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El comentario de Juan Antonio de Labra  

"...habla muy bien de su compromiso con esa pasión que..."

Varios ganaderos mexicanos han emprendido la relevante iniciativa de importar ganado de España, ahora que las restricciones sanitarias son menos complejas que antes, y tras haber sido superado el impedimento que existía derivado de las enfermedades de las "vacas locas" y la "lengua azul", que hace más de 20 años 

obligaron a cerrar nuevamente nuestras fronteras.

Y este hecho da pie a reflexionar que están por cumplirse cinco siglos de la llegada del ganado de casta Navarra a la hacienda de Atenco que, en su día, fue traído con el objetivo de resguardar de intrusos los potreros de esa finca toluqueña perteneciente a Juan Gutiérrez Altamirano, primo de Hernán Cortés.

Del arribo de esa punta de vacas, que seguramente llegó de las Antillas y no directamente de España, existe una pintura muy original, de la autoría del maestro Antonio Navarrete, en la que se ve a las reses de pelo colorado encendido bajar a paso lento de una carabela, en una bucólica recreación de lo que debió haber sido el traslado de animales por la vía marítima.

Conscientes de la necesidad de mejorar la calidad genética de sus hatos, desde finales del siglo XIX distintos ganaderos mexicanos comenzaron a importar vacas y sementales de ganaderías españolas para obtener mejores productos que vender a las plazas de toros, en unos años en que los toreros-empresarios, precisamente españoles, se afanaban en profesionalizar la Fiesta Brava de México.

A comienzos del siglo XX, los hermanos Llaguno, hicieron lo propio gracias a la visión de don Antonio, que en complicidad con su hermano Julián, trajo vacas y sementales del marqués de Saltillo a la ganadería de San Mateo, que dio como resultado un toro con sello propio que se caracterizó por su clase.

A mediados de los años noventa, por iniciativa de Eduardo Martínez Urquidi, que fue el gran promotor de la reapertura de la frontera, luego de haber permanecido cerrada desde 1946 debido a la fiebre aftosa, llegó una significativa cantidad de ganado, como en ninguna otra época había sucedido, que sirvió para refrescar muchas ganaderías o fundar otras.

Desde entonces ya han trascurrido unos 25 años, tiempo en el que se ha visto una ampliación de los encastes que conforman la cabaña brava mexicana. Se trata de un esfuerzo titánico que viene a potenciar la conservación de un ser hermoso y único, que debe ser defendido desde un animalismo auténtico y responsable.

Y aunque hoy día se ciernen negros nubarrones sobre la Fiesta de México, el simple hecho de emprender acciones como las que han iniciado determinados ganaderos, habla muy bien de su compromiso con esa pasión que es la llama que mantiene viva una tradición tan añeja y representativa de la forma de ser y de sentir de miles de mexicanos.






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