Abrió Antonio Ferrera con su chocante capote azul eléctrico a doble faz, lanceando de oficio y sin eco. Pero cuando invitó en banderillas a Emerlson Pineda y acertaron los tres pares, empezó el jaleo. Fue ahí también, cuando el joven "Luladilla" blandeó por la primera de tantas veces. Un brindis más a Ricardo Santana, y los cinco genuflexos por bajo y el de pecho fueron tomados con prontitud, codicia y brío dignos de mayor fuerza por el astifino, que volvió a claudicar.
Esa fue la tónica de la lidia. Una casta y una clase sin poder suficiente, con las consecuencias obvias. Defensa e intermitencia, que fueron administradas con la sobrada veteranía del balear. La estocada cimera, recibiendo, fulminante, fue premiada con una oreja, pese a que la parroquia clamó duro por la otra. El arrastre, ovacionado.
El cuarto, dolido, rajado y huido, dio, para fortuna de los aficionados, (no del público general), oportunidad a una lidia de manso, de las que ya no se ven, de las de todo toro tiene su lidia. Qué bien. Mas la estocada cayó desprendida y tardó hasta el aviso dando pie a la negativa de su señoría don Luis Bernardo Gómez Upegui.
José Arcila protagonizó un drama en dos actos. Cinco verónicas y media mirando al tendido, sonaron a grito de guerra. "Lulo", el segundo que también era blando y defensivo le cantó la cogida en el primer cambiado por la espalda, y se la ratificó en el tercer derechazo, enganchándolo por la ingle, zarandeándolo y mostrándoselo al público como un trofeo. Se lo cargaron a la enfermería. Pasaron por mi lado. Lo vi, levaba el tabaco sangrante. Escapó vendado, y rengueante reanudó la faena, que ya no fue faena, con la solidaridad y paisanaje de la plaza. Un pinchazo, dos descabellos y a los gritos de ¡Torero! de nuevo a los médicos.
En el siguiente, anunciado ya Ferrera en la tablilla, salió una vez más de la enfermería, para enfrentar en minusvalía al quinto, encastado y clasudo. Su inestabilidad y dolor le impidieron profundizar la lidia, pese a la incondicionalidad del graderío que valoraba su gesto. La espada toda, descentrada tardó, pero al doblar el venteño, con el cayó una oreja al pundonor, que no pudo ser paseada. Por su propio pie, volvió José, recto, maltrecho y demacrado, bajo gran ovación. Torería.
El debutante Borja Jiménez, que había pasado en silencio con el negado toro de su presentación, le salió al sexto, el más toro de la corrida con sus 482 kilos, negro, listón, fino de púas, bravo y noble, que acometió el variado saludo de verónicas, chicuelinas y revolera mirando al balconcillo, con gran entidad. Fue ahí, apenas ahí, cuando La Monumental, casi llena, sintió por primera vez que el rubio cenceño tenía planta de figura.
Efraín Ospina le aguantó en sitio el encelado empuje, y tras un tercio de palos de trámite. Borja fue y brindó al herido dejando la montera sobre las tablas. Luego, planta firme, quietud, tronco recto, trapo adelante, mando, estrechez en los embroques, vaciado atrás, ligazón en redondo, remates explosivos, y alegre seriedad en todo.
Para qué decir que la gente se rindió jaleando con la banda en la retaguardia. Por diestra y siniestra la faena matizada con capeínas, trincheras, giros regiomontanos, tuvo una verdad que justifico el alto tono emocional en la plaza. Tras tres molinetes en tanda, igualó y con seguridad ejecutó un volapié canónico y una estocada idem, letal, que le confirió las orejas del buen "Callado", acallando el mal ambiente que se había formado contra el encierro. Ovacionaron duro el arrastre y sacaron a hombros al tercer triunfador de una feria que hasta hoy transcurrido por la regla de tres:
Tres corridas, tres aguaceros, tres casi llenos, tres puertas grandes a tres españoles, y tres cornadas, a tres matadores colombianos. El primero y el último de Las Ventas del Espíritu Santo, rescataron esta vez el hierro de quien pasado mañana reaparecerá como torero, en el festival. El maestro César Rincón.