El comentario de Juan Antonio de Labra  

"...Y si José le ganó a Juan la partida en Talavera..."

Si Joselito El Gallo no determinó el día de su muerte en Talavera, por la sencilla razón de que un toro acabó con su vida, Juan Belmonte sí tomó la decisión de poner punto final a la suya el 8 de abril de 1962, cuando estimó que había llegado el momento de marcharse.

En ambos casos, y sin importar las circunstancias, los dos se convirtieron en leyenda, el primero 42 años antes que el segundo. Los dos, de manera trágica e inmediata, con muertes que provocaron una terrible conmoción.

Dicen que Belmonte lloró la muerte de José intensamente aquel 16 de mayo de hace un siglo, sabedor de que el genio de Gelves se le había adelantado y ya nada sería igual a partir de ese momento, ni siquiera por esas dos últimas y triunfales temporadas de 1934 y 1935, cuando cosechó varios triunfos históricos.

Los de mayor calado tuvieron lugar en la plaza de Las Ventas de Madrid, donde cortó sendos rabos. El primero, el 21 de octubre del 34, al toro "Desertor", de Carmen de Federico; el otro, el del toro "Ocicón", (así, sin "h") de la célebre divisa salmantina de Coquilla, el 22 de septiembre del año siguiente.

El suicidio de Belmonte cerró el último capítulo de una historia extraordinaria de la de la Época de Oro, cuando José y Juan fueron la piedra angular sobre la que se edificaron las bases de la evolución del toreo del siglo XX.

Por un parte, y bajo el influjo de Joselito, con su talante visionario; por otra, la revolución técnica del Pasmo, que acortó distancias, comenzó a torear en redondo con más frecuencia, y delineó el concepto del temple; el toreo de brazos y no de piernas.

En medio de estos dos colosos caminó Rodolfo Gaona, ese gran artista mexicano que rivalizó de manera directa y decidida con José y Juan durante algunos años, y que también dejó una profunda huella y trazó el rumbo de una forma de torear con un sentimiento que marcó al toreo azteca.

Joselito El Gallo fue el paradigma de Juan Belmonte. No se puede entender la existencia de uno sin el otro. Y si José le ganó a Juan la partida en Talavera con aquella muerte gloriosa, que vino a liberarlo del drama que vivía, Juan se inmoló muchos años después con un tiro en la sien, en la soledad del campo, ya cuando el hastío y la desesperanza le habían carcomido el alma.

El centenario de la muerte de José, que está a pocas semanas de conmemorarse, representó un antes y un después en la historia moderna del toreo, mientras que la muerte de Juan fue la consecuencia lógica de un final igualmente trágico y rotundo.






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