La corrida de Baltasar Ibán tuvo dos toros para triunfar: segundo y tercero; y otro más para haberse entonado mucho más –el cuarto–; sin embargo, la terna no aprovechó del todo la ocasión y los tres toreros del cartel se conformaron con poco, lo que desembocó en frustración.
El mejor librado fue Fermín Spínola, sin lugar a dudas, pero no terminó de entusiasmar con un lote manejable, por noble y hasta dócil, delante del que estuvo correcto y sin enfadarse. Y así es muy difícil captar la mirada de la gente... o la atención de las empresas.
A esta plaza hay que venir dispuesto a dejarse la piel en el ruedo; pensar que tal vez no haya retorno posible al hotel y salir mentalizado a poner lo que haga falta –y más, si cabe– para triunfar, una empresa harto difícil porque casi nunca embisten los toros. Pero cuando embiste más de alguno, como ocurrió hoy, con más razón es preciso salir a arrear como un loco y tirar la moneda al aire, ¡que para eso se es torero!
No muchos espadas hubieran cuajado al encastado segundo, uno de los ejemplares más completos de la presente Feria de San Isidro, pues el ibán pedía una muleta poderosa y templada, que no fue la que precisamente le ofreció Serafín Marín a lo largo de una faena desigual, en la que el catalán se preocupó más por el tendido que por someter por abajo de la pala del pitón las exigentes embestidas de "Pistolero".
Y así como decía el maestro Antoñete que las grandes faenas debían componerse de más muletazos de oro, que de plata o de cobre, aquí pasó al revés: hubo más de lo último. A un toro como éste había que torearlo con el corazón por delante y muchos arrestos. Porque toros como "Pistolero" encumbran a un torero y le abren las puertas de la gloria, sobre todo en una plaza como la de Madrid.
El tercero fue otro ejemplar que sirvió mucho; más aún por el pitón derecho, ya que se rebozaba con ímpetu y galopaba de largo. Parecía que Rubén Pinar, que el domingo anterior había hecho una faena entonada a un bicho de Guardiola, iba a romperse más. Pero no fue así. La faena, como la de Serafín, se desarrolló entre altibajos y ausencia de coraje; eso sí, con la complicación lógica de unas ráfagas de viento que se entrometieron en la tela cuando quiso probar a "Camarito" por el pitón izquierdo, y para entonces ya era demasiado tarde.
En este sentido, habría que apuntar una digna y sobria actuación del mexicano, pero insuficiente si se quiere seguir abriendo camino en Europa. Porque los dos toros de su lote fueron facilones de torear y Fermín no fue capaz de poner la chispa que les faltaba a los de Baltasar Ibán que le tocaron en suerte.
Ahí estaba precisamente el interés de dos faenas aseadas, antecedidas de quites interesantes, pero carentes de la emoción que se requiere para reventar aquello. Había que atacar; era necesario montarse un poco más, pisarles el terreno con más autoridad y que hirviera la sangre. En cambio, sólo se mostró centrado y aseado. Lo mejor de toda su actuación fue la magnífica estocada con la que mató al primero, una de las más importantes de la feria.
Y en los toros restantes –el quinto y el sexto– ya no hubo nada qué hacer porque llegaron moribundos a las muletas de Serafín y Pinar, que ya habían dejado la ocasión de triunfar en sus respectivos primeros ejemplares. ¿Adónde vamos con esto? A ninguna parte.
La gente salió desilusionada del coso, meditabunda, con ese hastío clásico de muchos domingos, como hoy, en los que el "pero", ese "pero" amargo del poeta, se impuso a determinadas circunstancias favorables.