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Desde el barrio: Cada verano, en El País

Martes, 30 Jun 2015    Madrid, España    Paco Aguado | Opinión   
La columna de este martes
Cada año cuando llega el calor –y esta vez es del tipo africano, en España saltan las primeras noticias de graves cornadas y hasta de muertes en los festejos taurinos populares. Y con ellas, también como cada año y con la misma persistencia de la cansina columna antitaurina de Manuel Vicent por San Isidro, al diario El País le sube la fiebre abolicionista.

Desde hace ya varias décadas, este comienzo de verano motivaba a los directores del prestigioso periódico español a repartir a sus becarios y corresponsales por los pueblos de la piel de toro para seguir el rastro de la sangre derramada en las miles de capeas y encierros que se celebran desde junio a septiembre en honor de medio santoral.

La reducción veraniega de noticias de interés, que en otros diarios se solía suplir en el papel con mucha playa, notas banales y curiosas, mucho eco de sociedad, pasatiempos y fiestas patronales, en El País dejaba hueco, por pura tradición editorial, al relato tendencioso de los truculentos sucesos taurinos de esa España que las "mentes superiores" del periodismo siguen considerando tan negra como las pinturas de Goya.

Pero ahora, con menos medios en las redacciones –la crisis e internet están haciendo del periodista un eterno becario hasta en publicaciones tan pomposas como El País son youtube, twitter y demás "fuentes de información" en boga las que le ahorran a este "diario antitaurino de la mañana" la búsqueda de datos morbosos con los que justificar editoriales tan desafortunados y oportunistas como el que publicó ayer lunes.

A propósito de las dos últimas muertes producidas en este tipo de festejos populares, que, para que engañarnos, no serán las únicas del verano, los editores de El País han abierto su campaña antitaurina de 2015 con un texto en el que piden con urgencia "un endurecimiento de la regulación de las fiestas con toros en España, para eliminar cualquier ayuda pública que reciban y con el fin declarado de su prohibición en un plazo razonable de tiempo". Ahí queda eso.

Tan declarada toma de postura resulta este año concretamente de un burdo oportunismo, en tanto que de un plumazo los responsables del sesudo y pragmático diario han acabado asumiendo y hasta haciendo suyas las proclamas antitaurinas más demagógicas de los en España crecientes partidos radicales.

Igual que estos nuevos políticos dizque de izquierdas forjados en el "riesgo" de las redes sociales, El País se lanza sin ningún tipo de pudor a esa piscina sin agua de considerar que la falta de supuestas subvenciones municipales acabará con unos festejos que, como ya pensaron y se equivocaron hace un siglo intelectuales mucho más comprometidos que ellos, estos tipos de ahora siguen considerando un lastre para la evolución del país.

Claro que la evidencia, también más que centenaria, dice que no les será tan sencillo como creen acabar por decreto con unas tradiciones tan arraigadas en la cultura española, con esos festejos taurinos abiertos que, sangrientos o no, tienen una base popular incluso más fuerte que las propias corridas de toros, a las que indirectamente también sustentan.

Desde el asiento de una redacción es demasiado fácil proponer su "prohibición en un plazo razonable de tiempo", pero no parece que lo pueda ser tanto cuando quieran llevarla a cabo a pie de obra. Es decir, cuando tengan que ser los propios alcaldes de esos pueblos "salvajes" los que tengan que plantearles la prohibición a sus propios vecinos.

Porque ni los partidos independentistas se han atrevido a tanto en esa Cataluña donde, por mucho que ahora no haya corridas, los toros siguen saliendo por las calles del delta del Ebro e incluso de la misma Badalona, a escasos kilómetros del Palau de la Generalitat.

Pero lo que extraña también de este demagogo editorial es que, con el alarmismo de las dos últimas muertes por asta en Extremadura y Levante, El País exija un "endurecimiento de la regulación de las fiestas de toros", cuando fueron precisamente las persistentes campañas veraniegas de este mismo periódico las que hace un par de lustros forzaron las estrictas legislaciones vigentes sobre los encierros.

Y son esas nuevas normativas las que al mismo tiempo, con tantas exigencias burocráticas y de "seguridad" como imponen, han triplicado los presupuestos que los ayuntamientos han de asumir para organizar estos encierros y capeos que, no lo olvidemos, suelen ser el acto central inexcusable y de mayor participación de todo el programa de fiestas en miles de pueblos.

Sí, resulta fácil proponer fríamente aboliciones desde una redacción, sin conocer la idiosincrasia y las costumbres de cada población, sin respetar los gustos de la mayoría de vecinos de cada lugar donde se celebran estos ritos y, además, creyendo incautamente que una res brava es un objeto controlable que no debe poner en riesgo la vida de las personas que se le enfrentan. 

Pero si tanto les preocupan las muertes gratuitas de los festejos populares, también podrían empezar en El País por pedir la prohibición de la práctica del esquí, del montañismo, del motociclismo, del puenting, del parapente y de toda esa larga retahíla de deportes "extremos", que provocan muchos más accidentes mortales y en los que la gente busca quemar adrenalina y sentirse viva con el riesgo, exactamente igual que el que decide recortar a un toraco sobre la arena de una plaza mayor.

Claro que tantas y tan rentables "modernidades" se prestan mucho menos a la demagogia y en nada tienen que ver con ese cansino cinismo antitaurino, tan "culto", tan "progre" y tan alejado de la realidad social, de cada verano en El País".


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