consiguió abrir la Puerta del Príncipe frisando el medio siglo de vida, y cuando pisó tierras aztecas demostró que lo suyo no era la estadística, sino tratar de estar bien y disfrutar delante de los toros. Si su hermano mayor, el maestro Pepe Luis, tuvo la fortuna de actuar en la desaparecida plaza “El Toreo” de la Condesa, Manolo dejó la primera impronta de artista en la plaza nueva, “El Toreo” de Cuatro Caminos, donde le cortó dos orejas al toro de su presentación, el 19 de enero de 1954. En la siguiente corrida, el arte de Manolo Vázquez volvió a inundar el ruedo de “El Toreo” pues cuajó una faena cumbre a un toro de Xajay al que cortó las orejas y el rabo. Estas cartas credenciales le sirvieron para confirmar su alternativa en la Plaza México, que apenas tenía ocho años de inaugurada. El acontecimiento tuvo lugar la tarde del 11 de diciembre de 1955, de manos de Juan Silveti y ante el testimonio de Jaime Bolaños. El toro de la ceremonia se llamó “Bandolero” y pertenecía al hierro de Tequisquiapan. Vázquez causó buena impresión pero no consiguió triunfar con tanta rotundidad como lo había hecho en Cuatro Caminos. No obstante, fue contratado dos tardes más en el coso de Insurgentes en la temporada que él mismo había inaugurado al dar muerte al primer toro de esa corrida. La siguiente fue el 8 de enero de 1956. Alternó con Jesús Córdoba y Paco Méndes. Al quinto, un toro llamado “Platero”, de Rancho Seco, le hizo una faena entonada que malogró con la espada y solamente dio una ovacionada vuelta al ruedo. Dos semanas después, el domingo 29 de enero, fue el testigo de la confirmación del portugués Antonio Dos Santos al que Antonio Velázquez le había cedido los trastos para dar muerte a un toro de Zacatepec. A “Danzonero”, de Rancho Seco, Manolo Vázquez le cuajó una gran faena que tampoco pudo rematar con la espada. Sin embargo, la gente le obligó a dar dos ovacionadas vueltas al ruedo. Durante sus estancias en México, gustaba de pasar muchos días en el campo. Visitó mucho la ganadería de La Punta y también Pastejé, donde Carlos Arruza le invitaba frecuentemente. Como todo artista que se precie, Manolo Vázquez desapareció del panorama taurino mexicano por espacio de veinticinco años y volvió en 1980 -ya retirado- para torear algunos festivales organizados por su amigo, el matador Jesús Solórzano. El de mayor importancia tuvo lugar en el Rancho del Charro, donde alternó con Alfonso Ramírez “El Calesero”, Alfredo Leal, Curro Romero, el propio Solórzano y Armillita Chico. En este festejo, el moreno de San Bernardo lidió un novillo de Las Huertas con impecable poderío al que cortó un apéndice concedido por el juez de plaza que estaba asesorado por tres grandes toreros: Cagancho, El Soldado y Silverio Pérez. Fue en estos festivales cuando demostró que se encontraba en el mejor momento de su carrera, pues veía todo con extrema claridad. Su madurez técnica y artística estaba a tope. Y fue así como tras este fugaz pero significativo paso por México, decidió reaparecer vestido de luces para dictar cátedra, porque un artista de su talla todavía tenía mucho que decir. |
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Manolo Vázquez, inolvidable
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