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Un niño y aquellos señores ganaderos

Gustavo Robledo "Gallito" rememora su infancia al lado de los Garfias

La emoción de la infancia y los recuerdos de ella, me permiten conceder -y entender con el llanto- que el destino y su vida marcó – marcaron la mía– que fuera el 30 de abril: Día del Niño, que don Pepe Garfias partiera al ruedo eterno de sus triunfales vueltas.

Es 1998 y con este recuerdo fotográfico celebro y agradezco un capítulo de mi infancia: mi vida y niñez con los hermanos don Marco y don Pepe Garfias de los Santos.

Conocí a don Pepe Garfias por don Marco, su hermano mayor. "El Arquitecto", como le decía don Pepe. Y de ambos, el niño escuchaba el timbre de casa o el teléfono mientras mi madre abría o contestaba:

-Señora, ¿no está Gustavo? Es que vamos ir al rancho.

Primero fue el nombre, ya avanzada la amistad y puesto el apelativo, el diálogo paso a ser "Gallito" y con don Pepe termino siempre -con su poderosa voz- en "Qué paso abogao, que cuenta?

Y como siempre me ha pasado con señorones con los que he crecido, aprendido, convivido y hoy llorado –y agradezco a Dios– me hice su amigo. Las idas a "La Mancha" y a la mítica y de tantos recuerdos Hacienda de De Santiago fueron constantes y siempre la llamada:

–¡Gallito vamos al rancho!

Y nos íbamos. Y en las tientas y las corridas de su adorada ganadería compartí las platicas y vivencias, las comidas y mejores sobremesas. 

El palco junto al casco –nuevo para los que conocieron "El Realito", antiguo tentadero– era la algarabía en día de tienta, pero la seriedad de don Pepe al mando del libro y su característico grito:

–¡Ya la vi!

La faena y el torero en turno inundan también el recuerdo de aquellos que conocí en su momento: los hermano Armilla o los Capetillo, o ya mas "para acá", Fermín Rivera o José Mauricio. Toreros con los que en Santiago compartí un burladero, menuda bendición.

–¿Ya toreó el abogao?

–¡Noooo!... ¡Nooo quiere! –respondí yo mismo desde un burladero –¡esta muy grande!

–¡Venga abogao!

–¡Bueno, pues con su permiso, don Pepe!

Y así disfrute tanto y tantas tardes de tienta en Santiago… mi infancia y juventud.

Ya entrada la tarde, el humo del puro y el whisky, para él, y el tinto para mí, a más de la veintena de invitados que la inmensa mesa del comedor de la vieja casona de don Antonio Garfias en Villa de Arriaga permitían que fuera eterna la plática de toros y toreros, de vivencias y recuerdos, de faenas y personajes.

Llegaba la noche y los fines de semana era eternos, como quisiera que fuera mi infancia, con la familia Garfias.

Con el afecto abrazo a su esposa la señora Isabel y sus hijos "Isa", Pepe y "Santi", quienes me han permitido también sentirme parte de esta familia a la que tanto le debo, nada más la infancia como si fuera poca cosa. Esa que con el mundo taurino –al que desde niño entre y no he salido–, don Pepe, también es parte de ella.

Tuvo que ser el Día del Niño para que don Pepe decidiera subir a su palco celestial y seguir viendo la vida de su familia y su ganadería, de su vida y de sus amigos, como yo, que, con el recuerdo emotivo de mi vida de niño, con una vieja fotografía, la que ilustra estas líneas, en compañía de los señores Garfias, tan importantes a lo largo de mi vida.

¡Muchas gracias, don Pepe! Y que Dios lo siga bendiciendo.






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