Con el inicio de la temporada española, el debate taurino ha girado esta semana alrededor de la televisión. La conversación no se centra en los toros que se lidiarán ni en los carteles. La pregunta es más simple: cómo y dónde podrán verse.
Durante años se dijo que los toros no interesaban, que la sociedad se alejaba de la fiesta. Sin embargo, cada vez que se anuncia una retransmisión, la afición se enciende: qué cadena, qué plataforma, si será en abierto o de pago, si habrá señal para México.
Basta ver los ejemplos de estos días: retransmisiones de OneToro, emisiones en Canal Sur, corridas ofrecidas por televisiones autonómicas, horarios y plataformas que los aficionados comentan y comparan en redes.
Incluso se ha sabido que Morante de la Puebla habría pedido que su reaparición en Sevilla el Domingo de Resurrección se retransmita en abierto por Canal Sur, un gesto que revela que los toreros también saben que la televisión amplifica el rito. Aunque nada sustituye la emoción de asistir a la plaza, sí logra multiplicar su alcance.
Las corridas de toros siempre han sido un espectáculo colectivo. El toreo nace en el ruedo, pero vive también en la mirada del público. Antes se seguían por la radio y en las crónicas de los periódicos. Hoy, eso se ha sustituido por el streaming y las redes.
El toreo nació para ser visto. Cada época ha encontrado su propia forma de mirar el toro: primero la plaza, luego la radio, después la televisión y hoy las pantallas digitales. Una cultura sigue viva mientras genera conversación.
En ese nuevo ecosistema audiovisual, también la publicidad taurina ha empezado a reflejar el fenómeno. Hace unos días OneToro lanzó un anuncio brillante. En una reunión de diez personas alguien muestra un periódico con un titular inquietante: "una de cada diez personas es antitaurina". Se miran entre sí. Empieza entonces un pequeño interrogatorio social: todos enseñan su afición, sus recuerdos taurinos, sus vínculos con el toreo… tratando de descartar sospechas.
La escena funciona porque revela algo que con frecuencia olvidamos: la afición taurina sigue ahí, dispersa y silenciosa quizá, pero viva.
Si tantas personas quieren saber cuándo se televisan los toros es porque siguen queriendo participar del rito, aunque sea a distancia. La verdadera noticia no es qué cadena retransmite una corrida. Lo importante es que hay público esperando verla.
Durante años se repitió que la Fiesta estaba en declive. Tal vez la prueba de que no es así sea esta pequeña obsesión semanal del aficionado: ¿Dónde pasan los toros?
En México, gracias a la tecnología, los aficionados participamos también de esta conversación global. Aunque los políticos censores —como Clara Brugada— pretendan impedirnos ir a la Plaza México, el toreo seguirá encontrando caminos para ser visto. Lo decisivo no es el número de corridas que se transmiten. Lo importante es el interés que despiertan. Porque mientras haya quien pregunte cada semana dónde pasan los toros, la vitalidad social de la tauromaquia seguirá latiendo.