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Posada y los Toros
Miércoles, 29 Oct 2008 | Aguascalientes, Ags.
Fuente: Xavier González Fisher

Si hemos de tomar como cierta la afirmación de Nicolás Rangel –puesta ya en crisis por Daniel Medina de la Serna y José Francisco Coello Ugalde entre los más notables–, los primeros toros de lidia que llegaron a México, pisaron las playas de Veracruz a mediados del Siglo XVI y fueron después llevados al Valle de Toluca, a la merced de tierras que en Atenco fue concedida a don Juan Gutiérrez de Altamirano para criar ganados allí.

Lo que si tiene una documentación cierta, es que el primer festejo taurino celebrado en México, se verificó el día de San Juan de 1526, pues Hernán Cortés, dentro de su Quinta Carta de Relación refiere que en esa fecha, fue informado del arribo a México del Juez de Residencia, Licenciado Ponce de León y señala que conoció la noticia al estarse corriendo ciertos toros y en regocijo de cañas.

Investigadores como Salvador García Bolio, Julio Téllez y el nombrado José Francisco Coello Ugalde, ponen en duda la naturaleza de las reses utilizadas en esos juegos de toros y cañas y proponen que más que tratarse de bovinos traídos de Europa o su descendencia, eran “cíbolos” o bisontes americanos, que en su conformación física, eran en el nuevo mundo, lo que más se parecía a los toros de las tierras de dónde habían venido.

Sea como fuere, el hecho trascendente es que a partir de esas calendas el toro ya está en América, en México para mayor precisión y es desde esos tiempos que se ha integrado a nuestra manera de ser de tal forma, que ha permitido numerosas expresiones artísticas en torno a su lidia, siendo una de ellas, muy mexicana y orgullosamente nuestra, de Aguascalientes, la generada por uno de los grabadores qué más han impactado con su obra en las artes plásticas en el mundo entero, me refiero a José Guadalupe Posada.

El genio

Nace el 2 de febrero de 1852 en el barrio San Marcos, hijo de Germán Posada y Petra Aguilar. Vive una infancia difícil, como la de todos aquellos que pertenecen a la clase social que está alejada de los medios de instrucción y de desarrollo en el llamado “siglo de las luces”, apenas treinta años después de que se consumara la Independencia Nacional. No obstante, pronto demuestra una innata facilidad para la expresión gráfica, lo que le lleva a ingresar a la Academia Municipal de Artes y Oficios en 1864, a estudiar dibujo y pintura, lo que le daría los rudimentos necesarios para iniciar una carrera que lo llevaría a la inmortalidad. Esta etapa de su existencia la cuenta así Carlos Monsiváis:

En su biografía constan la extrema pobreza, el oficio panaderil del padre, el analfabetismo de los progenitores, la protección de su hermano, el profesor Cirilo, que lo alienta a "hacer monos", la infancia transcurrida durante la Intervención francesa, la iniciación artística en la Academia Municipal de Dibujo del maestro Antonio Varela, que da a copiar figuras religiosas o de la baraja, la entrada al taller de grabado y litografía de don José María Chávez, el aprendizaje al lado de don José Trinidad Pedroza, "verdadero y principal maestro" de Posada según Alejandro Topete del Valle .

Será precisamente en el taller de imprenta de J. Trinidad Pedroza donde se revele el genio de Posada. Allí se propondrá la redacción e impresión de un periódico político en contra del Gobernador Jesús Gómez Portugal, del que se tiraron once números. “El Jicote. Periódico hablador pero no embustero redactado por un enjambre de avispas", fue ilustrado en su totalidad por el joven José Guadalupe en 1871, quien demostró su facilidad para interpretar gráficamente los sucesos del momento y encontrarles la arista satírica o humorística que la línea editorial de “El Jicote” requería.

Dado el giro que adquirió la empresa del señor Pedroza, que en su momento llegó a ser la más próspera de su ramo en esta Ciudad y el rumbo que los acontecimientos políticos tomaron, el taller de imprenta tuvo que ser desmantelado y mudado a la vecina ciudad de León, Guanajuato, donde funcionó a partir de 1872, dedicándose a actividades políticamente inocuas como la impresión de cajetillas de cigarros, estampas religiosas y marbetes comerciales. En 1876, al disolverse la sociedad con Pedroza, Posada se encarga del taller. Un año antes se había casado con María de Jesús Vela.

