Desde el barrio: Matar la ilusión
Martes, 10 Feb 2015
Madrid, España
Paco Aguado | Opinión
La columna de este martes
Siguen saliendo a la calle los carteles de las primeras ferias españolas, o se especula con los que están a punto de hacerlo, y la relación de combinaciones, tan monótona como en los últimos años, se convierte en un arma tóxica contra la ilusión.
Más de lo mismo, esa es la única fórmula que se les ocurre a las empresas para responder a la delicada situación por la que atraviesa la fiesta en su cuna y centro geodésico. Y sin que haya más lugar a la imaginación en su rutinario trabajo que la de difundir al mundo su inmovilismo por las redes sociales, a través de unos inexpertos gabinetes de prensa con los que creen haber llegado definitivamente a la modernidad.
Pero como dijo alguna vez el irrepetible Tinín en una tertulia radiofónica, con su marcado acento cheli, uno no se hace aficionado ni se apasiona por el toreo entrando en internet. A la pasión de los toros se llega por otras vías: la de las vivencias directas, la de las tertulias sabrosas, la de las lecciones de los sabios callados, la de las propias experiencias...
Y, por supuesto, uno se aficiona por la ilusión de ver cumplidos sueños y anhelos, por la esperanza de ir siempre a la plaza para ver algo distinto, por el egoísmo de colmar los sentidos y de removerse en el asiento, para bien o para mal, con lo que esté por llegar y por suceder sin que los nombres del cartel anulen toda posibilidad de sorpresa.
Es ese veneno de la incertidumbre el que nos arranca del sillón y nos lleva a la taquilla, mientras que la rutina de lo predecible se convierte en su antídoto perfecto, una especie de purga que expulsa del corazón del aficionado las inquietudes y el afán de perseguir utopías.
Pero se publican, de un golpe o a goteo, entre rumores y chismes, los carteles de las primeras ferias y, confirmadas las sospechas, la ilusión se acaba trasladando a la UVI, malherida y en estado crítico. Y no sólo la ilusión del aficionado sino también la de los nuevos toreros con proyección y los que han hecho los suficientes méritos para salir del reducido círculo de lo mezquino.
Se mata la ilusión con esos carteles mil veces repetidos, cerrados a cal y canto a la novedad y a la esperanza, tanto por el tancredismo empresarial como por el torpe egoísmo de unas figuras en decadencia. Y se aniquila así también el futuro, sin que las nuevas generaciones de toreros, las que habrán de enfrentarse en precario a los años más duros de la moderna historia de la tauromaquia, vean siquiera una mínima recompensa a sus sacrificios ni un solo estímulo para seguir peleando.
Es ese, sin ir más lejos en la actualidad, el caso de José Garrido, al que no sólo se le ha negado una alternativa digna en su tierra sino también un puesto en los primeros ciclos de levante, después de haber arrasado como puntero en la temporada 2014, con un total de catorce orejas en su haber en las plazas de máxima categoría.
Y la pregunta es inevitable: ¿qué más debe hacer un novillero, por no poner otra docena de ejemplos, para que los negociantes de esperanzas le reconozcan sus méritos? ¿Cuánto más debe triunfar para que, como fue siempre, se le haga hueco un par de días entre los grandes por ver si confirma su proyecto?
Cegado sólo en sus cuitas y sus ruinas inmediatas, el empresariado taurino español debería parase a pensar de una puñetera vez en el verdadero objetivo de su trabajo, y en los plazos que se fija para sacar del atolladero a este sistema anquilosado que nos ha llevado hasta nuestras propias simas.
Y también a meditar la manera de volver a motivar al espectador a pasar por taquilla, lo que desde luego no se consigue con ese más de lo mismo, ni con el rescate de viejas glorias ajadas, ni mucho menos con una plantilla de mediocres funcionarios a sueldo con que rellenar los huecos que dejan unos consagrados que año a año van perdiendo un grado más de interés y de atractivo.
Por su propio bien, si es que quieren contar con suficientes toreros, que no subordinados, para hacer los carteles de las ferias dentro de apenas un lustro, es hora ya de sanear las estructuras y de orear un ambiente cargado de toxinas contra la esperanza. Y ha llegado el momento de dar paso a esa nueva generación que tendrá que defender la vigencia del toreo frente a tantas amenazas patentes. Permitan, por lo menos, que la guerra les coja preparados y con suficiente ilusión como para poner su vida en el empeño.
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