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De antiguas costumbres taurinas
Viernes, 24 Oct 2008 | México, D.F.
Fuente: Librado Jiménez
A partir de la reaparición de El Pana en la escena taurina nacional, han brotado memoriosos de las antiguas costumbres taurómacas cómo hongos después de la lluvia, y se percibe en el ambiente cierto olor a lavanda añeja. Pero hay fondo y forma en algo tan intangible como las manifestaciones artísticas, particularmente en el toreo que es, entre pocas, una referencia efímera en la que el arte dura lo que un olé. Es decir, un suspiro. A veces corto; otras, pronunciado y sentido.
El decir que El Pana representa una referencia ortodoxa del arte del toreo, es tan inexacto como afirmar que las raíces del toreo son fumarse un habano en el paseíllo, o no liarse el capote de paseo para partir plaza o llegar a ella a bordo de una calesa. En realidad, estos rituales parecen más bien dedicados a recrear las artificiosas litografías taurinas llegadas de España a fines del siglo XIX. En todo caso, en donde mejor se conservan las auténticas costumbres taurinas de antaño es en el campo bravo mexicano, ahí es donde el herradero se convierte en una divertida fiesta familiar. Después de que las reses menores de un año se han herrado y los invitados se sacuden el polvo y el olor a pelo quemado, vienen los tacos, las cervezas y el tequila para comentar entre una alegría exaltada las incidencias de esta hermosa faena campera: “¿no que muy torero, güey?" "Agarraron mejor la becerra las muchachas que tú, ¡hasta pálido te pusiste cuando se levantó!" Y es que en muchas ganaderías mexicanas los becerros y becerras se hierran en un corral pequeño, atadas de manos y una pata y alguien sosteniendo la cabeza del animal entre las piernas para impedir que se lastime los tiernos pitones. Pero la más antigua costumbre sobreviviente en el campo bravo de nuestro país es, sin duda, el tentadero a campo abierto, donde el ganadero, asistido por el caporal, hace sus anotaciones a lomos de un caballo, mientras un matador lleva a la vaquilla seleccionada al picador en un llano de sol. Observar a un torero dueño de un conocimiento profundo del capote, que es el primer instrumento que se utilizó en la tauromaquia tal cómo la conocemos, cuando este arte bélico se bajó del caballo y se convirtió en una celebración lúdica, es contemplar esculturas danzantes. Es precisamente el capote lo que lleva al toro a templar su embestida y es, a pesar de lo que ha cambiado el gusto y el propósito del toreo, lo que hace reconocer la antigua raíz de la tauromaquia. Hace algunos meses, para ayudarle a recuperar el sitio después de una fuerte cornada, el ganadero Pablo Labastida invitó a su poderdante, Ignacio Garibay, a la finca de Espíritu Santo. Y organizó un tentadero a campo abierto, en medio de uno de los potreros de la ganadería. El día en que se tentaron las becerras calentaba el sol del altiplano, sol invernal picoso como las vaquillas seleccionadas por el ganadero, quien junto a otros colegas del rumbo, atestiguaba la bravura de las utreras haciendo sus anotaciones. El matador Garibay, acompañado por dos novilleros potosinos, llevaba las becerras a terrenos del caballo bajo las indicaciones del ganadero que hacia anotaciones, para después darse gusto toreándolas con muleta antes de dejarlas irse a seguir pastando en el mismo potrero en que fueron tentadas. Esto tiene forma y fondo; forma porque la estética íntima del campo se manifiesta llena de tradición que es donde la tradición le da el fondo de trabajo ranchero y auténtico. Y también hubo sentimiento, ya que hasta Paulina Gordoa, esposa de Pablo Labastida, dio unos sentidos muletazos a la última vaquilla que se toreo ese día. Más tarde fuimos al tentadero de Santo Domingo y ahí gozamos del arte de capote, éste también con sabor antiguo, de Ignacio Garibay, que tentó para semental un toro colorado. Estas pues, señores, son las costumbres taurinas antiguas que se deben de practicar para preservarlas. Lo demás es bisutería, bellos adornos “nostálgicos”, pero bisutería al fin y al cabo. |
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Olor a pelo quemado
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