En 1889 se instala en la capital de la República después de que una inundación en León deja inservible su taller y allí comienza a demostrar sus aptitudes como grabador recorriendo los talleres de imprenta ofreciendo sus servicios casi de puerta en puerta, labrándose una reputación. De nueva cuenta recurro a Monsiváis, quien citando a Antonio Vanegas Arroyo, lo describe de esta manera:

Cada mañana, antes de venir a verme, Posada visitaba otros talleres preguntando si necesitaban algún grabado. Si ellos decían que sí, de los amplios bolsillos de su gabán extraía un buril y el resto de los materiales. Allí mismo, Posada cortaba la viñeta requerida o el retrato o aquello que necesitasen. Terminado el trabajo se dirigía a la siguiente imprenta repitiendo su pregunta .

Posteriormente, se quedaría de fijo en el taller de Vanegas, en el número uno de la calle de Santa Teresa y pondría después el suyo propio, en la calle de Santa Inés número 5, hoy Moneda, en el Centro Histórico de la Ciudad de México, quizás el sitio donde se tomó la fotografía que hemos visto hace un momento. En ese lugar, uno de los insignes del muralismo mexicano, José Clemente Orozco, gustaba de ir a verlo trabajar, pues tanto con Vanegas, como después en su taller, Posada ejecutaba su arte a la vista del público, en una vidriera que daba a la calle, a través de la cual los transeúntes observaban su habilidad con buriles, gubias y demás utensilios necesarios. El muralista tapatío recuerda así esas escenas:

Posada trabajaba a la vista del público, detrás de la vidriera que daba a la calle y yo me detenía encantado, por algunos minutos, camino de la escuela, a contemplar al grabador, cuatro veces al día. Éste fue el primer estímulo que despertó mi imaginación y me impulsó a emborronar papeles con los primeros muñecos, la primera revelación de la existencia del arte de la pintura. Fui, desde entonces, uno de los mejores clientes de la editorial de Antonio Vanegas Arroyo .

Con Vanegas trabaja otro importante grabador, Manuel Manilla, quien junto con el yucateco Gabriel Vicente Gaona “Picheta”, inicia una corriente artística que alcanzará su máxima expresión en nuestro paisano: Las calaveras, que vienen a representar un sincretismo entre las costumbres católicas del recuerdo de los fieles difuntos y la veneración de los que terminaron sus días en esta tierra de los pueblos prehispánicos. Un singular culto a la muerte que es entre festivo y doliente y que en esa primera arista, permitió, tanto al artista gráfico, como al rapsoda callejero, perpetuar en la memoria acontecimientos o hacer chufla de ellos con el pretexto de la veneración de la memoria de los que, en términos taurinos, “se fueron por delante”.

La asociación de Posada y Vanegas será el origen de una tradición importante que nos dejará conocer una parte importante de la obra cotidiana de Posada, el último tercio del siglo XIX en México se caracteriza indudablemente por una población mayoritariamente analfabeta, que requiere de la síntesis visual que le relate un acontecimiento. A esa descripción en imágenes, se suma generalmente un corrido o unas décimas, de fácil memorización, que versifican el hecho y que novelizan de manera comprimida el suceso y a veces, hasta música le ponen, lo que permite la tradición oral de esas noticias, que salen de las esferas de la rígida censura a la que están sometidos los medios convencionales de comunicación, los que además, solo están disponibles para aquellos que tienen las habilidades suficientes para leerlos.

…En lo tocante a los redactores, sabemos que el impresor contó con la ayuda de su hijo Blas Vanegas Arroyo (Rubí), Constantino S. Suárez (Chóforo Vico), Francisco Osacar y Ramón N. Franco. Desconocemos quién o quiénes compusieron los corridos. Existen dos posibilidades que al parecer se combinaron: algunas composiciones fueron obra de la colectividad y la imprenta se limitaba a recogerlas, reproducirlas y reformarlas y otras fueron escritas por Antonio Vanegas Arroyo o sus colaboradores …

Así nacen la “Gaceta Callejera” y la infinidad de hojas volantes en las que se reproducían corridos, tragedias, “mañanitas” y hasta las noticias de la muerte del Romano Pontífice, como el caso del Papa León XIII, que representan para la mancuerna Posada-Vanegas, un “éxito editorial”. Pero también sirven como medio de crear personajes útiles para un sinfín de propósitos, como “Don Chepito Mariguano” “Doña Caralimpia”, de quienes Monsiváis nos señala:

Posada casi nunca chotea a personas específicas, fuera de las exigencias de la política, a la que se dedica de modo infrecuente; su burla se filtra o se expresa a través de alegorías, las facciones que son en sí mismas alucinantes (Doña Caralimpia), o ese personaje graciosísimo, el homenaje de Posada a la sátira de la transgresión, don Chepito Mariguano, mezcla de viejo raboverde, demagogo, cómico chusco, disparate a la moda, payaso de las bofetadas, alma de la fiesta, acosador sexual. Don Chepito, inermidad y locura, contempla con sonrisa depravada las ineptitudes de la inepta sociedad, que en su oportunidad lo vapulea.

