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Un recuerdo de Mariano en Puebla

El día que el torero charro toreó en la plaza "Ponciano Díaz"

Imposible negar que estas historias de un cartel tienen un claro cariz personal. Pretenden rememorar tardes en las que el autor habría querido estar presente (en algunas efectivamente lo estuvo). Representan la vicaria invocación a goces sin retorno, juego placentero y agridulce si los hay. Y toda invocación ilusoria encierra el intento de revivir emociones, pasión, vida. Una forma de tantas de interrogar al misterio.

La "Ponciano Díaz"

Se me dirá, no obstante, que las pasiones han de reconocer sus propios límites. Y por ahí, que no tendría que extender estas remembranzas hasta un coso portátil de esos que trashuman de feria en feria y a los que seguramente ni los propios toreros conceden mayor importancia. Pero en el toreo los juicios a priori son siempre relativos, y ni la casta brava ni la inspiración saben de geografía. Mal estaríamos si el arte sólo pudiera asomar en las plazas catedralicias, las temporadas y ferias grandes, los carteles más selectos. Lo sabía 

Antonio Caballero cuando escribió sobre el empeño de Joselito por torear clásicamente a un bicho áspero y deslucido contra la opinión de su compañero Emilio Muñoz, preocupado por la fatal indiferencia del público de Úbeda. O sobre cierta faena de Manzanares padre en Alcázar de San Juan, tan exquisita como mal rematada, en festejo a beneficio de un asilo de ancianos que se derretían de calor en las gradas.

No era el caso de la corrida del 1 de mayo de 1976, en una plaza metálica con pocos días de haber sido instalada y probada su seguridad por las autoridades. Manolo Martínez pasaba por un trienio de alejamiento  de la capital, en pleno desencuentro con la empresa de la Monumental. Pero siendo el mandón absoluto de la fiesta en el país, obligado estaba a justificar categoría y cotización empleándose a fondo por la periferia. E incluso revalorizando ferias que estaban olvidadas, ninguna tanto como esta de Puebla, ciudad que había perdido su plaza tres años atrás –Martínez, sin que nadie lo presintiera, participó en la última corrida celebrada en el demolido Toreo de la 9 Poniente (05-05-73)–. Alcanzaba, pues, suficiente prosapia este festejo inaugural de una feria integrada por cuatro buenas combinaciones, con una corrida de José Julián Llaguno de cuidada nota y excelente presencia. Para una terna formada por Manolo (negro y oro), Antonio Lomelín (pistache y oro) y Mariano Ramos (verde botella y oro), que casualmente había sido tercer espada en aquel ignoto adiós de 1973. 

Habla Mariano

Tengo al torero de la Mixhuca por uno de los interlocutores más abiertos y sinceros que encontré entre la gente de coleta. Y recuerdo como si fuera hoy la confesión que me hizo años después sobre su triunfal actuación del sábado primero de mayo de 1976 en la "Ponciano Díaz", recién pintada –en color más tabaco que grana– y relujada para la ocasión. Y lo que Mariano me dijo fue que sí, que había sido una de las tardes de su vida. Y que se había sentido más a gusto –más pletórico, más torero– con el berrendo que cerró plaza, aseveración harto significativa si tomamos en cuenta que el castaño "Poblano" lo había bordado plenamente hasta culminar en indulto. 

Cuatro orejas y un rabo

Descontando que  los tres primeros apéndices fueran simbólicos , Mariano Ramos tuvo ese día una actuación de ensueño. Lo interesante es que sintió el llamado desde el hotel –"Hay días en que uno sabe cómo va a estar antes de salir para la plaza… para bien o para mal", me dijo–. Ya sobre la arena no dio paso en falso ni equivocó terrenos una sola vez y apenas permitió que los pitones le rozaran las telas. Incluso toreando de capa, que nunca fue su fuerte. Y dirigiendo magistralmente la lidia de sus dos toros, que eran dos buenos mozos así hayan integrado, lejos, el mejor lote de José Julián Llaguno.

"Poblano", el número 4 –colorado, albardao, rebarbo, bien puesto– pesaba 500 kilos. Reveló, desde el primer momento, una embestida noble y codiciosa. Y fue lidiado y toreado por nota por Mariano y los suyos. Gran faena del capitalino, sin el mínimo tropiezo, tramada y ligada de manera impecable y basada en tandas generosas por ambos pitones. Generosas por la dimensión y duración de cada pase, caudalosas con sus más de seis muletazos por serie, versátil por la variedad de los remates –capetillina, martinete, trincherillas, cambios de mano.

