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La crónica póstuma de Federico Garibay...

En el aniversario 25 de la muerte del gran cronista y querido amigo

Apenas había comenzado aquel lunes 22 de septiembre de 1997, y la vida de Federico Garibay Anaya se extinguía lentamente como consecuencia de una feroz leucemia, cuando contaba 44 años, y apenas unos seis meses de haberse estrenado como padre.


De su enfermedad tuve una fatal premonición el domingo (siempre, todo en, domingo, como los toros) 31 de julio, antes de entrar al aire en la cabina de Radiofórmula, donde compartíamos micrófono en un programa. "Te ves mal, Fede, muy pálido; ¿te sientes bien?", le pregunté. "Sí, de categoría, diestro", me respondió con su habitual entusiasmo. "Mañana voy a ir a Ayotlán a ver una corrida". Se refería al festejo del día de San Agustín, que en esa ocasión caía en lunes 1 de septiembre.

Al siguiente domingo, el día 8, nos extrañó mucho que no viniera al programa de radio, al que no faltaba nunca ya que la víspera en la noche viajaba desde Guadalajara para ver la novillada de la Plaza México; escribía su crónica para el diario Reforma, y luego iba a Polanco, a Radiofórmula. Se nos ocurrió pedir que le llamaran por teléfono para que entrara al aire, y ahí nos lo dijo en público: "Tengo una leucemia avanzada". Aquellas palabras me impresionaron, pues las dijo con una pasmosa serenidad, tal y como le gustaba declamar, arte en el que era un consumado maestro.

En los siguientes días, preocupados todos por su estado de salud, estuvimos al pendiente de Federico, al que ya nunca volvimos a ver.

De hecho, y fiel a su gran sentido de la responsabilidad, el domingo 21 de septiembre, ingresado gravemente enfermo en una clínica de Guadalajara, estuvo escuchando por radio la crónica de la XEX, en la que Juan José Guerra y Luis Hernández daban cuenta de los triunfos de Jerónimo y El Juli, con los novillos de Huichapan.

Y aunque no le gustaba escribir de lo que no había visto, decidió redactar una crónica para Reforma, que apareció impresa en la edición del diario correspondiente al 22 de septiembre de aquel año de 1997, hace exactamente 25 años. Fue aquella crónica "póstuma" la última con la que cerró su brillante (y corta, por desgracia) carrera en las letras taurinas, en esa nueva faceta como periodista taurino que tanto disfrutaba.

¿Adónde hubiera llegada nuestro querido amigo de no haber encontrado la muerte a una edad tan temprana? Sólo su Dios lo sabe; ese del que se sentía tan devoto, al que le guardaba un enorme respeto desde aquella mística tan característica de su forma de ser.

Porque Federico era un ser, eminentemente, espiritual, de una acusada personalidad. Entrañable, en pocas palabras. Y así se fue un hombre honesto, sincero, alegre, y enfermo de una desmedida afición taurina, tocado por ese "mal de montera" que fue su vida entera. "Ahí donde haya un pitón, siempre me verás, diestro", me dijo cierta vez, categórico.

Hoy he querido recordarlo con el cariño de tantos recuerdos agradables a su lado. Y me da gusto saber que sus cofrades de la peña que fundó, este mediodía harán lo mismo, allá en su Guadalajara natal. Federico Garibay se lo merece, pues siempre vivirá en nuestros corazones y en el recuerdo de quienes tuvimos la dicha de conocerlo.

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