La importancia de la obra de Posada

Louis Daguerre logra la primera impresión fotográfica definitiva en 1837, la fotografía como hoy la concebimos, se considera inventada en 1839, cuando las emulsiones químicas que fijan las imágenes se logran estabilizar sobre papel y las impresiones se pueden trasladar con cierta ligereza de un lugar a otro sin los cuidados que exigían las placas de vidrio en las que se imprimían los originales daguerrotipos.

Así es como se empieza a plasmar de una manera realista, con un escaso filtro de la imaginación del realizador, las escenas del diario vivir. En sus inicios, la fotografía prescindió del color, pues solo se pudieron reproducir imágenes en escalas de grises, las que sin desdoro de la novedad, restaban elementos esenciales a las escenas que perpetuaban, dejando a la memoria del testigo o del cronista o a la imaginación del observador la realidad cromática del momento en ellas fijado.

Otro inconveniente de la fotografía en sus inicios era el que solo podía reproducirse en papel específicamente destinado a ese efecto, por lo que su copia en algún medio distinto era tecnológicamente imposible. Y en el aspecto meramente taurino, existía otro inconveniente, que nos presentan Durán y Sánchez Vigil de la siguiente forma:

Durante el Siglo XIX se ejecutaba un toreo rápido, casi a la carrera. La fotografía por el contrario, era lenta, lo que no permitía captar imágenes en excesivo movimiento. El hecho se debía a que el obturador de las cámaras no contaba con el mecanismo para abrir y cerrar en mínimas fracciones de segundo …

Como podemos ver, aunque José Guadalupe Posada surge a la vida artística en una época en la que la fotografía hace su aparición, ésta no representa aún una utilidad para difundir las cosas de los toros, lo que no quiere decir que el naciente arte no se haya ocupado de la fiesta, pues ya en 1852, la Sociedad de Bibliófilos Españoles encargó la perpetuación fotográfica de la Plaza de Toros de la Real Maestranza de Sevilla. Por otro lado, Jean Laurent, francés afincado en Madrid, realiza una serie de álbumes taurinos con fotografías de estudio de los “Primeras Espadas” de la época, como Cúchares, Chiclanero, Paquiro, Pepete y Cayetano Sanz.

La fototipia vendrá en 1869 en Alemania y resultará ser el medio ideal para por medio de clichés fotográficos, reproducir imágenes en grandes cantidades para insertarlas en periódicos o libros. Antes de este mecanismo, se aprovechaban las fotografías para a partir de ellas, dibujar la realidad y de allí, realizar un grabado en metal que podría ser utilizado en la imprenta, -como el caso de la revista madrileña “La Ilustración Española y Americana”, que al pie del grabado indicaba “de fotografía directa”- pero este nuevo invento haría posible ya la reproducción de la fotografía en directo y así, el primer diario que publica una imagen fotográfica, es del “Daily Herald” de Nueva York, en el año de 1880, en tanto que en lo taurino, la revista “Blanco y Negro” de Madrid lo hace el 7 de enero de 1893.

Las limitaciones técnicas anteriores dejan al entresiglos del XIX y el XX en la situación de aprovechar los medios existentes para, como lo decía líneas arriba, encontrar esa síntesis visual que comunicara las noticias que no podían ser leídas por la mayoría y así, primero, por la ausencia y después por la escasez de una tecnología adecuada, quedaron dos opciones interesantes, la de la litografía en la que resulta ser un histórico exponente Daniel Perea en la revista española “La Lidia”, llamada por Luis Nieto Manjón “modelo de periodismo” y la otra, el ya nombrado grabado en metal o en madera, especialidad en la que nuestro José Guadalupe Posada trascendió los límites del tiempo y hoy mantiene su vigencia todavía con personajes como su cosmopolita “Catrina”.

