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La cumbre de Jaime Rangel en La México

Lunes, 05 Ene 2026    Puebla, Pue.    Horacio Reiba | La Jornada de Oriente   
La crónica de su histórica faena a un toro de La Punta
"Aquí está Jaime Rangel, / Un hidalgo que es de Hidalgo. / De casta le viene al galgo / ¡A ver quién puede con él!" Con esta rima, sencilla pero elocuente, celebraba José Alameda, en corrida televisada, el feliz momento que vivía el diestro de San Miguel Vindhó a principios del año 64. En plena euforia cordobesista, este joven mexicano, confinado hasta entonces en la grisácea segunda fila, explotó de súbito en torero de arrebato. Por poder y por querer. Rompiendo con la comodidad en que permanecían sin sobresaltos los ases nacionales –Huerta, Capetillo, Leal, Silveti…. Ese invierno, Rangel llegó a la México como relleno de una terna encabezada por José Huerta y El Viti y se les fue por delante sin miramientos (22-12-63). 

Ahora se trataba de ver si era capaz de asegundar el triunfo, ya no con toritos de su padrino –y después conflictivo suegro–Jesús Cabrera, sino como base de cartel y delante de una corrida de La Punta. Por lo pronto llenó la plaza a pesar de que no decía gran cosa una combinación completada por Manuel García "Palmeño" –así apodado por ser originario de Palma del Río, como Manuel Benítez– y el saltillense Oscar Realme, que confirmaría su alternativa. Y que no llegó a hacerlo, herido de gravedad al intentar el primer lance de capa de la tarde, que quedó así convertida en un inesperado mano a mano entre el hidalguense y el andaluz. 

Monólogo rangelista

Impecables de presentación, esta vez los punteños no desplazaban el excesivo tonelaje acostumbrado en los encierros de los señores Madrazo, lo que quizá haya redundado en el espléndido juego que dieron. Para provecho de Rangel, porque Palmeño, no mal torero, dueño de un valor severo y sordo, apenas consiguió el premio de una vuelta al ruedo. Muy poco que oponer al desatado ímpetu del hidalguense, respaldado además por unas encomiásticas declaraciones previas de Rodolfo Gaona que levantaron ámpula, entre otras cosas porque nadie ignoraba lo parco en el elogio que siempre fue el Califa de León. 

Sintetizando, el triunfador de la tarde y la temporada 63-64 dio una vuelta al ruedo tras torear a placer y pasaportar de media tendenciosa a "Señorito", el toro que hirió a Realme, su frustrado ahijado; continuó justificando la expectación provocada en el público con una faena magnífica a "Soleares", el primero suyo, al que sin embargo pinchó (salida al tercio), y se remontó a las alturas con la vibrante faena al cuarto, "Malicioso", que no era tal sino un toro encastado y enterizo pero de noble bravura. Y como esta vez su espada fue certera, los tendidos se cubrieron de blanco y Jaime Rangel paseó las dos orejas del punteño bajo una verdadera apoteosis. Este toro se lo había brindado a Sir Stanley Rous, presidente de la FIFA, que visitaba México para comprobar si existía la infraestructura indispensable para que se celebrara en nuestras canchas el Mundial de 1970. Fue el presidente de la Federación Mexicana de Futbol, Guillermo Cañedo, promotor del país como posible sede mundialista, quien lo invitó a ver la corrida desde una barrera de primera fila. Cañedo quiso ser torero en su juventud, y suya fue la idea de solicitar la sede del Mundial, utilizando como argumento fundamental la construcción del que sería Estadio Azteca.

El cordobés Palmeño, valiente y empeñoso -también algo tosco-, había dado una vuelta al anillo a la muerte del tercer punteño, "Estrechito" de nombre, otro toro bueno aunque de no muchos pases. Desde luego, no estaba en condiciones de oponer resistencia al torbellino que era Rangel en esos momentos. Pero cumplió bien en los otros dos suyos. 

A Oscar Realme, torero de una elegancia natural impresionante, la cornada de "Señorito" lo mandó quince días a la cama, con una herida de dos trayectorias en el muslo derecho que se detuvo en el fémur. Fue como presagio de la mala suerte que iba a perseguirlo a lo largo de una carrera taurina más bien corta, antes de convertirse en funcionario gubernamental en el área de economía, que había estudiado profesionalmente, con más halagüeños resultados que su paso por los redondeles. 