Faena completísima sin que la emoción decayera en momento alguno, lo propio de una obra sin fisuras. Tan a gusto se encontraba el torero que, una vez decretado el indulto, recogió un sombrero charro –¿del "Teniente" Ferrer?– y con él a guisa de engaño fue conduciendo a "Poblano" de vuelta al toril en insólito y vistoso jugueteo, precursor de las apoteósicas vueltas al ruedo, acompañado en una de ellas por José Julián Llaguno, feliz criador de aquel castaño magnífico, que había peleado bien en varas y se mantuvo en los medios durante la prolongada faena, si bien en los muletazos postreros mostró signos de agotamiento y los terminaba con la cabeza alta.

Segundo faenón

Fue "Tlaxcalteca" un berrendo en negro con 463 kilos, bravo también pero con mucha casta que domeñar. Tremendamente lúcido y dispuesto, Ramos lo entendió y le pudo desde el primer momento. La faena, menos centrada en la estética, tuvo la emoción que nace de un convincente despliegue de maestría y de la belleza del conjunto. De pinchazo y media la finiquitó Mariano y los tendidos de la "Ponciano Díaz" volvieron a hervir de pañuelos blancos.  Esta vez fueron dos orejas, y en hombros de los entusiastas las vueltas al ruedo. El rostro del torero reflejaba una serena felicidad.

La crítica coincide

Como correspondía a una corrida de importancia nacional, la prensa capitalina movilizó a Puebla a sus cronistas. Todos ellos celebraron sin cortapisas la rotunda victoria de Mariano, el torero de la maestría sin alardes y la perfecta naturalidad, reñida con los desplantes chabacanos hoy tan en boga, con la fea costumbre de rematar las tandas con gesticulaciones "como de luchador enmascarado", que decía Ibarra Mazari.

Para Horacio Soto Castro, enviado del ESTO, "Poblano" iba donde lo citaban y se quedaba fijo, sin abrir el hocico… Mariano se hizo aplaudir con la capa al torear por verónicas y en el quite por navarras. Ya con la muleta, lo toreó como quiso y donde quiso. El astado fue de una nobleza excepcional. Faena variada con naturales y derechazos largos y suaves, varios en redondo, cambiados por la espalda, trincherazos, afarolados, todo entre el contento general. Mariano ha toreado por nota a "Poblano" y el público se le entregó con gritos de ¡torero…! ¡torero…!... Le concedieron simbólicamente las orejas y el rabo, aunque no paseó los apéndices, pues no los había en el destazadero… En su segundo enemigo la faena tuvo todavía más mérito, ya que el astado no tuvo la clase de "Poblano", aunque también fue bueno…" (Esto, 2 de mayo de 1976).

Esto último, que coincide con la apreciación del propio torero, lo resaltó Cutberto Pérez "Tapabocas", el enviado del diario Ovaciones, desde la cabeza de su crónica: “Mariano, que indultó a “Poblano”, toreó estupendamente a "Tlaxcalteca".  De sus dos faenas elige resueltamente la segunda: "Dejemos aparte las verónicas, buenas a secas, para ir a la faena. Cinco doblones colosales de arte, mando y garbo para domeñar la casta brava, y a torear…

Mariano estuvo hecho un coloso al medir distancias, templar y disfrutar del arte de torear como Dios manda. Los derechazos en racimo fueron de portento. Los naturales de pureza y señorío ¡únicos! La inteligencia y maestría del gran torero unidos a un sentido perfecto y armónico de lo que debe ser una gran faena. Mariano estaba toreando como es capaz de hacerlo cuando los toros tienen la fiereza y el celo del extraordinario toro de Pepe Llaguno, que se encontró con la muleta justa y señera de una auténtica figura. Hasta los cuatro de pecho girando sabrosamente y el abaniqueo del remate fueron detalles de buen gusto antes de matar de estocada, después del pinchazo. Dos orejas tan bien ganadas que supieron a poco". (Ovaciones, domingo 2 de mayo de 1976).

Oreja a Lomelín, discreto Martínez

Al lado de la gigantesca tarde de Mariano Ramos, Manolo Martínez, con lote desfavorable, se esforzó lo justo sin perder el estilo ni forzar la máquina. Algo de vuelo, no mucho, tuvo su primera faena, y francamente nada la de "Zacatecano", cuarto de la tarde, el más deslucido del encierro.

Antonio Lomelín que, arropado por Pepe Chafik, venía siendo alternante frecuente de Manolo, mostró su valerosa disposición de costumbre y triunfó con su primero, "Veracruzano", al que toreó bien de capa, colocó banderillas en lo alto –excelente tercer par– y muleteó con gusto y ajuste, sobre todo en derechazos largos y templados, antes de ceñir manoletinas y estoquear con la pureza en él habitual. Más que merecida la oreja.

Topó después con un "Queretano" sobrado de temperamento, y cuando se arrimaba en busca de redondear su tarde se llevó una voltereta terrible de la que, de acuerdo son el parte médico, resultó con "herida epidérmica de 12 centímetros en la región glútea derecha y arrancamiento de la porción distal del tendón extensor del cuarto dedo de la mano izquierda"; lesiones que no le impedirían torear en Mérida al día siguiente.






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