Posada y los toros

Posada era aficionado a los toros. No tengo una base documental para afirmarlo, pero algunos rasgos de su obra creo que así lo delatan. Tuvo espacio en su labor para ocuparse de “La Charrita Mexicana” o de ignotos toreros como Juan Corona o José Galea -quien vino a México como banderillero de Manuel Hermosilla y a decir de Cossío, “ocasionalmente mataba toros por las provincias”-, de quienes diría mi amigo José de la Luz López, fueron de “medio sol”, parte de la argamasa de la historia del toreo, pero solo trascendieron a nuestros días, porque quedaron perpetuados en los grabados del sanmarqueño José Guadalupe, dado que sus hazañas en los ruedos no conquistaron para ellos la memoria colectiva. Y abundo aquí, en el caso de Galea, recoge una escena que tiene una profunda taurinidad, una larga cordobesa, que diría José Francisco Coello, acerca de una de Calesero, es de esas que llevan a la eternidad.

Por supuesto, también se ocupó de Diego Prieto “Cuatrodedos”, a mi juicio, más destacado en México como empresario y constructor de plazas que como torero y del emblemático Bernardo Gaviño, el diestro que vino de Puerto Real, Cádiz, a traernos la tauromaquia a la española y a abrevar de la que se había gestado en México durante casi tres siglos y que en Texcoco encontraría el último toro de su vida, siendo ya de edad provecta y que es llamado con justeza por Paco Coello como “el abuelo del toreo contemporáneo en México”.

Al hacer mi testamento
declaro que soy cristiano
y dejo por heredero
al valiente de Ponciano.

Pues le viene por derecho
y porque así yo lo mando,
que en el arte de la lidia
es el primer mexicano…

En fin, ya me despido;
me encuentro ya hoy en la fosa,
ya no hay Bernardo Gaviño,
hoy me cubre ya una losa …

Ponciano Díaz Salinas, el torero y charro de Atenco, fue uno de los personajes centrales de la obra taurina de Posada. Se encargó de difundir su imagen desde su aparición en los ruedos mexicanos, de cubrir todos los aspectos de su ascenso a la cumbre taurómaca en el territorio nacional y por supuesto, los triunfos alcanzados allende el Atlántico, triunfos que eran cantados por nuestro pueblo en forma de corridos y de décimas, recopiladas en cancioneros ilustrados con grabados ex profeso.

Ponciano Díaz es el primer mexicano que recibió la alternativa en la plaza de toros de Madrid, el día 17 de octubre de 1889, cuando Salvador Sánchez “Frascuelo”, le cedió al toro “Lumbrero”, berrendo en colorado, del Duque de Veragua, en presencia de Rafael Guerra “Guerrita”, demostrando esa tarde, ser poseedor de un indomable valor. Previamente había actuado en la misma plaza, en exhibición de su tauromaquia personal, de la que una crónica de la época, publicada en “La Ilustración Española y Americana” del 30 de julio de 1889, dice lo siguiente:

"En la Plaza de Toros de Madrid se han presentado los mejicanos Ponciano Díaz, Agustín Oropeza y Celso González, para hacer gala de su destreza en la lidia y dominio de reses á la usanza de su tierra… El público madrileño tiene en materia de toreo un gusto muy formado y muy estrecho, y es difícil satisfacerle con lo que se aparte de sus aficiones: hay matadores muy aplaudidos en otras plazas, que no son tolerados en la de Madrid, donde todo estreno y novedad son peligrosos… El arte antiguo del rejón, que sólo se usa ya en las fiestas Reales, no es del agrado de los aficionados del día, con ser un arte muy gallardo. Bien puede estar satisfecho Ponciano Díaz de los aplausos que obtuvo al poner banderillas á caballo, suerte tan lucida como bella, en que no supimos qué admirar con preferencia, si su habilidad de jinete ó de domador por lo bien amaestrada de la jaca que montaba, ó el arte, precisión y gallardía con que plantó las banderillas, que al desplegar sus cintas cubrieron al toro con los colores mejicanos y españoles… También halló el público mérito en las suertes de colear, lazar y montar el toro, aunque no gustaron tanto como espectáculo y diversión. El banderilleo mejicano obtuvo la palma, y ó mucho nos equivocamos, ó ha de hacer escuela y alternar en nuestras corridas con las suertes españolas, por lo airoso y lo lucido".

Como podemos observar, llamó la atención de la afición española de aquél tiempo su personalísima forma de enfrentar a los toros, que representaba un sincretismo entre la lidia hispana a la andaluza, que es la predominante y las suertes charras derivadas del manejo del ganado en el campo.