Una crónica a la altura del suceso

Juan de Marchena captó perfectamente la expectación que flotaba en el ambiente antes de la corrida, así como el significado que tuvo la triunfal presentación de Jaime en la temporada y el júbilo con que se saludó su nueva victoria, más rotunda aún que la del primer día: 

"Las palmas acompañaron a Jaime Rangel durante el paseíllo. El recuerdo de su gran tarde de hace quince días no se ha desvanecido. Luego, le hicieron salir al tercio bajo una ovación grande (...) Estábamos en la plaza para convencernos de que aquel triunfo había sido auténtico, sólido, firme. Y para eso era necesaria su ratificación (…) Queríamos obtener una seguridad, que nada la hiciera tambalear. Porque si Rangel no repetía el triunfo, no faltarían los aguafiestas que hablaran de que una golondrina no hace verano, de que una tarde aislada no cimenta una figura, ahora que tanto la necesitamos (…) ahora que nuestros toreros se han desvanecido, faltos de codicia, de ímpetu (…) Pero ya tenemos quien dé la pelea, quien sepa y quiera disputar las palmas y quien pueda triunfar. Y cómo se agiganta la figura de Rangel, mientras los demás salen al ruedo con una disculpa en el capote y otra en la muleta.

Oscar Realme iba a confirmar su alternativa española. No hubo tiempo. Al veroniquear al toro de que abrió plaza, un toro de gran codicia y bravura, fue empitonado y lanzado al aire, mientras el punteño le tiraba mil derrotes (…) Las manos ensangrentadas de los monosabios trajeron la noticia inmediata de la cornada… (el de La Punta) llegó al tercio mortal bravo y revolviéndose en un palmo. Con la derecha y por abajo toreó Jaime con maestría y valor, rematando con un pectoral con la izquierda (…) a un natural citando de largo, espléndido, siguieron tres más, magníficos (…) siguió la faena en el mismo tono y se fue tras el acero para dejar media en lo alto. Dio la vuelta al ruedo y salió a los medios.

El triunfo grande

Las verónicas de Jaime al cuarto no fueron de día de fiesta. Brindó a Sir  Stanley Rous, presidente de la FIFA, sumándose a la petición del mundial de 1970 para México, y tronó una ovación para ambos (…) Con pases de trinchera inició la faena y siguió con la diestra y por abajo, haciendo el toreo en redondo, llegando a la perfección en la medida de la embestida, en el temple que puso en cada muletazo y en la torerísima forma de engranarlos. Después trazó una y otra vez el natural de manera impecable. Embanderó su triunfo con pases de pecho soberbios. Hubo más pases naturales de asombroso aguante, de increíble imperio (…) cuando, al tirar del toro, éste detenía su acometida y, por un instante, detenía también la muleta el torero, que tiraba suavemente del astado, que otra vez se frenaba, para que otra vez, aquella muleta extraordinaria lo obligara a terminar su viaje. Vimos así, con extraña claridad, los tres tiempos del muletazo, como si los deletreara el torero (…) Todavía añadió dos pases de la firma y uno de trinchera, poderoso y vibrante. Bravo, excelente el punteño. Extraordinario el torero. Media estocada desprendida y la plaza se cubrió de pañuelos. Las dos orejas. Dos vueltas al ruedo y salida a los medios. Ya no se puede dudar. Rangel es la figura que necesitábamos". (Esto, 6 de enero de 1964).

Pero esa profecía no llegó a cumplirse. O, en todo caso, quedó limitada a la gran temporada 1963-64 del hidalguense –siete tardes, seis orejas, un rabo, serio opositor a la Oreja de Oro y varias faenas grandes malogradas con la espada–. Porque detrás de tanta abundancia le aguardaba un futuro opaco y sin gloria, y el retorno inevitable a la medianía. Tanto que, en la Plaza México, Jaime Rangel sólo llegó a cobrar un apéndice más: la oreja del toro de su despedida, veintiún años después (05-05-85).


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