El torero de Ocotlán tuvo una Temporada Grande cuesta arriba, con un par de triunfos significativos y también una cornada grave que supuso uno de los momentos más dramáticos del ciclo capitalino cuando un toro de Santa María de Xalpa se lo echó a los lomos y le abrió las carnes al ejecutar la estocada con la que le dio muerte, en una espeluznante estampa de esas que no se olvidan.
El sino de Humberto ha sido la lucha; el estar siempre en la lona y levantarse para demostrar una inquebrantable vocación a la que el destino ha pueso las pruebas más duras. Y él, que sintió el llamado de la afición desde que era un niño, cuando aprendió a torear de la mano del entonces veterano maestro Heriberto García, nunca ha dado muestras de flaqueza, aunque, a veces sí, de melancólica desesperanza.
Flores afrontó la campaña de La México con la moral por las nubes, pues apenas unos meses antes de presentarse en la primera de las tres corrida que toreó, había confirmado su alternativa en Las Ventas de Madrid, en el verano de 2008.
La primera corrida de su paso por el coso de Insurgentes fue el 19 de octubre, acartelado con Federico Pizarro y Pepe López, al que confirmó el doctorado. Esa tarde también se jugó un encierro de Santa María de Xalpa, el primero de los dos que lidiaron los ganaderos Benigno Pérez y Miguel Valladares en la campaña.
Fue una tarde polémica en todos sentidos, pues Humberto le cortó una merecida oreja al segundo toro del festejo, tras hacer una faena aseada, de temple y ligazón, que rubricó de una magnífica estocada.
Y aunque la afición de esta plaza le ha dado muestras de cariño y aliento, no se puede negar que también le exige. Así fue con el violento cuarto, un toro que desarrolló sentido y al que sólo pudo robar algunos naturales de una gran reciedumbre. Sin embargo, un amplio sector del público se puso a favor del de Santa María de Xalpa y recriminó la labor de Humberto.
Esa solitaria oreja fue el pasaporte directo a otra corrida, que tuvo lugar el 11 de enero de 2009, de nueva cuenta con toros de Xalpa. Se regustó en una faena de temple y suavidad a un toro que tuvo nobleza, y al que mató de una soberbia estocada para que le concedieran un apéndice.
En el toro siguiente fue víctima de una injusticia, pues le negaron absurdamente la oreja del toro agresor, que salió muerto de la mano mientras Humberto iba calado en brazos de las asistencias, tuvo que tragarse la amargura en el Hospital Mocel, donde permaneció ingresado durante varios días. Y tras una larga convalecencia, reapareció en La México con una corrida de Montecristo que no funcionó.
Así fue como culminó la temporada para Humberto Flores, un torero profesional y pundonoroso, que tiene bien aprendido el oficio, y un lugar en el corazón del público de la Plaza México. Un hombre al que la vida le ha puesto un sinnúmero de obstáculos, esos que le han hecho salir adelante para alimentar su inmensa vocación torera.