Como lo señala el cronista al final, efectivamente la actuación de Ponciano dejó escuela y pronto se observó su impronta, pues en la retirada de Frascuelo de la vida pública, el que fuera su picador, José Bayard “Badila”, lidió a caballo un novillo a la manera del charro atenqueño, de lo que oportunamente dio cuenta el semanario citado hace unas líneas, en su edición del 15 de mayo de 1890:

"El acontecimiento popular de estos días ha sido la retirada de la vida pública hecha solemnemente por el célebre matador Salvador Sánchez, ó Frascuelo… Hace veinticinco años era Frascuelo un obscuro y pobre oficial de papelista, que pedía un capote prestado para aprender á torear. Hoy se retira á la vida privada rico, famoso y vitoreado… En la función de despedida, todos le obsequiaron haciendo habilidades. Badila, ese picador que canta y representa, banderilleó á caballo, á la mejicana: cuando vimos á Ponciano Díaz hacer esa bonita suerte, presentimos que nuestro arte nacional la adoptaría, y vemos que no nos engañábamos…"
  
También Posada ilustraría los recuerdos por la muerte del torero, que no alcanzó a ver el nuevo siglo, pues apenas con cuarenta y tres años de edad, falleció en la Ciudad de México el 6 de abril de 1899, ya cuando su estrella había declinado y aunque propietario de su plaza de toros del Paseo de Bucareli, su tauromaquia cedió el paso a la española, que es la que permanece entre nosotros hasta estos días.

Adiós querido Ponciano,
nos dejas gratos recuerdos
y desde el punto en que estés,
te enviaremos nuestro afecto

En fin, se acabó Ponciano,
ya no volverá a torear,
ha pasado a la historia,
duerme para siempre en paz.

Otro torero popular y muy mexicano que fue objeto de la atención de José Guadalupe fue Lino Zamora, otro de trágico sino. De este torero nos cuenta el cronista queretano de ese tiempo, Valentín F. Frías:

"Lino Zamora fue general en su arte e hizo época; pero capital jamás llegó a hacer, como los lidiadores de nuestros días… Lino lidió en toda la República y si hoy, en nuestro furor taurino hubiera vivido, sin temor de duda que habría dejado muy atrás a nuestros lidiadores… Era de cuerpo regular, bastante gordo, de grande abdomen, de bigote entrecano, de rostro ceñudo, color entre cobrizo y apiñonado y amistoso con todos… Su arrojo y sangre fría eran extraordinarios. Mataba a los toros a su antojo: hincado, parado, sentado en una silla con los ojos vendados; en una palabra, como se le dijese. Banderilleaba como el que más; y con otra gracia, que lo hacía con la boca, a caballo y banderillas de pulgada".

Lino Zamora murió en Zacatecas, en una reyerta con su banderillero Braulio Díaz, quien pronto dejó la cárcel, a causa de los amores de una mujer, Prisciliana Granados y como lo escribe don Manuel Horta, la noticia corrió como reguero de pólvora, surgiendo décimas y corridos como los “Legítimos Versos de Lino Zamora, traídos del Real de Zacatecas” que en su día ilustró Posada para dar a conocer el trágico deceso.


¡Pobre de Lino Zamora!
¡Ah qué suerte le ha tocado!
Que en el Real de Zacatecas,
un torero lo ha matado.

Rosa, rosita, flor de romero
ya murió Lino Zamora;
¿Qué haremos de otro torero?

Mas no solo los nacionales serían objeto de la obra de Posada y así, Rafael González MadridMachaquito”, el tercer Califa de la Córdoba Taurina, también figuraría tanto en los cancioneros del repertorio de la casa Vanegas Arroyo, como en los diversos carteles impresos en ella, sobre todo durante la temporada de 1905, que fue para Machaquito de grandes triunfos en las plazas mexicanas.

Antonio Montes Vico nació en la Triana de Sevilla el 20 de diciembre de 1876. Una temprana sordera y una taciturna personalidad, lo hicieron refugiarse en la ocupación de sacristán del templo de Santa Ana en el barrio de su nacimiento. Recibe la alternativa en Sevilla en 1899 de manos de Antonio Fuentes, marcando un interesante caso para la historia taurina de esos días, pues pasó por el escalafón de la novillería sin ser banderillero anteriormente.

Pronto va a llamar la atención su manera de hacer el toreo, quizás no considerado artístico para aquellas fechas, pero demostrativo de un gran valor, pues paraba a los toros y los hacía volver para intentar ligar las suertes en un mismo terreno, tal y como nos lo describe Rafael Solana “Verduguillo”:

"Carecía de la elegancia de Fuentes, del poderío de Bombita, del valor emocionante y atropellado de Machaquito, pero tenía otras cualidades, siendo la principal de ellas el PARAR como nadie, lo mismo con el capote que con la muleta. A juicio de los críticos de la época fue el precursor de la revolución que pocos años después acaudillaría otro trianero: Juan Belmonte. Porque Antonio fue el primero que pisó terrenos que entonces se consideraban prohibidos y el primero también en ligar las suertes sin enmendarse… Por eso atrajo desde un principio la atención de los buenos aficionados y por eso provocaba tan acaloradas discusiones…"

Como vemos, dentro de su ensimismamiento, Montes transmitía a los tendidos y comunicaba a los conocedores algo, lo que le consiguió un lugar importante entre la torería de su tiempo, pero dadas las condiciones de los toros que entonces se lidiaban y su propio estado de salud, era víctima de percances frecuentes, lo que le impedía contratos frecuentes.

