Desde el barrio: Un siglo de estética belmontina
Martes, 15 Oct 2013
Madrid, España
Paco Aguado | Opinión
La columna de este martes
Tal día como el de mañana, hace justo cien años, Juan Belmonte tomaba la alternativa en la vieja plaza de toros de Madrid. Aquel circo de la carretera de Aragón, que durante siete años iba a ser escenario de los principales hitos de la Edad de Oro del toreo español, bullía aquella tarde otoñal de expectación… y de malestar.
La subida del precio de las entradas, al reclamo del doctorado del "fenómeno" novilleril que tenía revolucionada a la afición desde aquellas "cinco verónicas sin enmendarse" en la primavera madrileña, tenía soliviantados a los cabales. Y todavía se enfadaron más cuando, toro a toro saliendo de chiqueros, contemplaron el escaso trapío y la falta de fuerzas de la corrida colmenareña de Bañuelos que se escogió en el último momento para esa gran cita que apadrinaban Machaquito, el día de su retirada, y el inefable Rafael El Gallo.
Hasta cinco toros fueron devueltos a los corrales entre las fuertes y constantes broncas del público del Foro –ya ven que no hay nada nuevo bajo el sol de Madrid– y que opacaron el esfuerzo de Belmonte por remontar una tarde de alternativa algo apresurada, pero organizada a tiempo de poder cumplir sus primeros contratos como matador de toros ese mismo invierno en el México de la Revolución.
Pero, aparte de los datos históricos, el centenario de esa deslucida alternativa sirve para evocar la época más decisiva de la historia del toreo, aquella en la que, dejando de lado el espíritu de lucha decimonónico, las corridas se adentraron definitivamente en la modernidad.
El tópico culpa a un revolucionario Belmonte de todos los cambios verificados en esa época, desdeñando las imprescindibles aportaciones también técnicas pero sobre todo estructurales de Joselito El Gallo, tan oculto demasiados años por la apabullante montaña de literatura pro belmontina.
Digamos con mayor precisión, como se afirma en el título de la gran exposición sobre la figura de ambos toreros que se inaugura hoy en Sevilla, que la de José y Juan fue "una revolución complementaria", en la que el Pasmo trianero aportó fundamentalmente las bases estéticas del cambio.
Incidiendo en el temple, sobre el toreo de brazos y la reducción de velocidad que el toreo cruzado consigue del animal, Belmonte traía nuevas sensaciones al espectador de las corridas de toros: un patetismo especial, un esfuerzo del alma por expresarse en esa situación límite que trascendía la propia lidia, que tornaba la vieja lucha con el toro en una estética singular.
El de Belmonte era un toreo nuevo, distinto, aunque unos años antes ya lo avanzaran, sin concretarlo, algunos pioneros que cayeron en las astas de los toros: El Espartero en las de "Perdigón", de Miura, en ese mismo ruedo donde Belmonte se doctoró; y Antonio Montes, su apóstol, en las de "Matajacas", de Tepeyahualco, sobre el ruedo de la antigua Plaza México, sólo un lustro atrás.
Pero fue Belmonte quien firmó esa gran aportación formal y de fondo, ese "terremoto" en la Tauromaquia que se enmarcó perfectamente en un tiempo marcado por las vanguardias artísticas en todas las artes, hasta el punto de que los intelectuales de su tiempo, con Valle-Inclán a la cabeza, consideraron a aquel expresionista del toreo como uno de los suyos, incluso antes de la alternativa.
Desde entonces, desde que Juan liderara aquella revolución estética, que Gallito sustentó en el campo y en los despachos, el toreo abrió un nuevo camino que le condujo por paisajes inexplorados a lo largo de todo el siglo XX. Hasta el día de hoy, en plena época del marketing y de la informática, en la que aún algunos rebeldes de luces siguen empeñados en recordarle al mundo que, como dice el evangelio belmontino, el toreo es un ejercicio de orden espiritual, para el que se necesita olvidarse del cuerpo. Amén.
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