La falta de chispa del encierro de Boquilla del Carmen fue una condicionante en contra del esfuerzo realizado por la terna, que completaban Román e Isaac Fonseca, y al final el queretano se impuso con determinación para obtener un resultado muy positivo en su presente temporada, en la que sigue como líder del escalafón mexicano.
Y quizá la gente hubiese asistido en mayor número, el ambiente de este triunfo hubiera sido más clamoroso, porque por momentos parecía que la tarde se diluía en la falta de transmisión de unos toros que, siendo nobles, les faltó esa emoción que tanto ayuda a que las faenas se puedan redondear mejor.
De la actuación de Diego cabe destacar el estoico quite por gaoneras al primer ejemplar de su lote, al que se pasó muy cerca de la taleguilla, en uno de los momentos estelares de la corrida.
Después se puso delante con la facilidad que le confiere el valor que atesora e hizo una faena de mérito, ante un toro de preciosa lámina -cárdeno claro, recogido de pitones- al que toreó con temple y dándole pausas, en medio del reconocimiento del público que valoró su actitud hasta en las tersas manoletinas con las que abrochó el trasteo.
La estocada fue rotunda, por la forma en tan decidida que entró a matar, y así cortó la primera oreja de la tarde, y dejó un grato sabor de boca de cara a la lidia del quinto, ya con la gente a favor. Y ese otro toro tuvo un momentito en que parecía que iba a romper a embestir por el pitón izquierdo, pues le regaló al queretano un puñado de embestida profundas, en las que lo llevó cosido a la muleta en varios naturales de mucha reciedumbre, rematados por debajo de la pala del pitón.
Pero aquel gozo no duró un suspiro porque el toro luego no quiso afrontar aquel combate y acabó escupiéndose de la tela, de tal guisa que el queretano cambió el procedimiento para hacer un toreo más ligero, un tanto eléctrico y de cara a la galería, pero con la firme intención de cosechar la Puerta Grande.
Una vez más, a la hora de realizar la suerte suprema, se fue como un rayo detrás de la espada y colocó una estocada de buena ejecución y efectos rápidos, para tumbarle la oreja al toro y así ganarse el derecho de salir a hombros.
Por su parte, Isaac Fonseca toreó con temple y serenidad al tercero, que, sin humillar, fue otro de los toros nobles del encierro de Boquilla del Carmen. Hubo algunos pasajes interesantes en la lidia, desde los lances suaves del saludo capotero y, sobre todo, cuando toreó perfilado y muy en la línea para tratar de convencer al toro a embestir con mayor soltura.
El acabado de la faena fue bueno, alentado por su sólida estructura y cuando entró a matar colocó una estocada habilidosa, casi entera, que fue un digno remate a su labor, aunque no le alcanzó para tumbarle la oreja que el público había pedido con tibieza.
El sexto era largo y hondo, y pesaba 600 kilos, con una cara más propia del toro del encaste San Mateo-Llaguno de toda la vida, que no iba en concordancia con su exceso de volumen, por lo que terminó parado y sin demasiadas opciones. A pesar de ello, el moreliano le buscó las vueltas sin resultados favorables.
Un pinchazo corto muy bien agarrado hizo doblar al toro, y aunque no estaba herido de muerte, el puntillero, Rafael Díaz de León, no desaprovechó la oportunidad para darle el cachetazo final con arrestos, ya que el toro había amenazado con levantarse y volver la cara atrás.
El cuarto fue deslucido y ocurrió más de lo mismo: algunos muletazos sueltos de buena factura en una faena breve que remató de una estocada en la que la punta de la espada asomó por el costillar contrario. Con un buen criterio, que no suele ser muy común entre los toreros, Román no quiso alargar este pasaje de la lidia, y el rápido y certero golpe de descabello le granjeó algunas palmas a su profesionalismo.