El antiguo sacristán de la llamada Catedral de Triana se figuró siempre que esa circunstancia era una conjura entre Bombita, Machaquito y Fuentes en su contra, por lo que decide venir a México en 1905 y aquí revitaliza su cartel, pero al aparecer en estas tierras esos tres toreros, más cotizados en España, bajan también aquí sus actuaciones, hecho que el trianero vuelve a atribuir a la confabulación de los que entonces mandaban en la fiesta y que eran los tres antedichos.

Montes se anuncia para actuar en la antigua Plaza “México” de la Calzada de la Piedad el domingo 13 de enero de 1907, alternando con Antonio Fuentes y Ricardo Torres “Bombita” en la lidia de tres toros españoles del Marqués del Saltillo y tres nacionales de Tepeyahualco, con cruza de un semental de Miura. Se cuenta que el vecino del número 63 de la calle Pureza acudió a los corrales a ver lo que había encerrado y que al ver al número 42 de los tlaxcaltecas expresó su disgusto.

El domingo, tras del sorteo, fue informado por Calderón, su banderillero -el que descubrió a Belmonte años después- que ese 42 le había correspondido y que saldría en segundo lugar, dejando al de Saltillo para el lugar de honor. Antonio Montes no tuvo más que aceptar su destino y salir a jugarse el todo por el todo, pues un triunfo entre Fuentes y Bombita le llevaría quizás a recuperar algo del terreno que había perdido las últimas temporadas y en su forma de ver las cosas, aclararía algunas cuentas que estaban pendientes. Por cierto, el nombre de ese toro número 42 se llamaba “Matajaca”.

La lidia de “Matajaca” comenzó entre el triunfo y la tragedia, pues tras de cuatro imponentes verónicas, al intentar el remate, el torero fue prendido y llevaba un puntazo hondo en la corva derecha. Tras de ese incidente, los picadores Salzoso y Mazzantini batallaron para dar algunos picotazos al toro y también Blanquito y Calderón sufrieron lo propio para cubrir el segundo tercio. Con la muleta, Montes realizó una faena breve, pero de mucha exposición, con sus alternantes siempre cerca, prestos a salir al quite.

“Matajaca” juntó las manos en la división de sol y sombra y Antonio se tiró a matar, perfilándose un poco largo, entrando muy derecho y muy despacio, dejando toda la espada en lo alto. Al intentar salir por el costillar, el toro derrotó y prendió al torero, enganchándolo por el glúteo izquierdo, hundiéndole todo el pitón derecho.

El desenlace de la historia lo cuenta así Verduguillo:

"… en la enfermería, un cuarto destartalado, sucio y carente de lo indispensable, el doctor Carlos Cuesta, asistido por dos médicos más y dos pasantes de quinto año desinfectaba la herida con agua oxigenada, ligaba dos vasos gruesos y taponaba con gasa yodoformada… En el parte facultativo se expresaba: ESTA HERIDA, POR SÍ Y POR LAS COMPLICACIONES QUE PUEDAN SOBREVENIR, ES DE LAS QUE PONEN EN PELIGRO LA VIDA… El Dr. Cuesta SABÍA que MONTES iba a morir y con un gran valor y con una gran honradez profesional se responsabilizó de aquél caso de fatal necesidad… dada la poca resistencia física del herido -tuberculoso avanzado y padeciendo frecuentes ataques disentéricos- no aguantaba la operación que era preciso hacerle, que consistía en una laparotomía, sacarle los intestinos y resecar todas las partes contundidas por el cuerno. ¡Se habría quedado en la operación!... Preciso es aclarar que en la enfermería los médicos no se dieron cuenta exacta de los daños causados por el cuerno; sí se constató que había penetrado la cavidad, pues ahí se perdía la exploración. Fue al hacerse el embalsamamiento, cuando todo se vio con claridad .

Posteriormente resulta ya parte de la triste leyenda del torero, el hecho de que su cadáver se haya incendiado en el depósito del Panteón Español, cuando esperaba ser embarcado a España y después que en Veracruz, al prepararse a ser embarcado, haya caído al mar. Todo esto fue material para que se compusieran décimas, se hicieran hojas y gacetas publicitando, tanto su desgraciada muerte, como los infaustos acontecimientos posteriores a ella y por supuesto, José Guadalupe Posada los ilustró con su singular sentido de la comunicación por medio de las imágenes.

El trece del mes de Enero
Que era domingo en la tarde
Le cogió a Antonio Montes
El toro para matarle

Médicos no le faltaron
A Montes junto a su lecho
Pero no pudo vivir
Pues el mal ya estaba hecho…

El advenimiento de Rodolfo Gaona al “planeta de los toros” no iba a pasar desapercibido para un artista como Posada, tan enamorado de todo lo mexicano. Pronto lo hizo personaje de algún cartel taurino y después, junto con los redactores de la casa Vanegas tendría que ocuparse de dos asuntos con ribetes de tragedia en la vida del Petronio.

La primera es una cornada sufrida en Puebla, el 13 de diciembre de 1908. Rafael Solana afirma que no era de gran importancia el percance, localizado en la parte posterior del muslo, pero que Ojitos, quizás en busca de publicidad para su torero recién alternativado, llevó hasta la Angelópolis al principal cirujano de la capital, al doctor Aureliano Urrutia, para trasladar a Gaona. Tal movilización motivó la composición de un corrido, titulado “Rodolfo Gaona en Puebla. Efectos del número 13”, ampliamente difundido en hojas volantes.

México de luto está
porque muriendo Gaona
seguro se quedará,
sin esa gloria sazona,
que conquistan los toreros,
pero cuando son a prueba,
valientes y verdaderos,
así les truene o les llueva.

En Puebla no hay buen ganado,
puros bueyes y mañosos;
mirando lo que ha pasado,
¿no han de ser supersticiosos?

Fueron por lana de a pila,
nuestros diestros afamados,
más torearon a Trasquila
y salieron trasquilados .

Sobre el otro asunto, en “Mis Veinte Años de Torero”, Gaona contó a Carlos Quirós “Monosabio”, que una señorita hija de alemanes, María Luisa Noecker, se aficionó a los toros y se hizo gaonista, pretendiendo conocer al torero a través de un hermano de Refulgente Álvarez y de Enrique Frutos, sobrino de Ojitos, quienes la invitaron a una fiesta, a la que supuestamente asistiría Rodolfo.

Al parecer, la dama asistió al festejo de marras, bebió más de la cuenta y después alguno de los asistentes abusó de ella aprovechándose de su estado inconveniente, lo que motivó que ella optara por suicidarse. Entre las cosas que se encontraron en la cercanía de su cadáver, estaba un retrato de Gaona y un medallón con una fotografía del diestro.

Al iniciarse las averiguaciones del hecho, se logró saber que para trasladar a la señorita Noecker a la fiesta, se presentó un automóvil en su domicilio y el conductor indicó que iba de parte de Rodolfo Gaona, motivo por el cual, se le llamó a rendir declaración ante las autoridades investigadoras, pero al establecer fehacientemente que estuvo en el teatro y en algún restaurante acompañado de Remigio Frutos “Algeteño”, su mozo de estoques, fue dejado en libertad.

Los periódicos “El Imparcial”, “El Heraldo” y “El País” iniciaron de inmediato una campaña en contra del torero, exigiendo su detención y enjuiciamiento y así, se libró en su contra una orden de captura, por lo que fue ingresado en la cárcel de Belén, donde fue compañero de celda de “El Tigre de Santa Julia”. Verduguillo narra lo siguiente de ese pasaje de la vida del Califa de León:

"…fúmese un cigarro de éstos… ¿De qué marca son?... Son de una marca especial. Los hago con una yerba que traigo aquí dentro de los botines… ¿Y qué clase de yerba es esa?... Usted no pregunte más y dele tres chupadas… Poco después Gaona se sintió invadido por una oleada de optimismo. Y por primera vez se puso a conversar afablemente con su compañero de reclusión. Le dijo que era torero y que estaba preso por la muerte de una señorita a quien ni siquiera llegó a conocer. El otro también refirió por qué se encontraba allí: tuvo que matar un policía, dijo con cierta tranquilidad, porque me quería agarrar nomás por ganarse quinientos pesos que le habían ofrecido… Y terminó aquella conversación con el intercambio de lo que podríamos llamar tarjetas orales… Yo me llamo Rodolfo Gaona… A mi me dicen El Tigre de Santa Julia…"

Rodolfo Gaona y Jiménez fue dejado en libertad veintiún días después de su captura, al quedar claro para la autoridad judicial que no había tenido absolutamente nada que ver en los hechos que culminaron con el suicidio de María Luisa Noecker. Dijo el Petronio al respecto:

"A los veintidós días, una mañana me dijeron que estaba libre, por… falta de méritos. Me privaron de la libertad, me difamaron, me escarnecieron y luego: Puede usted retirarse, porque no hay méritos… La justicia ni siquiera me dijo ‘Usted dispense’… A las puertas de Belén me esperaban como dos mil personas que, cuando me vieron aparecer en las puertas de la cárcel, me dieron una ovación. Esa ovación no podré olvidarla. Es de las que más he agradecido: era la satisfacción que se me dio por lo que la prensa y la justicia me habían hecho…"

La noticia de la liberación de Rodolfo Gaona fue también comentada e ilustrada por el equipo de Posada-Vanegas, así como comentada en verso, como se observa de la hoja volante que se imprimió para la ocasión titulada “La Libertad Caucional del famoso diestro Rodolfo Gaona”, en la que se lee lo siguiente:

El más bonito año nuevo
Que Rodolfo recibió
Fue salir bajo fianza
De bartolina y prisión

El día 30 de diciembre
De la tarde al ser la una
Rodolfo dejó la cárcel
Con muchísima fortuna.

No es la libertad completa
Pues está bajo caución
Pero al menos ya en la calle
Podrá arreglarse mejor

Seguramente que Posada se ocupó de otros toreros. Tengo la certeza de algunas interesantes litografías sobre el brillante y longevo Arcadio Ramírez “Reverte Mexicano”, no me cabe duda que El Meco, Juan Silveti, aficionado a las ‘calaveras’ como él, también sería objeto de la interpretación del grabador y algunos otros de sus contemporáneos como el mismo Belmonte y los ya citados Fuentes, Bombita y algunos más, pero en esta ocasión, solamente me he ocupado de los que he podido conseguir soporte gráfico, es por eso que no aludo a las carreras, seguramente interesantes y azarosas, de esos afamados diestros, a los que podré abordar en otra ocasión.

Colofón

Hoy en día los analistas especializados en la vida y obra de José Guadalupe Posada afirman que él no se veía como un artista, sino como un artesano, pero la realidad es que el juicio de la posteridad respecto de su obra, es en el sentido de que tuvo un profundo sentido creativo y si bien, los mecanismos de su creación eran artesanales, la expresión, desde mi punto de vista, está impregnada de un gran espíritu estético.

En estos tiempos también se pretende regatear a José Guadalupe Posada tanto la cantidad como la calidad intelectual de mucha de su obra. No hace mucho, en el acto en el cual se entregó a la UNAM la biblioteca del caricaturista Boris Rosen, Rafael Barajas, caricaturista del diario “La Jornada” e investigador sobre el tema, lo calificó de pro porfirista, de haber sido un desconocido en su tiempo y de ser un mito creado por Diego Rivera a partir de 1920.

Me parecen temerarias las afirmaciones del “Fisgón” -tal es el seudónimo de Barajas- pues no creo que autoridades en la materia como el nombrado Diego Rivera o José Clemente Orozco hayan incurrido en errores de apreciación tan profundos como para que se haya tenido que edificar un mito en torno a su personalidad y su obra y que diversos museos, Universidades y coleccionistas particulares alrededor del mundo, aprecien su obra grandemente, simplemente no todos pueden estar “tan” equivocados .

Así como Goya incluyó en sus grabados de Caprichos, escenas del mundo de las brujas para ejercer su crítica social, Posada recurre a la otra cara de la vida: la muerte, para intensificar su crítica social siempre con sentido humorístico, lo que le permite usar el ridículo y la extravagancia. Las escenas y figuras del ‘más allá’ no son sino del ‘más acá’, pero transfiguradas en el mundo de las calaveras y esqueletos que tienen plena vida .

A las nueve de la mañana del 20 de enero de 1913, en la casa número 6 bajos de la avenida de La Paz, hoy Calle del Carmen número 47, a los 66 años de edad falleció José Guadalupe Posada. A causa de su pobreza económica, fue enterrado en una fosa de sexta clase del Panteón Civil de Dolores y siete años después, al no poder refrendar sus familiares el alquiler del lote, su osamenta pasó a ser ‘una calavera del montón’ en una fosa común, pero aún así, Diego Rivera le convirtió en uno de los personajes centrales de su mural “Un Domingo en la Alameda”, del brazo de su “Catrina”, paradójicamente, el más inmortal de sus personajes.

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El genio de Posada

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